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8 Jun

Se sabe que el premio literario a nadie le importa. Si no puede ni seducirnos en su excepción, de veras es triste.

Pavadas, pues.

En términos modernos: La literatura es una “subcultura”, se liga a un modo de vida abstracto y cerrado, no distinto a las conversaciones que se pueden oir en las revisterías de manga o las tiendas de cartas Magic. Es un mundo cerrado, de gente que se quería ganar una identidad y lograr algo serio con una actitud más lúdica que pragmática dentro de su visión muy personal y nuclear del mundo. Si la literatura se cierra, se vuelve la discusión de dos compadritos en un lugar recluso, sobre Bolaño o este otro que me ha gustado tanto y es…

Entiendo pues, que si hay cierta ilusión de prestigio en los cuartos cerrados que suelen esconder la literatura, no es tanto que el escritor y sus congéneres sean unos inadaptados sociales cuyo amor propio sería gravemente ofendido si se les compara con algo más popular -aunque haya de estos autores fáciles de ofender por todas partes-; no es un fenómeno sicológico, ni puramente social, sino que encaramos una carencia cultural que se viene arrastrando hace ya unos siglos.

Por otro lado, ¿qué tipo de difusión ganaría un cantante como Dylan o un exitoso director al recibir un premio literario? La respuesta distará poco de “absolutamente nada”. Y esto no es porque el cine o la canción sean entidades superiores en el sentido estético, y que la literatura sea una forma menor del arte, sin seriedad alguna. El fenómeno es de industria. La editorial moderna tiene más o menos la pertinencia en el presente que tienen los dinosaurios en la superficie del sol. A nadie le importa el premio literario más que al escritor, y casi nomás le importa por un sentido económico.

Me temo bastante que la amplitud geográfica no esté directamente relacionada con nuestros prejuicios y que actualmente nos encontremos frente a un fenómeno puramente cultural. Los jueces internacionales no son mejores, ni peores que los demás, mas sugieren una amplia audiencia que servirá a la difusión -tan necesaria y dolorosa-, de un artista que busca expanderse en las fronteras. Suponemos desde el principio, ciertos factores dominantes inmediatos que vienen de la industria y del poder económico: El premio es un negocio, simple y sencillamente.

¿Por qué entonces tenemos convenciones menos prestigiosas que otras? Mientras que ganar un premio literario que limita a los candidatos de un solo país parece cómodamente inferior a uno internacional; el premio de poetas cuadrados se siente desvirtuado si en algún momento es Bob Dylan quien lo gana. Hay cierta analogía si se piensa, ¿por qué un criterio tiene aquel complejo de inferioridad mientras que el otro se crece?

Ya menos caricatural el mi reflexión inicial del prestigio: Un autor reconocido por otros autores en categoría de autor, suena de cierta manera especializada y minusciosa, un reconocimiento de importancia a causa de un determinado “rigor”. Suponemos que el rigor es bueno, aunque se sepa arbitrario y no tenga que ver directamente con el arte, necesitamos una forma fácil de calificar para justificarnos y a justificar a los que piensan como nosotros: Se requiere una convención.

Primer chascarrillo que me viene a fuerza: El músico y el cineasta ya tiene toda ventaja en la vida social, todo tipo de genuino reconocimiento, dinero y mujeres; ¿por qué el escritor no iba sencillamente actuar por verde envidia? Francamente no podría criticarlo. Si a García Marquez se jugara la carrera en medirse con los Beatles, comprendemos bien que se le pueda ver mal parado.

Sin embargo, podemos hallar algo turbio en el propósito cuando no se pone en juego el estado de arte, cuando la controversia precisamente se nos figura intrartística (pienso por ejemplo, la ausencia de la literatura infantil dentro del comité del Nobel, como la redacción de guíones o canciones con verdadero reconocimiento literario*). No es que se ignore o desmerite la calidad de las obras o sus creadores, simplemente se decide excluirlas de los círculos literarios formales. ¿Por qué?

Mi máxima le puede parecer menos evidente que lo que me parece a mí, lo cuál es aceptable. ¿Es el grito de un panadero literatura? Hacemos algún extracto selectivo de lenguaje para poder decir que trabajamos en un estado de arte, la idea misma de la selección sugiere la exclusividad.

*- Y digo bien literario, no artístico, pues se debe admitir un trabajo al nivel de la palabra en otros tipos de arte, un dominio que además, difiere necesariamente de la palabra “pura”.

La literatura no se enriquece al volverla un club cada vez más exclusivo.

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