Al explorar la idea de…

29 Abr

Al explorar la idea de cualquier legitimidad, uno debe reconocer la razón fundante de este valor. Que se requiera legitimidad, es algo que cualquiera acepta aunque el objeto legitimador no sea sino una patraña. Si uno no se interroga el por qué, probablemente no pueda tomar en serio su propia interpretación de este asunto.

El problema de la legitimidad debe enunciarse antes que nada como una paradoja: Para conocer el universo debemos creer en el discurso de otros y la experiencia que proponen, para que el universo sea consistente, no podemos creer cualquier cosa que sea dicha. Para colmo existe la ambigüedad, que no nos simplificará el asunto, mas como de costumbre en este blog, sobre entenderemos que la ambigüedad en el asunto es voluntaria, y la ignoraremos.

Entonces, para resolver este dilema sobre el conocimiento -cualquier conocimiento, especialmente el más banal-,  se aglutina un cuerpo de información con alguna consistencia interna, un grupo de palabras e ideas que en realidad nunca estamos vigilando pero tácitamente admitimos en lo cotidiano. Digo bien que se aglutina, pues cualquier ilusión de órden en el asunto es precisamente, tan solo una ilusión. Luego se sobrepone, en la medida de lo necesario, una ficticia relación entre cada idea. Ahora veo que me estoy saliendo por abstracto, trataré mejor algún ejemplo.

Cada persona aprende una lengua como se le presenta en la vida, los inmigrantes como inmigrantes, los naturales como tales y los mudos con los dedos. El proceso de la gramática está impreso en nuestros cerebros, cambiar de orden y tono las frases para alterar sus sentidos, nos viene y nos va como si la transformación tuviera sentido propio. No obstante, cualquier sonido y cualquier sentido se presenta arbitrario al aprendizaje, uno lo aprende tristemente de a uno a la vez.

Entonces, esta manera rústica de aprender, responde precisamente al hecho de que nos colocamos en lo arbitrario, y lo inventado o se sabe o se reinventa. Yo puedo aprender mal una palabra, y que en la vida se me corrija sobre la comprensión que conlleva. Puedo leer mal, puedo interpretar pobremente un concepto, y no es solo algo posible, sino probable. Nuestros conocimientos no se verifican por sí solos. El arte va a tratar incluso, con lo inverificable. Lo que no ha evitado que el hombre trate de regular todos los asuntos estéticos, pues si hay algo que incomoda y confunde a cualquier hombre, es lo desconocido.

Un ejemplo interesante sería del lenguaje, el triste uso de cualquier diccionario. No he visto pocos juegos literarios que sugieren la compañía o herramienta del diccionario para funcionar, si algo se debe saber es que el enorme tomo alfabético, es un elemento de azar. Es también, sin duda, la representación absurda de la legitimidad y lo que en ella esperamos. El diccionario no está fuera de control, tan pesado es que flotar se le niega. Detrás de la pila de papel, debe haber una academia, cuyo poder radica exclusivamente en su legitimidad tácita. Cualquier prueba científica demostrará que el idioma español -por tomar nuestro ejemplo-, no es uno, sino varios. La convención es una ficción elevada al grado de verdad, porque de la legitimización siempre hemos tirado y distinguido verdad y mentira.

De ahí la competencia entre legítimo y verdadero, que resaltamos ya otra vez. Una academia -en el sentido que estoy usando, el cual puede distinguirse del diccionario-, es un grupo dedicado a vigilar las ramas de sentido que cualquier conocimiento aglutinado genera para darse razón. Toda academia persigue mantener la vigencia de su propia ortodoxia, aunque con el tiempo traicione sus principios. En este sentido, la academia se reinventa, como el lenguaje; mira hacia atrás y redefine los sistemas a su conveniencia, en la medida que su objeto lo permita. Este tipo de academias, cuando rige un objeto como el lenguaje, afecta directamente la manera en que lo concebimos; el espacio del español en este asunto es interesantísimo, porque la “Real Academia”, es un organismo extranjero para muchos países. Hoy en día no diría que hablamos de una imposición, aunque sin duda el idioma alguna vz se nos ha impuesto. El conocimiento no se acopla a la academia, sino la academia al conocimiento. La legitimidad es tradición hereditaria.

La literatura ha peleado por su legitimidad, y las escuelas literarias han sido cicatrices de tales batallas. Aunque el realismo nos parezca normal -aunque la lectura realista se nos ha vuelto una triste costumbre-, no se trata sino de una búsqueda de legitimidad respecto a cierto discurso dominante que el siglo pasado se nos hacía la panacea: El discurso de la ciencia. La literatura, desde la ilustración, ha querido pedir prestadas herramientas científicas, al menos en el afán de sonar oficial y de algún modo merecer el respeto social, que no se diga que los literatos son vagabundos sin quehacer, aunque de esto se trate.

Poner en duda lo que se ha legitimado es una herramienta que le costó caro en ideas al siglo veinte, piense en ella para empezar, antes de abordar un arbitrario.

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