De lo bueno…

4 May

Una broma frecuente que presupongo al hablar de estilo literario, es la idea de que contiene ocho principios fundamentales. Entre ellos yo colocaría la economía textual.

Voy a admitir una falla en mi propio principio definitorio, no sé si sería correcto referir a una economía poética, o literaria, o artística. He dicho textual porque me parece que el fenómeno atañe al texto más de lo que podría aplicarse a otros artes o valores. En realidad se trata de un principio de estética bastante sencillo que suscribe a la elegancia y podría encontrarse -de importarnos la estética en cualquier circunstancia- dentro de nuestras actividades más cotidianas. Ya he referido a este principio, mas es bueno desarrollar las cosas que pueden parecer evidentes.

La economía textual se relaciona con la noción de “lograr el máximo sentido con el menor número de palabras”, si hablamos de otra arte, por ejemplo, la pintura, hablaríamos de “lograr el máximo sentido con el menor número de trazos -elementos visuales, vacíos-” dentro de la obra. Solo que no suscribimos necesariamente el sentido a todas las artes que conocemos en el mismo nivel que lo suscribimos en la literatura. Un edificio barroco puede ser hermoso, mientras que un montonal de palabras tan solo tarda mucho en ser leído. Ya intuímos dos aspectos que ligan la economía con la práctica literaria: 1) Se relaciona directamente con el tiempo de lectura y 2) se funda en el caracter comunicativo de cualquier lenguaje artístico (entre los cuales, el texto es por mucho, aquel cuya comunicación sale más a relucir).

De algún modo, referir al tiempo de lectura nos recuerda un principio mencionado por Shlovski que conocemos como el motivo del mínimo esfuerzo. Encarar menos palabras es de cierta manera, trabajar menos en la lectura. Solo que desde el punto de vista del escritor, se trata de una tarea más difícil, pues tiene que encontrar palabras más exactas y efectos más directos, haciendo prueba de su maestría del lenguaje para encarar desafío distintos. Un escritor experimentado obra de manera económica por costumbre, haciendo realmente, un esfuerzo menor al actuar. Pero para esto habrá realizado un sinúmero de textos y memorizado su propia elaborada reflexión. En este sentido, la economía de texto es una de las pocas maneras concretas de referir a una “buena práctica literaria”. Si un escritor es económico, se puede decir que es bueno en su trabajo (son más fantasmas e irrepetibles, las otras siete categorías que constituyen el arte).

Si hay algún mérito en este tipo de comunicación efectiva, es porque la presencia del lenguaje en una obra es una agresiva competencia. La imagen de que el escritor lucha con la lengua no es una noción equivocada. Las cosas que el escritor quiere decir y muchísimas que no quiere abordar, deben expresarse en su obra simultáneamente, riñendo entre ellas sobre cuál puede realmente concentrarse en la lectura. Un escritor económico dirige al texto sin permitirse desvaríos y distracciones de la parte del escritor. Busca al tiempo que el máximo sentido, el máximo impacto.

No he querido usar esta noción de impacto desde el principio, pues de un lado la inscribo en el motivo de la comunicación -el texto tiene poco o nada de impacto por su naturaleza, si lo tiene, dentro de las cosas que comunica-, y por otro, se puede discutir el tipo de impacto que un texto puede lograr. Madame Bobavy fue motivo de un juicio, no por su carácter estético. Además, la idea del impacto y de la influencia pueden encontrarse con mayor sentido dentro de la noción de lector que la del productor, la seducción de un texto actúa solo mientras tiene efecto en un receptor objetivo, y por tanto es un fenómeno que le es propio. Cuando hablamos de economía, tratamos de un elemento literario, que por una vez, va anclado con la noción de producir el texto mismo (si bien los cambios externos del lenguaje, obrando sobre un lector hipotético, puedan arruinar cierta economía lograda dentro de una obra, considero dichos cambios exteriores como lo sería el efecto de una traducción).

La noción de extrañamiento que hemos tratado en otra ocasión, también entra en competencia con una idea pura de economía lingüistica. Shlovski decía que extrañar a un objeto era mirarlo como si se viera por primera vez, entiéndase, desarrollarlo de una manera extensa para que gane un mayor sentido para nosotros. En desarrollarlo se pueden utilizar muchas palabras y perder economía, pero en darle sentido puede ganarse también esta. Tomemos de ejemplo la carroña del caballo que encontramos en La Route de Flandres, de Claude Simon. La mirada casi morbosa dentro del cuerpo del caballo muerto, influye en el efecto que este tiene en el lector, pero también enriquece su sentido conforme la aparición se repite en sendas ocasiones. Una función naturalemente económica -que debe manejarse con especial elegancia- es presentar un elemento para hacer futura refencia a él, como si se tratase de una regla que ha de sobre entenderse. Pienso en la película El Angel Exterminador, de Buñuel, donde una regla arbitraria se impone en una situación común y corriente, y por medio de diálogos y gestos el lector mismo admite que esta nueva regla suceda, hasta el punto que su ruptura llegue a un punto de tensión dentro de todo el desarrollo.

Sigo con la paradoja de hablar mucho de escribir poco en otra ocasión.

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