El hombre loro

28 May

, la que diría: el adulto no puede comunicar con su sociedad, que el adulto, dentro de la definición social que le corresponde, no posee, como exigencia, la capacidad de efectuar un discurso. Frente a la sociedad, está obligado a prestar respuestas, solo que no se le puede forzar a que sean coherentes -entonces su capacidad de efectuar discursos en sí queda entredicha-, y en cuanto a dar una herencia a sus congéneres, la acción tampoco es del todo libre.

(Por motivos que prefiero ni siquiera saber se me borró la entrada como la había escrito, así que retomaré como pueda esperando no sacrificar demasiado contenido)

Lo compararé con un fenómeno natural, que es el loro. Si un loro aprende un poema de Neruda, se sobre entiende que al enunciarlo no estará tomando en cuenta su sentido, pues no lo comprende. El ave reproducirá el discurso, lo imitará, y lo reducirá fundamentalmente a una acción. Por su naturaleza orgánica -y tal vez, si se quiere, por la ignorancia que tiene del mensaje total que reproduce-, mezclará, variará, segmentará y deformará el mensaje en cuestión, dado que no es una máquina para repetir de forma exacta. Podría, en teoría, enunciar el poema mejor que nadie, por suerte de estas variaciones.

El adulto, ya deducirá usted, se asemeja al loro del ejemplo. Su relación con el discurso formal de la sociedad se reduce a una imitación, y si se quiere -elevar muchísimo su categoría, confiando bastante en su suerte de imitador y observador- ejemplaridad. El adulto es una herramienta para confirmar y reproducir el discurso social, por lo cual no es extraño que lo asimilemos al caracter del padre, que pese a la tradición que se carga tras él, se supone una figura pedagógica por excelencia. No se le exige al padre -o al profesor-, una comprensión precisa del fenómeno enseñado, sino una manera clara de expresarlo/reproducirlo.

Tal como el loro, el hombre es una especie que economiza sus fuerzas y no se permite invertir demasiada energía en fondo mientras puede tratar las apariencias. Expliqué antes que la complicación del adulto se ejerce hacia el exterior, hacia aquellos que potencialmente pueden juzgar al individuo en el medio social -que el adulto en cuestión se manifieste dentro de la sociedad ya corresponde en cierta medida, un juicio-.  Decimos pues que el adulto es por fuerza de su discurso, un ente anónimo, pues actúa como sí mismo solo dentro de una esfera interior -por excelencia la familia-, donde cierto grado de complicidad le permite ocultar su falta de madurez ante los semejantes, logrando una cierta simbiósis comunitaria que viene de concebir al adulto como un ser más numeroso que el individuo*.

Se sabe que la institución familiar sufrió bastante desgaste a los ojos de la sociedad durante el siglo anterior, vamos a decir que la familia se “socializó”, ahora el adulto no puede bajar la guardia dentro de este círculo íntimo, por miedo a la represalia que puede ser el divorcio o el desdén. No hablamos de una socialización a todo nivel, mas existe en cierto sentido, una menor complicidad en lo que concierne a la creación de la ilusión “adulta” de tal o cual persona. Lo que es importante de esta devaluación familiar es que ha obligado a crear una nueva barrera entre la vida personal y la vida social, quiero decir, el juicio ya no sucederá entre grupos comunitarios ligados espacialmente por la interacción, sino que responderá a otro sitio de intercambio por excelencia: El ambiente profesional.

*- No digo mayor al individuo, pues no son elementos comparables. El adulto, por fuerza es un objeto del discurso, se trata de una generalización, de un género que se emplea sobre una cosa. Ser adulto es concebirse dentro de una acción probable, mientras que una persona concreta se presupone capaz de la acción y sustantivo.

Decimos pues, que la actitud profesional en el adulto -lo describimos como un trabajador-, se ha vuelto su nuevo círculo de prueba, donde debe emplear las mentiras y apariencias más radicales para verse adaptado. Es un sitio de opresión de cualquier impulso libertario, juvenil o creativo. Aquí el hombre se vuelve por excelencia reproductor de discursos y actitudes, es un hombre sin rostro. A cambio de esto, se permite mayor flexibilidad en la vida “particular”, aunque esta susodicha libertad tan solo nos revele una característica más del adulto moderno: La enajenación.

Existiendo sobre todo en un ambiente laboral hostil, el adulto se considera un ente aisaldo, cuyo trabajo es facilitar la convención/convivencia, sin necesidad de comprenderlas. Digo bien pues a nivel social, el rol adulto consiste en una reducción del hombre en términos prácticos para el discurso social. Debe ser sumiso y debe estar “adaptado”, entendamos adaptado como “sufriente” -dijimos que la adaptación es pasiva, que el hombre se presume objeto- ante todos los cambios impuestos para la sociedad.

Tras este desastrozo panorama de la edad adulta quiero añadir el último elemento…

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