…más bonita

8 May

Calladita se ve más bonita.

La frase no va exenta de ironía, y sin embargo presupone una interpretación literal de la orden que sugiere. La ironía tal vez venga de ese asunto: sugerir una órden, estamos en el órden de lo moderno, sugerir en vez de explicar, aunque estemos explicando en toda evidencia; estamos de cierto modo insultando la inteligencia por medio de una ironía que requiere la inteligencia. En fin, estamos en el énfasis y en la autocomplacencia.

No hay nada de ingenioso en la fraso porque el insulto (¿es un insulto?), resulta puramente convencional, y esto acaso lo vuelve un gesto mucho más pobre. Es convencional no por el silencio, que puede en ciertos momentos probar ser revolucionario (las cosas rara vez se solucionan hablando, que es lo convencional por excelencia), sino por la belleza dicho de esta manera popular. No bella, no hermosa y ni siquiera bonita, sino “más bonita”. Una puede ser tener una cara asquerosa y volverse más bonita poniéndose una bolsa encima. Debemos entender pues, que por lo menos no estamos proponiendo algún halago.

¿Qué es lo convencional? Pues precisamente buscar ser “más bonita”, es de cierto modo la ganancia que tendría la sugerencia. Debe callarse porque lo único razonable es el deseo de más belleza, y aquí me parece que la palabra “más” revela su falta de reflexión. Lo “más bonito”, no es una progresión deseable en la mayoría de los casos, en el sentido más propio le tememos a un exceso de belleza, nos intimida o perturba, lo asociamos con lo peor en nuestra persona: la divinidad. Es además mucho más elocuente desear lo feo, o dicho de otro modo, desear ser lo que uno es y no “más”. No sé si podemos citar legítimamente el culto al progreso para criticar esta posición de desear siempre algo fuera de nuestro alcance, o si simplemente se debe a un espejismo del lenguaje o de la aritmética, de lo cuantitativo en nosotros que admite el “más” aunque en lo bonito se trate.

Ahora, los diminutivos son un asunto bastante propio de la lengua popular también, estamos aquí en el cariño o en la condescendencia, como uno pueda desearlo. Digo condescendencia porque la orden la sugiere y que finalmente el diminutivo puede referir a un infante, que pertenece al grupo de los subyugados por excelencia. A los animales uno no les habla, así que el yugo verbal de este género -que además admite la ironía-, no tiene sentido. Solo que debo insistir en la ironía, esta debe transmitirse hacia alguien para no caer en el vacío autocomplaciente, referirla a un niño en su sola presencia en realidad es algo relativamente pobre aunque practicable, admito que tampoco se debe efectuar este dicho persiguiendo un puro gusto estético, pues finalmente estamos en lo popular, y la práctica -léase la repetición-, son objetos necesarios para el desarrollo de este tipo de gesto.

Calladita pues, que no quiere decir en absoluto silencio, no quiere decir en realidad muda, sino que se inscribe en la temporalidad de la frase y de cierto modo se sobreentiende en la ironía ¿no? pues si el otro lo escucha a uno en principio no está hablando, pues en nuestro concepto del diálogo la cacofonía se es aberrante, y que las frases hechas pese a todo tienen una búsqueda estética aunque sea superficial -si no uno no las aprendería en primer lugar, ¿por qué las aprende uno en primer lugar?-. Estamos reformando en el énfasis la orden, con una sugerencia estética bajo la promesa de más belleza. ¿El habla contra la belleza? ¿la palabra que suprime la belleza? ¿no es precisamente el gesto que estamos practicando -el que practico yo y el lema que referimos- una suerte de palabra que mata la belleza?

Más bonita. Esto se supone deseable y jugando a lo genérico, la implicación es que la primera parte, lo “calladita” también es saber popular. ¿Me callo porque soy tonta? ¿me callo porque soy lista y suprimo a los otros con el lenguaje? De un modo u otro el juicio se halla en lo inmediato, en lo calladita, en lo que nos empuja a suprimir la palabra por fines estéticos, léase éticos, porque sea por torpeza, sagacidad, terquedad o lo que sea, se nos figura que la mujer en cuestión está mejor calladita. Porque uno quiere, porque convencionalmente le parece que el uso de la convención se justifica, aunque sea para reír ¿no?

¿Es un insulto? Me inclinaría a pensar, ex nihilo, que no. Que uno se halle suprimido, sujeto a esta autoridad implícita de la sabiduría popular -machista, si se le quiere caracterizar así ¿no?-, es una violencia que justifica sentir el gesto como afrenta, pero sin el silencio forzado, la constatación es solo eso: inofensivas palabras. Que haya derecho o no a exigir o sugerir sea lo que sea, eso en realidad no es sino de uno, al tamaño de sus fuerzas y de su ego.

Para mí la otra sugerencia del rol de la mujer -que a Ana Montes no le gustó en mis definiciones, pero bueno, tengo que sostener esto para que no se caiga cuando me lo tiran-, está precisamente en ser vista, en cómo “se ve” desde afuera, en apariencia. La discusión es toda apariencia y no palabra, ni símbolismo de la palabra, y ni siquiera se sugiere que la palabra libera lo interior y que el silencio es exterior. Todo es una cuestión de forzarnos a ser vistos y no a decir. Objeto y no sujeto.

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