Sin título

9 Jun

Siempre he querido tener un robot.

Es una de esas cosas raras, sin mucha profundidad que van de una época, como ciertas personas soñaban con carros voladores y ciudades en el espacio cuando cayó la práctica de una industria. No siendo japonés, en toda evidencia soy ajeno a la experiencia real del robot, y naturalmente esto solo ha acentuado la romántica.

Ahora, mi gusto por los robots aunque antiguo, nunca ha sido particularmente marcado. Los jardines y las bestias ganan con consistencia mis afectos infantiles, hasta el día de hoy. Entendemos precisamente el gusto por lo imaginario, a las bestias y las plantas solo se les puede tener así, imaginando. Ellas nunca buscan complacer, no tienen esas inclinaciones sumisas que los aparatos hechos por el hombre logran, acaso eso hace menos fantástico al robot a mis ojos.

No creo en la inteligencia artificial, mas me interesa bastante. ¿A qué se debe mi escepticismo general sobre el tema? Básicamente que no se es inteligente por el lenguaje, y que un robot reflexiona precisamente así. El robot es pura palabra, pura literatura y de cierto modo nos concierne. Parte del fracaso de replicar una actitud humana -no hablemos de verdadera inteligencia-, es en realidad, la complejidad del proceso de discurso en su fase menos abstracta. Pensemos en el discurso como una acción, y siempre como una repercusión que nos llevará a otra acción, tan inmediata e implicada como el discurso mismo. El robot es el actor primario, aquel donde acción y discurso son sinónimos textuales, sirviendo a una idéntica función.

Uno no es estrictamente inteligente por sus procesos verbales, parte de nuestra dificultad con abstraer la inteligencia es que consiste más en procesos mudos y en elecciones invisibles que verdaderos discursos enunciados. Mudo e invisible, esas son palabras que por sí mismas, nos dibujan a un ente inteligente. Dios se presume así, como una agente que no requiere su acción directa -la palabra-, ni puede volverse objeto de nadie -es invisible-. La figura del subconsciente se asemeja a aquella de la divinidad, a un ente intratable -en la idea de tratado, de covenant si se quiere, de convención- y por lo mismo, absoluto. Bueno, no absoluto, tan solo impermeable al discurso, solo que al nivel de la razón las dos ideas se parecen.

El robot es todo lo contrario, es la manifestación física de lo explicado, un objeto que de tanto ser visto parece reflejarnos a nosotros mismos. Sospechosamente nos suena al arte, a la literatura. Porque precisamente existe un proceso original que remite al arte en esta esencialización de acciones, para transformar el pensamiento en acción, un juego del discurso con un poder creador -o actor, que en este caso vendría siendo lo mismo-. Tenemos pues, al autómata magnífico que por sí mismo representa no solo el arte -que no es poco-, sino además nuestra comprensión del arte y de nosotros mismos -por medio del arte, se entiende-.

Supongo que bajo esta luz, entendemos que el robot es esencialmente romántico. La noción puede sonar ajena. Y es que hay muchas personas que presumen que el dominio de la razón corresponde a lo objetivo en lugar de a la mas grande subjetividad, evidentemente tratamos de una reflexión cientificista que se incomoda con la ambigüedad que pretende. Un robot debe ser, no pretender, y sin embargo solo es capaz de imitar. Eso es, una réplica, una imitación. Para mantener a un robot en su calidad de objeto, de verdadera figura final, de discurso “sin ambigüedad”, hay que reducirlo a un ambiente tan artificial como el robot mismo -pienso en una fábrica de autos, o en un área bien mantenida-. Sigue tratándose de una palabra materializada, solo que en este caso no es el robot que la personifica, sino la conjunción del determinado robot y su ambiente, que juntos forman un discurso con un objeto y una acción controlada, apenas dialectal, casi nada inteligente.

Yo presumo gustar del robot inteligente, que si bien sé que no será verdaderamente un hombre, ni entenderá en el sentido que nosotros entendemos -ya de entrada, el cerebro es biológicamente incompatible con las tecnologías binarias en las que hemos basado la informática moderna, una traducción del cerebro a una computadora es más ficción que ciencia-. Solo que sigue siendo algo construído por un inmenso ingenio, una cosa que se vuelve humana por el hecho de haber sido construída por los hombres, como cualquier buena pieza de arte.

Y sigo gustando del robot, no por las argumentaciones y desvaríos que he esgrimido hasta este momento, es una afición mucho más intangible, mucho más infantil y fundamental que acepto sin interrogar. La compañía del objeto inanimado siempre me alegra un poco, discuto con mi mate, con mi ropa y así con cualquier auto o máquina que suelo nombrar. Un complejo de Adan tal vez, nombrar y discutir con los objetos. Me gustaría simplemente, que aunque fuese sin malicia, encuentre alguno que responda.

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