Otra bentilación

14 May

Haciendo una acotación para discutir sobre este blog, aceptando que su relación con la literatura es apenas vagamente metatextual, me he decidido de todas formas a compartir mis reflexiones al respecto. Aquí es donde el que no se interesa o el que quiere guardar un mistiscismo en lo desconocido sobre mi proceder, puede retirarse con tranquilidad.

La construcción de un blog, como de cualquier otro proyecto literario, responde a un montón de voluntades arbitrarias. De entrada me he suscrito al formato del blog, sin cuestionar ni corregir las pobrezas que se adjuntan a dicha práctica; no he siquiera -hasta ahora- explorado las distancias relativas que provee el formato de internet: Prácticamente me he limitado al uso resignado de muros de texto, ya de por sí no fáciles de decifrar por el ocasional verbosismo. Se puede decir que me he servido con comodidad de una herramienta, mas también se sospechará detrás de ello, alguna oscurecida y vaga voluntad.

Y es que no considero que si entramos en el género blog, podamos definir mi pequeño esfuerzo como una producción de calidad. No lo tomen a mal, supongo que accidentalemente habré atinado en brindar algún placer o inspirar a alguna idea a alguno de mis -¿cuántos?- tres lectores, pero sin duda no me cuento entre los blogs alta producción de Holywood. Mi propósito es bastante más modesto, no contaré pues, entre las celebridades de la web.

Naturalmente, encaré el proyecto de alzar un blog con un par de justificaciones azarosas, las que si vemos de cerca, probablemente suenen frágiles. Me interesa más que la función original o actual que este blog pueda servir, el ímpetu con el que me arrastra hacia el texto y hacia la reflexión, el ejercicio que me supone su continuidad vanal. Si podemos hablar de motivos tras mi práctica actual, el más vigente entre ellos -lo admito, para remitir a otro cuándo esta situación cambie- es el ímpetu de alcanzar un mínimo de expresión literaria, en un espacio que me resulte como un cuarto de eco -en el cual suelo escuchar de nuevo mi propia voz, deforme y absurda por la transformación que el escrito supone-. Y es que no es mi primera experiencia en internet, ni con la palabra, para que la aborde con la ingenuidad de una confesión.

Mencioné hace tiempo que he trabajado -por así decirlo- en tres páginas de internet distintas. Tal vez la cuenta llegue a cuatro, no importa. En cada una, hice prueba más o menos de una estrategia más o menos similar: Una escritura en prosa, larga, tendida, sobre temas del momento, sin una búsqueda más grande de universalidad. Las tres páginas comenzaron todas como aspectos distintos de mi ocio, y se volvieron, en cierto momento, más o menos lo mismo. Más o menos lo que estoy escribiendo hoy, sin la importura intelectual que proveo para fines jocosos. Básicamente dar alguna observación o un análisis y pretender que lanzado al ruedo de las ideas -que es internet-, estas se sostengan por sí mismas. Uno diría que debería ser más consiente del poder y la impotencia de la palabra, de cómo todos tenemos algo bueno y valioso que decir, mas no por eso importa.

Supongo que en parte por ello nunca me invertí de lleno en algún proyecto internáutico, parecían elegidos para fallar desde su nacimiento, juegos, curiosidades: Ocio. Y es que internet era eso para mí, incluso la acumulación de información, la curiosidad sincera, responde más correctamente a un ocio que la utilidad. Internet es un pobre compañero de colegio, no provee mayor disciplina que la simple observación pasiva de discursos exteriores, pocas veces a profundidad desarrollados. De una manera recurrente, me he fijado la obligación de encarar este paradigma volviéndome productor del discurso, me sale natural de todas formas. Pero siempre en negligencia de la gracia literaria que solo los años me permitiría aprender infinita, y que acaso no podría haber soñado antes: Mi lector.

He querido, vagamente, moldear un lector imaginario de mis textos, una incontable población de internáutas que los deduzcan y los aborden como si se tratase de más de lo que son. Sé que no es así como funciona y reniego de esas adolescencias. En lugar de eso he repetido el experimento con una sola consideración en mente: Esta vez será la mejor (la última).

De cierta forma, las tres páginas que ya hice -alguna vez-, se vuelven a hacer una en sus diferencias, y se manifiestan, como logro sentir entenderlas, en lo que ustedes leen en este momento: El monólogo de un hombre resignado, que ya descree de la palabra a fuerza de practicarla; sabiendo que no puede siquiera hablar de un mundo mejor. Y que de todas maneras, no permanece necio sin buscarlo.

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