Sin título

3 May

La paradoja del discurso, no solo consiste en que la veracidad del mismo es insuficiente para sostenerlo y que requiera de una legitimidad externa, también por razones absurdas, él mismo supone aún en nuestros días, cierta autoridad y valía.

No quiero pasarme mucho tiempo citando antecedentes, pero ya en los tiempos de Platón se interrogaba la autoridad que el discurso escrito tenía para fines didácticos. Los antiguos consideraban que la palabra escrita era una extensión de la memoria, y a su vez, una herramienta insuficiente para el aprendizaje. Aún hoy, puede debatirse el lugar de los libros de texto en la educación -y no hablo solo de una revolución de medios e internet, sino verdaderamente la efectividad de la palabra escrita contra la enseñanza presencial-, mas lo que nos interesa se haya precisamente en otra evidencia sacada de este ejemplo. Y es que los antiguos no pensaban como nosotros.

Explicaba que de cierto modo, la autoridad de la palabra escrita se acercaba a una realidad hace determinado tiempo. Los medios de producción de los textos no siempre han estado igualmente repartidos, y escribir muchas veces coincidía con personas que detenían alguna autoridad. Esto aún es una versión bastante embrional de lo que sucedió más tarde, que haría crecer la valía del texto frente a la palabra oral en la sociedad que Europa fue desarrollando. Creo que el drama comienza con la ciencia.

Sabemos que el auge de la llamada “Ilustración”, se llevó a cabo a través de un renovado interés en la cultura antigua, en la ciencia y civilización desarrolladas en Grecia y Roma. Estos eventos de cierto modo, redescubren una noción de historia y lo que se volverá más tarde las ciencias formales. Se crea la división fantasma entre Historia y Prehistoria, dos divisiones temporales cuya distancia es precisamente, la ausencia de prueba escrita para corroborar los eventos que en ellas transcurren. Entonces se comprende -o se inventa- que el texto es una manera de recuperar el pasado. Extiende nuestra memoria a tiempos imemoriales y de cierta manera, redefine la realidad.

Hay que entender por lo menos dos cosas sobre la Historia, la primera, que los hombres que no tenían escritura no eran menos complejos y profundos que los que vinieron luego y la segunda, el como emplear textos termina por formular la Historia por medio de un discurso, que forzosamente tiene fallos, omisiones y puntos de vista. Hemos abordado la idea de un discurso de lo marginal, en lo que refiere a tomar parte de nuestros orígenes y nuestro discurso, el hombre prehistórico, el que no escribe, es uno de los grandes enajenados que aún ronda nuestros tiempos.

Suelo tomar el ejemplo de la filosofía, pues su materia dialéctica se presta a una interpretación rauda y efectiva. Sabemos que los filósofos griegos no eran fanáticos de la escritura y que sin embargo es esta la que los conservó hasta nuestros días. Al leer cualquier filósofo, no nos encontramos frente a un hombre que ha formulado por primera vez una concepción del mundo, nos encontramos tan solo ante uno que optó por el engorroso trabajo de ponerlo en papel. Sin embargo damos “autoría” de tales pensamientos a quienes los difunden, no a quienes originalmente los formulan. Porque de cierta manera, el gusto por la originalidad y el culto al nombre transforman partes de nuestra tradición escrita en una payasa competencia de ideas ya formuladas y propiedades necias. Todo es ilusión histórica, todo es falso valor en lo escrito.

Por el gusto de completud, señalo como al tiempo que los medios fueron acercando la escritura a la mano de cada individuo, la figura del autor fue deformada para imitar cierto principio de legitimidad. Las cosas no ganan valor solo por estar escritas, tienen que tener un autor reconocido y de importancia para realmente ser tomadas en cuenta. Señalo no sin malicia que este culto a la personalidad se ha ido desvaneciendo lentamente de los círculos científicos y que ha permanecido tan solo en dominios llenos de presunción como el artista y el millonario. Y es que la palabra no vale nada por sí misma, ni siquiera como testimonio o peso de valor.

Un ejemplo que también podríamos aplicar es el de este blog. Siendo el desconocido que soy, el medio barato en que lo produzco y la falta de pretendida originalidad a la que adscribo, podemos argumentar que se trata de un conjunto de textos sin ninguna valía real. He tal vez, jugado un poco con una variable que escapa al discurso histórico convencional y que remite a la experiencia de un individuo cualesquiera en su quehacer de intercambio cotidiano sobre sus pensamientos leves o graves. Visto desde este punto de vista, creo que hay manera de entrever que en internet, y enfrente de nuestros monitores podemos hallar un nuevo tipo de hombre prehistórico, cuyo discurso acaso es tan fugaz e irrepetible como aquel de tantos entes sin nombre que nos han precedido.

Si mi dictamen fuera acertado, iríamos dirigidos a una triste periferia.

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