Sin título

27 Abr

Indagando, se puede llegar a la conclusión de que entre los más importantes motores del arte, se encuentra la muy humana noción de la curiosidad. Expresé anteriormente mi visión de que la tragedia clásica parte de un principio de culpa, que sustenta el drama hasta sus últimas consecuencias cuando se ha destrozado la proporción de la falta. Este caer estrépitosamente hasta la perdición, no es sino un morboso acontecer que alimenta el sadismo y el masoquismo del espectador -pecador también-, partiendo de cierta curiosidad.

Aprovecho para notar la inquebrantable relación entre la curiosidad y el espectador, pues si bien la escritura en sí misma puede abstraerse como una búsqueda de respuestas y una inquietud, esta investigación del autor dentro de sí mismo y su obra, no posee el mismo caracter explorador que hace el lector al aproximarse a un objeto que le es ajeno. Por medio de una búsqueda, el espectador se apropia de la obra, no obstante en un momento anterior, debe proponerse el deseo de buscar.

La obra es un objeto que permanece, mientras que la lectura de la obra se divide y se transforma. Yo tengo un ejemplo pertinente sobre una puesta en escena de Berenice, vista recientemente con una interpretación moderna. Tenemos esta escena donde Titus y Berenice discuten, se debaten entre sí por sus sentimientos a saber si deben permanecer unidos siguiendo el decreto de su amor, o si Titus eligirá guardar la ley romana que le prohibe esposarse con una extranjera. La puesta en escena, no sin ingenio, hace que los personajes se desvistan progresivamente en la discusión, como si el acto de pasión fuese una amenaza presente entre ambos, terminan desnudos antes de que Titus concluya que será fiel a la ley romana y que Berenice debe partir. Tres razones me parecen adecuadas en el uso de esta desnudez, oponiéndola a un gusto por provocar al público gratuitamente: En primera, Titus concluye la escena desnudo, remitiendo al imaginario de las estatuas griegas y romanas que presentan al hombre desnudo, al continuar la discusión, llega a este estátuto de personaje histórico que le valida esta similitud con su estatua y su elección de Roma sobre el amor; segunda, la intensidad del diálogo en medio de estos giros de pasión guarda su cohesión para el espectador actual, se entiende la fuerza del debate entre los personajes gracias a esta dimensión carnal, su lucha en el plano verbal es desgarradora al punto de manifestarse en esta visión pasional del encuentro, los excesos del clásico francés apenas se vislumbran ante esta sensibilidad; tercera y la más pertinente a nuestro tema, la idea de esta desnudez y amenaza de la relación sexual, nos remite a una idea clásica completamente perdida hoy día en la puesta en escena tradicional: La intimidad morbosa del encuentro entre amantes.

Me explico: Hoy día nos puede parecer que la presencia de una mujer con su amante en el mismo cuarto mientras ambos están vestidos, no es nada de alarma y respeta la inocencia de la imágen. Esto es simplemente porque estamos bañados en códigos televisivos y cinematográficos en los que la intimidad ha sido abolida. Al tipo del noticiero lo vemos más cerca de lo que lo toleraríamos en la vida real, los planos sobre un rostro suelen ser excesivamente cercanos, pero el tiempo ha disminuído su efecto en nosotros. Estamos hablando aquí de un cambio de lectura al momento de que el espectador ha cambiado. En la época de los clásicos, la idea de que un hombre y una mujer discutieran a solas en un cuarto donde están solos, es un fuerte indicio de sexualidad, una transgresión mayor que el espectador de aquellos tiempos entendía -y cuyo morbo adoraba-. Si uno lee una novela epistolar, caerá pronto en cuentra de que los furtivos encuentros de los amantes eran a la distancia, por cartas y mensajes de terceros, haciendo del momento en que discuten en la alcoba, la cúspide de la tensión lista a estallar. No comprendemos esta idea en una puesta tradicional del teatro clásico, pues su fundamento trabaja en un código que para nosotros ya no existe. Por lo tanto, nuestra curiosidad en el objeto no es la misma y nuestra lectura, difiere bastante.

Algunos objetos artísticos continúan acompañando esta noción de morbo tan propia del arte desde sus inicios, como pueden ser la cortina del teatro y el forro de un libro cualesquiera. La similitud con una ventana o una puerta cerrada, es parte de un código que nos invita a cierta mirada ilícita y voyeurista sobre nuestro objeto de arte, hay barreras que se rompen y que nos permiten ver sin ser mirados.

El lector curioso, por lo general buscará una tensión y una respuesta proporcional al impulso de su deseo, se decepciona al no ser satisfecho y se excita al ser tentado por los avances del relato. Uno de los géneros más recientes, la novela policial, se funda sobre un principio de curiosidad pero también de búsqueda activa por parte del lector.

Ya después exploraremos otros efectos y defectos de la curiosidad dentro del impulso artístico.

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