Libertad bajo palabra

10 May

Con la comunicación en masa, la humanidad fue dándose cuenta el poder que viene de manejar un discurso. Esto ha logrado que de algún modo, tengamos -algunas sociedades citadinas- terror a la palabra misma.

Para probar que no exagero, me referiré a los propósitos racistas. Creo sinceramente que determinados sitios tienen un pavor viceral al referir racial. Muchos discutirán que por ejemplo, en Estados Unidos, la historia tétrica de un pasado reciente aún asoma su rostro -Alemania podrá decir tanto-. Mas en la época de las justificaciones, nos sobran razonamientos piadosos que justifiquen todo, estas medidas absurdas no me interesan, quiero realmente pensar en el miedo. Por ejemplo: Una razón de temer es el horror a lo desconocido, y se me ocurre de algún modo, que tememos también a las palabras que no entendemos.

El racismo en toda evidencia no es una sola cosa, incluso si generalizamos en clasificar actitudes y juicios como racistas pese a ser enteramente diferentes (dígamos racismo positivo o negativo, por adjetivar de forma gratuita); lo que no evita que la persona promedio, no se interrogue jamás de los tipos de racismos que existen, ni que dude en usar la palabra. Tal vez lo que si tienen claro es que el racismo es malo, y por eso no hay que entenderlo, hay que despreciarlo. El racista también es diferente, y no queremos entenderlo, pues siempre debe estar aparte.

Excepto que el racista no está aparte, si fuera el caso, no hablaríamos de él -la periferia se construye excluyendo al marginal de su discurso-, el problema del racismo es que aún hoy, es capaz de fascinar a las personas, lo que no puede pertenecer al discurso oficial, pero es una verdad de facto. Muchos lugares son racistas porque ni siquiera contienen varias culturas ni etnias. Hay bastantes indicios que apoyan la noción de un racismo como una reacción natural al hallarse frente a alguien que luce diferente, una reacción cultural también -pues naturaleza y cultura están más cerca de lo que la sociedad nos dice-, pero el tema no es discutible pues aceptar el racismo, dialécticamente, nos parece cercano a pensarlo moral.

Y bueno, esto es simplemente porque adeptos a la justificación, nos parece natural transformar cualquier razonamiento en una excusa. Discutir una palabra es arriesgarse a que nos venza, entregar la palabra a otro es una debilidad, sobre todo el racismo no debe hablarse. Tal vez a nadie se le haya ocurrido que el silencio también puede ser racista. La lección de la literatura, si hay alguna, es que cuenta lo que se calla como si se dijera, en las Mil y Una Noches no se mencionan a los camellos, pues son parte de la vida cotidiana y el texto trata de coleccionar maravillas. A veces me parezca que todo el tabú de abordar las palabras es el miedo a descubrir en nosotros mismos un racista -o cualquier otro epiteto villano-, que no deseamos aceptar.

El experto sociólogo tal vez ilustre algo que parece oponerse a mi propósito argumental, ha de tal vez mencionar, como solo los grupos más radicales desean abordar los temas turbios, como el fascismo hizo sin duda el siglo pasado. Un método efectivo de justificar el miedo que he aludido anteriormente, el de la tentación de liberar esa parte instintiva de recelo que se tiene contra los otros -sean mujeres, niños, criminales-. El temor a las palabras, no es sino el temor a uno mismo, porque las palabras destruyen el objeto al que nos referimos, y nos dejan en cara a nosotros mismos al momento de proferirlas. Es una razón legítima para detestar el habla, que nos meta en cara a nuestra propia carencia.

Señalo la evidencia de que una palabra no carga por sí misma, un sentido que deba sorprendernos o atemorizarlos, son simples elecciones de discurso que la sociedad adopta. Ser fascista, en Italia no suena atróz, ser socialista en Estados Unidos es extremismo. Y si bien podemos seguir poniéndonos historicistas al respecto -que se vuelve más o menos, explicar el orígen mitológico de las palabras que usamos, como si fueran dioses pues las entendemos igual de intuitiva y vagamente, nos son igual de distantes y presentes a la vez-, cuando en realidad la visión es un poco más animal. Sicologista si a uno le gusta ese otro adjetivo. La palabra no tiene en nosotros un efecto neutro, ni nada siquiera cercano a uniforme, es un montón de experiencias arrastradas, de incomprensiones y de sentimientos censurados.

La palabra también es una muestra de impotencia hacia nosotros y los demás, como hay quienes tratan de callar lo que temen, hay quienes tratan de decirlo. Esto segundo funciona como una catarsis, porque acepta finalmente, cosas que siempre callamos por costubre o fuerza -educación-. Si otro término tabú, o absurdo y transformable, tuviera de veras sentido, me parece que podríamos ajustarle este. Me refiero por supuesto al concepto de “libertad de expresión”.

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Una respuesta to “Libertad bajo palabra”

  1. Ross 31 octubre, 2012 a 5:16 #

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