Hemos discutido… de la identidad…

2 Jun

Hemos discutido en otra entrada diferente, de la identidad, del proceso de suponerse “el mismo” en varios tiempos libremente determinados. Expliqué brevemente por qué es un fenómeno de lenguaje, trataré de continuar el razonamiento.

Si un adulto se mirara de niño, no sería raro que se interrogase que tienen en común él y el infante en cuestión, pues apenas conservarán rasgos comunes. Sí, claro, tenemos el código genético, mas al remitir a lo sensorial la forma y dimensiones cambian tan drásticamente que podrían pensarse hasta razas distintas. La manera de razonar ha sufrido un cambio acaso más radical, el cerebro ya no aprende de manera tan presta, y al cabo de los años se han acumulado miedos y vicios. A veces, nuestro gusto dialéctico encontraría en tal infante nuestro mundo potencial, o sea, todo lo que el pequeño niño pudiera haber logrado en circunstancias determinadas. Veremos que es un vicio común remitirse a hechos hipotéticos de este estilo, nos basta decir que ya es sorprendente como cambia aquel infante con el hombre concreto que se volverá.

Al, un amigo mío, tuvo por un tiempo una mirada bastante nostálgica a cierta épocoa de su juventud. Trazó por él mismo las divisiones, una vida no tan grata en la secundaria, y luego una felicidad eufórica en la preparatoria, para llegar a una menos gloriosa mas bastante libre edad universitaria. Me dijo el otro día que en esta última, gozaba de una libertad que ahora aprovecharía de modo distinto. Todas estas múltiples visiones que parecieran confeccionar una historia, nos remiten a un fenómeno de identidad.

Debe resultar dolorosamente claro a qué me refiero en la narrativa, finalmente los dos ejemplos utilizados fueron narrados por un servidor -y al tiempo por Al-, con una intención fuerte de continuidad entre los tiempos e identidades de sus protagonistas. La narración no transmite precisamente bien estas diferencias de la identidad, se nos vuelve un problema. Un cierto tipo de novela suele remitir fuertemente a la identidad, no será vano -tal vez-, que la citemos brevemente.

La novela de maduración suele acompañar un personaje desde su infancia hasta la vida adulta, partiendo normalmente desde su nacimiento hasta ir constituyendo su caracter. Podemos vislumbrar en esta simple narrativa, parte del error: La construcción de una identidad por medio de partes, en secuencia, de cierta manera llegando a un tipo de conclusión. No es que cronológicamente el sentido esté equivocado, sino que un personaje ficticio no responde realmente a la experiencia y no recuerda realmente, mientras que nosotros lo hacemos sin desearlo, en una forma compleja que nos resulta indeterminable. De cierta forma, la manera de crecer de un personaje que madura, es un ejemplo que existe para que lo interpretemos, un grupo de acciones determinadas y descritas con el que confeccionamos una identidad. Y es que el proceso de formación de nuestra propia identidad es, desde un punto de vista dialéctico, algo relativamente parecido: Podemos recordar los momentos de nuestra vida que en cierta medida nos han “definido”, como una suerte de biografía sensorial.

No obstante, se sabe que el género biográfico no logra transmitir de manera nítida la experiencia vital de un ser humano, y aunque mucho puede darse por la cuestión del formato -a veces las biografías se quieren parte del género “enciclopédico”, y en el afán de ser claras se deshumanizan-, o simplemente por verdadera incapacidad de entrar en la autoreflexión que siempre acompaña la creación de la identidad. Somos entonces, no solo el discurso que compone los eventos que hemos vivido, sino además la reflexión sobre este discurso. Una reflexión que no es fiel a la realidad: Vemos frecuentemente nuestro pasado en vista de los valores presentes que tenemos por vigentes, sin poder realmente regresar al estado pasado de identidad que hemos vivido.

Y esto es porque la vida en sí no se repite, no volvemos a atravesar la misma experiencia por más que recordemos o imitemos el pasado, un punto de vista y la misma consciencia del a repetición, nos coloca a una distancia insaldable con la verdadera repetición, con la verdadera afirmación de una identidad concreta y discursiva. Esta asimilación de la repetición con la identidad constante no es vana, el lenguaje mismo, exige una presencia constante de repeticiones tanto de vocablos como de reglas, y en su abstracción racional impone sus reglas a nuestras ideas. Porque el lenguaje se repite, creemos que el universo hace lo propio.

Ya profundizaremos en su momento dos de los temas evidentes que salen a reducir tras el breve análisis que hemos efectuado, por esto me refiero al valor de la repetición dentro de la literatura y a la concepción de las identidades ficticias con sus respectivas problemáticas.

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