Del decir atenuado…

21 May

Pienso en el eufemismo, en su fácilidad para sembrar descontento y en su extraña renuencia contagiosa. Se trata de un decir-correcto, que se nos ha vuelto cada día más presente y absurdo, algo que difícilmente se vislumbra como una solución a los problemas, y que pese a su uso sigue siendo incomprendido.

Descubriremos rápidamente cuantos desazones se pueden ocultar tras un cambio “adecuado” de palabras, se me ocurre por ejemplo “persona de color”, para decir negro; se me ocurre gente humilde, para decir pobre; de buena familia, para decir rico. Hablamos del descanso eterno para decir muerte. ¿Qué tienen en común los temas tratados? La incomodidad, la presencia/ausencia discursiva que tienen en nuestras vidas, su irracionalidad sin solución.

Y es que son cosas que no queremos decir. Argumenté hace poco que el racismo se calla bastante porque causa fascinación: En secreto los hombres son racistas, mas esta inclinación les apena. Entonces en la esencia misma del racismo, en ese intentar no discutir alrespecto, encontraremos una fuente probable de eufemismos, para quitar la fraqueza que le quede a cualquier discurso. Hablar del racismo sin decir racismo: Tratar de borrarlo.

Discutía el otro día sobre las tendencias hipócritas que tiene la gente en público. Hay que considerar que la hipocresía es algo que entendemos como un discurso, como un ente rico en sentido: No se puede ser hipócrita sin la voluntad de serlo. Claro, desde el punto de vista del que habla, la hipocresía no es sino una manera de saldar la demanda social, aquello que es correcto, el discurso correcto. El eufemismo pues, se presupone parte de la esfera de lo público, parte de un modelo social basado fuertemente en la imágen, en el cual los hombres mienten. Porque el eufemismo es fundamentalmente -también, como la literatura-, una mentira.

El primer reflejo de un buen moralista podría tratarse sencillamente de abolir el eufemismo, de enunciar tan solo en lengua franca. No descansa en paz, está muerto. Esta reflexión nos hace ingresar en una especie de culto de la verdad, un desgarre que en su falta de artificio -imágen, un eufemismo es imágen-, corre el riesgo de ser tomado más en serio. Y sería peor, entonces, decifrar la mentira que contiene, porque todos los enunciados presuponen parcialmente una mentira.

He hablado de la periferia ampliamente, y he dicho que el proceso de asimilación de esta periferia, debe comenzar por identificar los objetos que nuestra precariedad contiene. Lo periférico suele ser común, en realidad no se puede no-ser racista, sin convivir con pueblos y culturas ajenas. Lo periférico se encuentra en la mirada de conflicto privilegiada en la que el conflicto no se evita, no se esconde. Contrario a la versión moralista que juzga negativo el eufemismo, yo opino que se trata de una manera de encarar la precariedad, no de resolverla, su pretensión no va más allá de un arreglo estético creado por el lenguaje, mas es, de algún modo, un arreglo. La literatura también busca arreglar lo periférico, incluirlo, por medio de un discurso que se quiere mucho más complicado y que, en oposición al eufemismo en sí, no está constituído por lugares comunes. El eufemismo es casi un insulto, una burla, mas el humor suele ocultar un terror intrínsico en nuestro ser, lo que hace del eufemismo una cierta manera de aceptar e incluir el temor. En nuestro caso, por supuesto, eso no basta. Pero al hallar el eufemismo hallaremos incluída la periferia.

Hay muchos eufemismos de la muerte y del sexo, del cuerpo como objeto biológico, de la vida personal de la mujer. Han sido cosas que evitamos como plagas, durante tantos años, y en que los eufemismos resonaban como plegarias, perpetuamente repetidas, y ya borradas de sentido. Existe un mismo, en eufemismo, un objeto que se descubre y se propone, al menos por la broma del discurso, reintegrar a sí mismo. Es evidente que la palabra -también la palabra artística o la literaria-, no es sino un paso para la incorporación de estos objetos. No es castigando el lenguaje que dirigiremos nuestras vidas.

Por cierto que se puede polemizar sobre en qué consiste un eufemismo, porque sencillamente, “estar muerto” tiene cierta inexactitud verbal: El verbo ser y estar no coinciden precisamente con el evento de la muerte. Hay definiciones también, que tienen aires de eufemismo, como diríamos del complejo de Edipo, cuya referencia mitoliteraria nos debe sonar, lanzada en el vacío, como una reverenda pavada. Tengamos consciencia de cuánto el sicoanálisis freudiano se desarrolló en un medio social, con pretensiones científicas, y coercionado por la sociedad en que nació, cuánto se le exigió originalmente, escribir en eufemismos. Porque el enfrentamiento consigo mismo también es una periferia, la noción de espiritualidad, de miedo personal, complejo o individuación; todo eso merece nuestro eufémico terror. Mostramos nuestro respeto y miedo por medio de las palabras.

El eufemismo es el título del horror.

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