De lo bueno…

5 May

Tratamos de examinar la función de la economía literaria dentro de un texto. Remito a una entrada anterior para complementar lo que estoy por discutir a continuación.

La discusión respecto a la economía comienza directamente respecto a un marco de referencia, si bien hay palabras que contienen sentidos más ricos que otras, no tratamos una palabra en su singularidad, sino en la combinación de varias. Reconocemos en este análisis, la reflexión muy humana de dividir y unir objetos disjuntos tan propio a la dialéctica humana: Para hablar de economía tenemos que escoger un cierto rango.

Abordo este punto de vista para invalidar al menos en parte, la noción fantasma de que la economía depende de un solo objeto. Si bien la economía se supone rica en sentido -para su longitud objetiva-, no pretende remitir al sentido concreto que el autor quiera imprimirle. Es un mito pensar que leemos para discernir lo que el escritor nos “quiere decir”. De manera igualmente económica se pueden establecer sentidos abiertos que los lectores puedan encontrar rápidamente en un texto preciso, lo cual por fuerza requiere una economía de la apertura que se juega a varios niveles. Esto continúa siendo en parte, ilusiones y espejos, pues un texto puede siempre desdoblarse en otro texto, dado que toda descripción es infinita.

Remitir a la descripción es interesante, precisamente por su capacidad de crecer y ser arbitraria. Cuando hablamos de la descripción muchas veces abordamos el terreno de lo “innecesario”, aunque la manera más adecuada de abordarla es decir que se trata de manera reductible. Decir “un perro de esos feos y ariscos”, puede reducirse facilmente a “un perro feo”, o simplemente “bestia” etc., por el mismo motivo, la descripción suele considerarse un lugar de reducción tanto como de expansión. Mas nos guíamos aún por prejuicios originales venidos de cierta manera de leer, en realidad la narración y el diálogo son elementos igualmente reductibles, pero que en más evidencia transforman el sentido. Esto es porque suscribimos la idea de economía de lenguaje a un sentido preciso, a una lectura precisa. Nos situamos así del punto de vista de un “escritor dios”, que todo lo ha resuelto, y cuyo trabajo tratamos de desenterrar.

Ahora bien, la economía no solo la formamos en torno a una idea, sino también a un concepto de unidad. Si vemos también la economía como una unidad de sentido, debemos problematizar de qué manera incumbe en la realidad concreta de un texto. Y es que Chejov trata de una noción económica al decir que en un cuento solo deben señalarse los elementos necesarios y las palabras precisas para expresar expresamente lo que se quiere narrar. La economía en esta concepción del arte, suguiere la separación de los elementos válidos, por referir a aquellos que sirven funcionalmente en el texto. Solo que debemos recordar que el buen sentido de las reglas literarias, las vuelve obsoletas a fuerza de reinventar las nociones artísticas. Aunque las reglas de Chejov son fantásticas, solo se aplican a la “cuentística tradicional”. La narración postmoderna se puede permitir disgresiones, aparentes absurdos, absurdos completos, ambigüedades y sinsentidos. Lo que no borra la noción de economía, solo se sirve de una noción de sentido más amplia, menos literal, más concentrada en la lectura y la reproducción del texto fuera de un canon genérico. Salir del canon es ambas, una prueba de economía y una falta de ella, como es una literatura y un ataque a la literatura.

De cierta forma cuando referimos a la economía, nos estamos refiriendo a una economía dentro de un género, pues no tratamos del mismo modo a un poema, que una novela o un texto científico. Por esto mismo, es engañoso tratar a la economía textual como un valor en sí mismo, pues se trata del conjunto entre una unidad -inventada- y un propósito -supuesto-, que la vuelve comparativamente económica -porque solo puede ser corta o tener sentido en comparación a otro objeto teórico-. Más importante, la idea de un discurso que es económico en su manera de representarse, nos remite al imaginario de un discurso distinto que podría haber sido dicho de otro modo y reducido su efecto. Dos obras distintas pueden tratar de lo mismo y remitirnos al mismo sentimiento, pues la economía solo existe en la lectura concreta.

La economía es de cierto modo uno de los primeros valores escenciales que el redactor debe aprender, pues enuncia de manera sencilla -como una fórmula-, diferentes problemas que plantean los textos creativos conforme uno los desarrolla profundamente. Esta manera “clásica” de escribir, es un punto de inicio que, a mi parecer, debe tomarse en cuenta para luego poder transgredirlo propia y válidamente. Hay elegancia que se deriva de una excelente economía textual, mas en lo que concierne al arte en general solo se trata de uno de los trucos más superficiales -y necesarios-, que la literatura permite. Es muy buena, mas no basta.

Finalmente, aprovecho la oportunidad para deplorar la noción de resumen y la aversión a esta misma práctica. Me parece evidente que salvo excepciones categóricamente grandes, no se puede arruinar una obra por la introducción de un texto más breve que la describa. El resumen y la economía, trabajan en un sentido de pocas palabras, pero el primero funciona con un principio de claridad, mientras que el segundo presupone el impacto y el sentido verdaderamente compacto. Casi ninguna obra artística se sirve de la simple constatación, cosa propia del resumen. Porque si no abordara simplista las cosas, y se remitiera a una riqueza de sentido, lo añadiríamos al género de ensayo.

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