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26 Abr

Un idioma es, como la distancia y la experiencia, una manera de abordar el arte. Hablamos, o por lo menos leemos, en español, esto sin duda nos fabrica una manera superficial de relacionarlos con los objetos en el mundo. Hay quien dice que los hispanohablantes tienen una especie de complejo de inferioridad cuando se trata de la razón, mas no quiero tratar estas falacias por el momento, hablemos realmente de la lengua.

En la actualidad creo que resalta antes que nada la presencia internacional del idioma. También existe esta noción de espacio físico y multiculturalidad que domina en América, igual que su interacción regional e isolación en la península ibérica. Aludiendo a estos valores, podemos pensar la importancia del español en la concepción, como algo que puede distinguirse por su realidad geográfica. No es extraño pues, que la literatura trate de designar de vez en cuando, una geografía.

La literatura latinoaméricana florece en la medida que el proceso de pensamiento revolucionario se libera, se trata de poner al americano frente al exotismo de su territorio, ante una de las cosas que el español de la península no puede disfrutar si no es en una colonia: La inmensidad de todo un continente. Tenemos pues un trasfondo profundo de literaturas que se dedicaron a construir una extensa cartografía del continente americano, al tiempo que enunciaban, no con neutralidad -no con un español ibérico, ni convencional entre los países, sino emulando formas nacionales acaso ajenas incluso al escritor-, sino en la potencia misma del regionalismo. Aqui tenemos el ascenso de una concepción de literatura fuertemente nacional, que finalmente no hace excepción en el concepto de nación que depara el pensamiento del siglo veinte.

La situación español es distinta y compleja, se trata de un sistema donde el español trató de tomar por fuerza a los demás idiomas, y falló. La constitución del estado que conocemos como España no es la historia de una lengua y una cultura, pero allá el idioma se usó como la bandera para crear aquella nación ficticia. Creo que tanto en el idioma como en el carácter español es sencillo encontrar la influencia árabe. El moro era español y también era conquistador del continente americano, la ignorancia de esto solo acompaña a una tendencia que busca borrar la influencia que Africa ha tenido en la historia del occidente desde hace más de 500 años. Esto tampoco es lenguaje, pero como si se tratase de una anatomía, el cuerpo del idioma ha sufrido las transformaciones de estas bases ideológicas, de estas genealogías a veces suprimidas.

Aún hoy, se nos presenta la situación excepcional de un lenguaje verdaderamente internacional, uno de los pocos que han existido en la historia de nuestro planeta. Y sí, por supuesto que el quechua, el inglés y el árabe han compartido estas características con nuestra lengua, mas de algún modo eso no borra el mérito que aquí subyace. Por mucho el español se ha vuelto una lengua vieja pero sin edad, una en la que la tradición literaria y popular se ha desvalijado por el año y los espacios. No tenemos la concepción de la historia que nos permite fanatizarnos por todas las transformaciones del idioma, ni tenemos por qué caer en esos juegor de arcaísmo. Solo hay que considerar que cuando uno escribe en español, cuando uno lee en ese idioma, se establecen por lo menos dos tipos de lectura: La regional (una lectura clásica de principios del siglo pasado) y la universalizante (que pretende un fondo común entre los hispanohablantes, un legado que aún hoy se construye). Tenemos pues un lenguaje al que el tiempo ha dado por virtud un par de inclinaciones, pero si seguimos inclinándonos por la historia, encontraremos que también es un idioma que puede considerarse impuesto, que ha tratado de suprimir a sus competidores por la fuerza. Un lenguaje que hasta cierto punto, fracasó.

La dimensión geográfica de la literatura en español, le permite una abundancia que puede considerarse envidiable, pues modos de vida distintos así como historias contradictorias le permiten extraer conocimiento de diversos fondos, le permiten variedad y cantidad en productores. Casi penoso es decir, que por años también ha sido una comunidad en la cual, el erudito y el iletrado han vivido codo a codo, afectando realmente nuestra capacidad crítica como lectores. La geografía se nos figura también como un defecto, no sabemos ni queremos saber de otros países, no podemos entender esas lecturas regionales, y voluntarios nos disuadimos de olvidarlas.

Entre los idiomas que hoy existen, hay pocos más propicios para el arte que el nuestro. Somos un lenguaje de periferia, situación especial que el inglés, por ejemplo, no puede presumir realmente. Somos también una extensa periferia que se encuentra en muchos sitios y es diversa, creo en la riqueza escondida detrás de este hecho.

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