Real

24 May

(Encontré durante uno de mis paseos al Jardin des plantes a uno de estos pavo reales que vagan por el lugar, con sus breves cuellos de ídilico color, y su extraño porte que uno diría humano*. Irrumpe con violencia en mi lectura de Canto General, pues casi por fuerza, el poema escrito está suspendido en el tiempo esperando, mientras el poema animal no espera ni emite pausas. Suele tener este efecto en mí, el jardín. Su sensorialidad se sobrepone a la ya rutinaria mirada que lanzo a los textos, que los persigue, como si nada hubiera más que ellos.

El ave demuestra lo contrario -iba decir el pájaro, cosa que un pavo real no es**-, impone su orgánica presencia sobre el orden de mi artificial costumbre, entiendo que el espectáculo de su vitalidad es más vigente y su acción me merece tanto afecto y atención como el tiempo me lo permita. Redundante reconocer cuán hermoso es un pavo real, especialmente ahora, extendiendo sus plumas

Estos pavo reales no son aquel que vi

majestuosamente. Como si se tratase de una interacción que tuviera conmigo, o con el necio animal anónimo que menea las hojas en un árbol cercano.

*- Cabría mejor decir, que el porte humano parece pavo real. No olvidemos que por genealogía las aves descienden de aquellos que patentaron el caminar en dos patas con el éxito mundial: Los dinosaurios. Nosotros, más o menos exitosos, tenemos el mismo don. Podría ser un eco de la historia o de la vida.

Su actitud debe responder a algún capricho fastuoso que soy incapaz de percibir, entiendo que se colocan así para impresionar a sus hembras y a sus rivales, que ganan dimensiones para transformarse en un multiforme ente de muchos ojos, cuyo volumen puede sorprendernos. He de pensar que para nosotros, animales exteriores, en efecto se nos figuró una especie de deidad avasalladora, con una soberanía que se figura incluso en su nombre español -pavo real-.

Pienso de nuevo en el capricho de la adaptación, en lo increíble que es el pavo real, y en la sonaja que suena al mover sus plumas. Me doy cuenta que ya estoy impresionado por sus dimensiones, pues semejante a un perro mediano, supera a aquella de los patos y gallos, a quienes tengo por estándar en el género de bípedos emplumados.

***- Si es una interacción, si está dominandome discursivamente. Se ha vuelto arte, me ha obligado a contemplarlo, me ha impuesto si dialecto animal en el que algunas posiciones -correr tras él, pretender que los dos no estamos ahí, fingir indiferencia-, son siempre naturales. Y yo le respondo sin resolverme a enunciar palabra, hasta que de nuevo comienzo con Neruda, pensando que le cuento a este bípedo el conflicto del comunismo cuyo final pienso saber, ahora con décadas de por medio.

He visto a otro, o a este muchacho, paséandose sin reverencia, comiendo botones de oro, como si el jardín le presentara una vida cómoda que a su raza le sentara tan bien. Entiendo que de cierta manera es como un eden, este sitio sin predación en cuyas cerradas puertas solo cruza el ocasional niño con su hostilidad. El diálogo del niño y el animal, más sincero que el que entablo yo con él*** -pese a mis esfuerzos, aunque yo también me pretenda niño para parecerme al pequeño, o al pavo real, para encontrarme en esa extraña naturaleza-, donde uno persigue al otro, o lo mira con extrañeza. Donde la vida, que es de todos los días, se les figura extraña y a la vez común.

**- Que a final de cuentas un pavo real no sea ninguna palabra, no hace mella en mi sensación. Si he querido decirle pájaro, es porque la palabra, estdrújula y gutural como es, extrañamente española en su estética y forma -al menos los franceses no la pronuncian-, se me figura una palabra hermosa, y este animal es hermoso. Pienso precisamente, que en todo es hermoso, incluso en su encarnizada búsqueda por comida, su hostilidad a la domesticación y a los turistas, su indiferencia total al recoger las migajas que le tiran. Veo que él, contrario a los gansos que viven un poco más lejos, no se cree domesticado, él tan solo aprovecha los dones que el universo le brindan, con esa pasividad aparente que tengo yo mismo al mirar al pavo real, y levantar la mirada de esa página confundido, donde Neruda trataba en vano de escribir la revolución, la que yo mismo enunciaba fingiendo voces que a mí me eran extranjeras.

Finalmente, absorbiendo todo lo que puedo del animal, me retiro a seguir con mis divagaciones intelectuales, he visto un gallo pasando, y me ha encantado también. Y lo que no dije, esa bella voz del pavo real, que a su vez me maravilla y…)

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