El olvido está vacío de…

1 May

Del mismo modo en que se releva cuan inevitable es el comienzo de cualquier libro, podemos intuir la fatalidad de su final. La simplicidad del razonamiento es necesaria para poder hacer el paso siguiente que concierne al avance de la literatura: Cómo destruir un final.

Uno de los primeros trucos a los que un cuentista se remite es la desarticulación cronológica de los eventos tratados, el recurso más evidente, por ser también cotidiano es el del recuerdo. Los artefactos creados por el hombre buscaban inicialmente extender sus cualidades físicas, vemos pues como el telescopio extiende la vista y la palanca aumenta la fuerza, el libro inicialmente es una extensión de la memoria. Hay bastante que decir sobre el caracter terminado y de “pasado” que presupone la escritura de un libro, mas no nos inclinaremos esta ocasión por desdoblar aquello y tendremos en mente el simple hecho de que el pasado tiene un lugar de privilegio en el libro. Por ende el futuro también.

Digo también por ende, pues si el objeto narrado se encuentra en el pasado, y se está actualizando en nuestra época -que parece ser por fuerza, posterior al momento de la narración o la escritura-, entonces siempre hay una relación congruente con el futuro. Cuando un narrador interpela al lector, se remite a un momento “casi presente”, y no es extrañe que se busque incluso hablar de un futuro que tampoco ha alcanzado -ni alcanzará- el lector. (Mucha ciencia ficción ha sembrado raíces en este tiempo ficticio)

Se entiende pues que los paseos hacia el pasado y al futuro son recursos literarios bastante usuales, que solo lograron por su caracter “temporal” agrietar el molde de lo que conocemos como el final de la narración. Ya nos resulta redundante decir que el final cronológico de una historia no necesariamente coincide con el de un libro, mas es importante saber como llegamos aquí. Ya establecimos una distancia entre objeto que cuenta -libro- y objeto contado -la narración-, lo que permite desde este breve experimento, desartícular la férrea relación entre libro e historia. Y es que nada nos fuerza a que la construcción del libro coincida con el tiempo de narración.

Pese a su aparente indiferencia al tema que estamos tratando, un valor fundamental del por qué la coincidencia de libro y narración es abundante, es la economía de escritura. Podemos construir un desorden o un orden diferente, pero si el lector salta sin preparación a nuestro propósito puede fracasar su comprensión. Entonces tenemos la opción de perder el tiempo explicando nuestra(s) estrategia(s) de progresión, y por lo tanto, sacrificando cantidad de elegancia. Otra crítica sencilla que se puede hacer al propósito de un libro independiente de la narración, es que no tiene sentido en sí mismo. En realidad la narración fragmentada si posee un impacto que le es bastante característico y hoy en día se le considera válida, pero esta forma de pensar no exime al libro independiente de alguna crítica.

Tradicionalmente el libro propone dos entradas posibles, por cada uno de sus forros, siguiendo el orden de lectura que como hemos explicado ya antes, es obligatorio y convencional. Si existe tanta tragedia en cuanto a la limitación de los principios y los finales es que se trata de uno de los objetos inseparables de la literatura, es una de sus reales limitaciones. Voy a tratar un par de ejemplos con un libro de cuentos, porque siendo un formato tan clásico, problematiza el asunto que queremos abordar.

Un libro de cuentos tiene varios principios y finales -en general, uno por cada relato tratado-, se entiende por convención que los cuentos son entidades separadas -o más o menos separadas-, y que el orden en que se leen es indistinto. En este sentido, es curioso confirmar que el lector promedio suele abordar los cuentos en el órden que el libro los presenta, haya o no voluntad de orden en ese sentido por parte de editores o escritores. A veces el orden existe y es arbitrario -puede ser, por autor o por año de publicación-, lo que tampoco disuade al lector promedio de leer en “desorden”. El simple hecho de leer en desorden hace que un libro de cuentos sea un libro independiente de su propia narración, pues permite varios fines -nunca simultáneos-.

Se me ocurre un experimento malicioso: Colocar en el libro de cuentos uno que durante su desarrollo, devele las sorpresas que cada cuento del libro depara. Entonces, el orden arbitrario de lectura, cambiaría realmente la manera de percibir la narración para evitar encontrarse con el libro “llave”. El defecto del razonamiento es evidente, la convención del libro de cuentos no es la lectura al azar o en “desorden” -no es práctica para reconocer qué se ha leído o no-, lo que forzaría a un buen cuerpo de lectores, amañados por una sola manera de agarrar sus libros, a siempre efectuar el mismo desvelante truco. Corrompemos luego la economía, como hizo Cortázar al abrir Rayuela: Teniendo que explicarle al lector que puede leer como siempre ha podido leer, y nunca lo ha hecho.

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