Sobre la novedad

30 Abr

Si bien los escritores suelen aliarse a complicados métodos y designios que buscan cambiar el mundo por una manera de ser o hablar, la mayoría del tiempo se les puede mezclar con una ciencia de como se maneja el lenguaje -al menos esto nos enseñó el siglo pasado-. Hablamos por supuesto, de un tipo de pensamiento que alberga alguna vaga moral o por lo menos un deber ser de las cosas, por motivos que nos escapan, se persigue en la literatura algún sentido de la moral.

Mas propiamente, el siglo pasado nos ha develado que la literatura se define en gran parte por las cosas que deja atrás. Propio del lenguaje es enfocarse en un solo aspecto de la comunicación, como borrando el resto de las cosas. Maurice Blanchot decía que las palabras destruyen a los objetos que refieren, en una suerte de ignorar el verdadero objeto -los elementos físicos no pueden actualmente contenerse en una frase, por eso la descripción es infinita-, se concentra simplemente en el discurso. A la vez, el discurso no solo mata al objeto que se refiere, sino a todo lo demás (el discurso está hecho de muerte)

Entonces, parte de lo que concierne en renovar el lenguaje, no solo pasa por discutir los objetos que no han sido tratados verdaderamente por otros textos, también es de prestar la palabra a quienes a perjuicio, no han podido tenerla (se ha ligado por esto la literatura a la crítica social, que bien se acompañan). Solo que el discurso tiene también el problema de que borra a los demás enunciadores, una obra literaria, aunque sea múltiple, simula tener un solo autor y en general ser un solo discurso. Este no es un paradigma de verdad, varios discursos pueden coincider en una obra, pero solo transgrediendo la noción de autor. Es un problema que aborda la imposibilidad física de que todos seamos autores, lo cual por sí mismo conlleva una problemática literaria bastante extensa.

En fin, para dar la palabra a quienes no la poseen, paradoxalmente no se les da la palabra. Vamos a jugar en este sentido con una de las garantías de la literatura que es lo que pasa en escrito es ficción, y no cuenta. Entonces nuestro esfuerzo no va a darle la palabra a nadie, pero servirá de cimiento para que dicho dominio de discurso no parezca atróz. Recordemos que finalmente somos una sociedad que se define por sus menosprecios y particularmente por quien lleva el manto de lo precario. Hay que dar el brinco -enorme, infinito-, de que el objeto del discurso se vuelva el sujeto del mismo, lo que al escritor jamás le corresponde. En realidad, no es su objetivo, no puedes ni quieres forzar a ninguna persona a escribir, el biógrafo no trata de provocar una autobiografía. Solo conturnemos por lo pronto la limitación de que una manera de hablar puede causar como triste consecuencia una manera de pensar. Incluir se vuelve entonces, necesario (para el que habla).

Entonces he conjurado de cierto modo que hay ciertos grupos marginales que van a permitirnos una “innovación”, en la escritura. Hablar de novedad es a la vez falso y necesario cuando abordamos premisas del “qué hacer” escritural -o artístico, pues las artes en general constituyen y fraguan un idioma y un alternativo discurso-. Porque la imitación es una herramienta versátil y complicada -pues la descripción es infinita-, pero si se tiene una concepción pobre de lo que es la imitación, no haremos sino replicas sin otra sustancia. En realidad quienes asimilan al arte a un cierto tipo de clonación de algo real, no desatinan tanto como los que suponen que se liga más a la creación. El reconocer los elementos marginales -en sentido literal, los que están al margen, la periferia del discurso “convencional”-, es una fuente de “nuevo discurso”, que a su vez no es en esencia nuevo, sino que trata y destrata el discurso que conocemos. Más que un nuevo discurso, sería una habla irreconocida. Por esto a mi parecer, la periferia forma parte de la vanguardia del arte. Por eso es fundamental escribir en español.

Uno de los riesgos del discurso de la novedad -este que enuncio, aunque no sea único ni excluyente de otros destinos-, es caer de nuevo en el género que llamamos el “arte comprometido”. El compromiso intelectual con una idea o una meta, pone en riesgo la riqueza de nuestro propio discurso y nos expone a la rígidez. Es -si uno lo quiere-, tratar de sanar el mal con el mal, se trata de un uso de la ortodoxia que desarticula la articulación por medio de una articulación nueva, a la cual le corresponden sus propios problemas. El discurso literario, como dijo Blanchot, es muerte; y al fundarse en la muerte, destruye en vez de construir. Al llegar al punto donde el discurso a muerto, todos los discursos son posibles -Esclapez dice que cualquier inicio condena a un texto a la limitación, yo supongo que cualquier final, lo vuelve hacia lo infinito-, y la riqueza verdadera que puede permitir al marginal hablar, encuentra su respuesta. Y lo importante de esta respuesta es que sea “original”, porque nadie ha preguntado su correspondiente pregunta. Tampoco la obra.

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