Precipitarse

16 May

A veces me interrogo sobre cómo el hombre ha logrado montar un mundo sensorial e imaginario sobre un pedestal maravillante durante varios siglos, sin que su ánimo en dicho empeño desista. No me interroga tanto como para no participar en la fiesta.

No debería sorprenderme, pero me sorprende, y lo espero siempre, este extraño sentimiento que ciertas cosas -pienso en la lluvia- ejercen sobre nosotros, sin que uno se decida a reducirlas a ver llover sin mojarse. Es una influencia del cine -podría ser influencia del cine-, esta escena donde el personaje mira melancólicamente la lluvia, y alguna parte de su ser recuerda. Esto es un cliché, esto ya no tiene lugar en la literatura dura.

Pienso igual que en la lluvia, como en todas las cosas en las que podemos sentir y podemos creer, se esconde una infinita capacidad a maravillarnos. Si no, no se volvería una imagen, no diríamos “ver la lluvia sin mojarse”, no habría tampoco nostalgia en el cine. No nos importan las gotas que caen, no por sequedad, ni humedad, cada una no nos es, lluvia.

Hay al menos una mitología del cielo, la lluvia es sin duda, es cielo que cae, de esta manera que si no es inofensiva, por lo menos nos remite al mundo complejo de la vida, y las cosas que parecen pensadas o soñadas. El cielo cayendo, ¿no es normal que pensaran los hombres en nombrar a sus dioses como la lluvia y a la lluvia como sus dioses? Nos remite a la boda del cielo y el mar, a todo lo que no es un hombre, algo tan natural como la piedra nos es mineral y el maíz vegetal.

Imagino en algún sitio donde la lluvia tenga todo de raro, dónde la aridez sea la norma y las nubes en su pasaje apenas corrijan el cielo. La vida de un sitio sin lluvia, sería tal vez más pobre, ¿lo notaría? El hombre común, apenas rozando el conocimiento de su exterior, la interacción superficial con sus elementos, ¿podría encontrar que la precipitación le falta? He ahí parte del misterio. Como si los mundos sin lluvia de cierta manera la contuvieran.

Somos comprensiblemente lluvia, se nos mezcla con las emociones, con los ojos, con las lágrimas. Esta en nosotros, como el olor a mojado en la tierra, como el chapoteo sonando. Nos dejamos acariciar por el complice viento que nos arrastra, que no logra arrastrarnos mas nos embarra en las transparentes esferas, como abejas suicidas deshaciéndose en nuesta piel, con el insensible picotazo que las mata y nada nos hace. Excepto volvernos dependientes de la extraña alma que carga y nos altera o nos alteró desde siempre, tal vez la juvetud, tal vel del vientre.

Odiar la lluvia es como odiarnos a nosotros mismos, nace de lo inevitable de esa competencia entre lo incompatible que hay en nosotros, entre nuestras calmas y nuestras tormentas, nuestros tormentos. En breves relámpagos fugaces, he visto alguna vez mi muerte. En la lluvia en un gotear soleado, la contradición de mi paz. Entiendo que la lluvia no puede ser un poema pues ya es un poema. Nos hemos alejado de lo escencial, porque lo comprendemos y es redundante, o es un énfasis. Si lo repito es porque es un ciclo que debe hacerse, a veces perdonar las gotas que se siguen unas a otras, a veces darse cuenta que el todo está en el conjunto y la unidad casi no nos cuenta, no la contamos.

Es verdad que la lluvia nos desnuda, con costumbre casual penetra nuestro vestido y acaricia nuestra piel con inusitada tranquilidad. Vería en esto algo paternal, personal aunque ajeno, lo que no puedo criticar ni reprimir porque simplemente es, más allá de un argumento o razón, más lejos que lo que puedo arreglar con la crítica o el juicio que incluso a los animales somete. Si yo me desnudo bajo la lluvia, soy libre y de alguna forma la venzo, derroto esa sensación de autosatisfacción oculta en la costumbre, en la invisibilidad penosa de mi piel que no sabe bañarse enteramente, cuya falta de caricias indiferentes, es tan extraña, que el sol no la provee, que solo algunas ocasiones al año, en los chubazcos, podemos encontrar.

La lluvia nos persigue en nuestras vidas, en el campo o en la ciudad, no deja de ser menos -ni alterarme menos, ni serme menos-, por que me halle oculto en un departamento o rehúse ser tocado por plasticas guardias o mecánicos escapes. Ha cambiado con nosotros, nos ha bañado en el móbil vehículo moderno y en la primera de nuestras cavernas pintadas. La lluvia es del hombre, en ese sentido de pertenencia que ignora la posesión y la voluntad, en esa inexplicable conjetura donde los hombres y los animales no tienen que competir por el mismo objeto. Competir o robar la lluvia es el peor pecado.

El hombre podría haber sido la lluvia -si somos agua finalmente-, podría haber caído del cielo.

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