Sin título

12 May

Cuando vemos en un medio masivo -pienso particularmente en la publicidad, pero los géneros noticiosos tienen las mismas inclinaciones*-, suele levantarse una polémica, o por lo menos una crítica, a la imagen de las mujeres y el sexo dentro de estas.

Claro, el manejo de dicha crítica suele ser todo menos crítica, quiero decir, esta superficialidad se maneja con toda tranquilidad en todas las esferas -incluso en las más populares, tal vez no con el mismo desdén-, y la cuestión no cambia. He de suponer que tras todo el teatro respecto a estas figuraciones, solo existe un sincero deseo de conservarlas, un gozo de mostrar y ser mostrado que se le presenta al ser humano, en este caso, más profundamente al femenino. ¿Cuál es el problema? ¿hay problema**?

*- No sé que tan válida pueda ser la división entre noticias y publicidad, en realidad, las diferencias fundamentales -sin tornar esto en una burla al estado de nuestros medios- son vagas. La noticia brilla en la novedad, pero también se sustenta en lavigencia de ciertos intereses, puede decirse lo mismo de la publicidad. Acaso la diferencia es de formato.

Si bien el ejemplo que tomo remite a algo que todos hemos visto hoy día -mujeres casi en pelotas-, no interrogo particularmente su carácter moral o su justificación. Esto sería fatigoso. Puedo por lo menos remitir a la teoría de la periferia, que nos ejemplifica un problema de discurso por medio de un par de elementos fácilmente identificables. Cuando hablamos del caso de la objetificación de la mujer***, estamos refiriendo a un fenómeno de lenguaje y de algún modo, al literato le atañe.

**- Contrario a lo que voy a decir -o dije-, la operación de sustraer la moral o la razón de un asunto no es tan sencilla como propongo, se interroga sin dificultad la posibilidad de un problema que existe sin variables de este estilo. Yo lo asumiré solo como una interrogante que persiste como un hecho del lenguaje y no necesariamente de razones/morales tras el discurso.

Porque aunque lo que veamos sea carne, silicona u otros artificios superficiales, la imagen de la mujer que se forma en la sociedad, no tanto de la mujer sino de la “puta”, sin buscar ofender a las prostitutas que tienen cómo hallarse ofendidas a la comparación con los entes ficticios, fantasmas o ilusiones que los medios masivos proponen como venta figurativa de sexo. No hay, en las dichas putas exhibidas, dejos de una mujer verdadera, con las características humanas que todos sabemos que poseen. Las artes solo funcionan a nivel representativo, y la mujer en cuestión no representa a la mujer, cuando mucho representa al cuerpo**** de esta, a su dimensión sexual.

***- Porque objetificar quiere decir volver objeto, como las funciones gramaticales referidas como objeto directo, objeto indirecto etc., en esta consideración, referimos a quien recibe a una acción o quien es visto por una acción. Hay algo de metatextual en nuestra aseveración, pues al hablar de objetificación hablamos de una característica del discurso -ser objeto- en la acción misma de hablar -ser el objeto del discurso-. O sea, básicamente nos paramos frente al fenómeno de hablar de la mujer (volver la mujer objeto).

El fenómeno interesante, al menos del punto de visto textual, es notar que el discurso nunca es dicho por el objeto que lo enuncia, ser objeto en realidad es uno de los síntomas groseros de la periferia. Hablamos de los locos, mas no son los locos que hablan, somos nosotros que hablamos por ellos. Entonces, independientemente de cómo se conciban los discursos acerca de las mujeres en pelotas, o las amas de casa, o las tontitas enamoradas, volvemos al mismo detalle: Tratar a alguien como objeto y desvirtuarlo en su esencia es una muestra fundamental de desigualdad (adivinaron: *****).

****- Es falso decir que representamos el cuerpo de la mujer, lo que mostramos es más bien una especie de arquetipo de un fantástico femenino. El cuerpo en sí, nuestras entrañas, nuestro sudor, nuestra putrefacción y la manera en que declinamos siguen siendo, en los medios masivos, causa de titubeos y de abstinencia general. Hablar del cuerpo, del verdadero cuerpo, es obsceno.

La solución, evidentemente, no es sustraer a la mujer de nuestras discusiones, sino tratar de que la verdadera mujer sea abordada en estas. Me dirán sin duda que dicha mujer no vende, que los discursos oficiales y masivos tienen como objetivo generar ganancia, no fijar objetos de la realidad. Yo solo insistiré que no es una cuestión de la realidad de la mujer, sino de la manera en que la explotamos. Dado que todos somos explotados por ganancias, pongo incapié en que hablo de la “manera”. El uso irresponsable del discurso no debería verse como un método válido, siendo este, un tipo de traición.

*****- La desigualdad no es de importancia para el argumento, se puede emplear la objetificación en cosas incomparables con la misma economía y ridículez. La igualdad misma está desvirtuada por la torpe manera en que la referimos.

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