Estadísticos descubrimientos

25 Abr

El arte no es una competencia, aunque a causa de la legitimidad parezca tal.

Y es que la actitud indiferente de los lectores que se jactan de no leer libros malos, no se inclina al florecer de todo libro que es impreso. Y es que la voluntad creadora de cada autor, no quiere ser regida por los canónes de su tiempo. No obstante, pareciera que al discutir si un autor es “mejor” que otro, cometieramos al mismo tiempo una blasfemia, y un juicio necesario para ver el arte con un dejo de valía.

El mundo de lo estético es un terreno amplio. Creo que la ilusión de que a uno “le queda mucho por leer” no puede ser sino una vanidad creada en parte, por las reglas del canon vigente. En realidad la mayor parte del tiempo nos falta todo por leer. De hecho ya haber leído algo, es victoria suficiente.

Y es que leer, ser espectador, ser receptor, es una actividad artística que requiere criterios estéticos acaso más fundamentales que las del puro creador. La creatividad productora rige mientras la vida del autor continúa, mientras que las lecturas se continuarán, si se es agraciado, mucho tiempo después de este evento. Aunque en realidad, la lectura es un verdadero añadido al mito de una obra, se nos ha vuelto -en el mundo individualista donde las obras compartidas son la excepción y no la regla- la manera fundamental de trabajar junto a un autor.

La legitimidad problematiza la literatura pues arriesga la permanencia de cualquier texto, cualquier poner al alcance un discurso y por limitación implícita, su exposición a nuevas lecturas. Vale romperse la cabeza un poco en estos discursos de legitimidad, una vez más, por internet. Nuestra época es la primera en generar una sobresaturación de información, reduciendo en cierto grado la importancia de la novedad. Y es que hay tanta novedad, que el ser original apenas se vuelve perceptible, pues tiene limitada influencia.

Tal vez nos encontramos frente a un problema que es más bien, espejismo. Pues aunque perdure la sobre saturación de información, nuestro conocimiento y tacto en cierta medida recrea el dilema que existía cuando nuestro problema era la penuría de datos. Para estar al día de las novedades literarias, los sistemas en realidad no han cambiado. La comunicación se magnifica, pero las lecturas se pierden en la masa. Incluso entre los lectores más dedicados, rara vez se efectúan grandes descubrimientos -problemas de legitimidad- y rara vez se tiene a la mano la información de esas obras desconocidas -problema de penuría-. Hemos cambiado nuestra manera de comunicar, aunque en lo que al arte concierne, nuestra capacidad de leer no haya aumentado un décimo.

Pensemos en el periodismo que también se ha desartículado en parte frente a los medios tecnológicos recientes. La mayor parte de las grandes firmas de comunicación, obtienen su conocimiento de las mismas premisas, y a partir de estas hacen algún ajuste en sensibilidad para cierta franja lectora. Mientras tanto, el periodismo de investigación, el clásico, no ha ganado sino algún consuelo en la velocidad de documentación en línea, que no siempre es confiable. El trabajo de buscar la primera información sigue siendo tan penoso como siempre ha sido. Para revolucionar verdaderamente nuestros sistemas de comunicación, culturales, o sociales, o científicos, debe poder existir un mejor fundamento a la base, esto quiere decir, un acceso superior a la información primera desde aquel que trabaja con el objeto “desconocido”. Si uno considera el panorama actúal, la mejora vigente es la tecnología portatil.

¿Qué cambia exactamente con el uso de tweeter o facebook? De entrada, nuestra herramienta de difusión “no depende” de una infraestructura importante, la velocidad de publicación es envidiable y gracias al soporte humano requerido para filtrar la información, la censura resulta más o menos tardía. Claro, Facebook puede censurarte, pero carece de los medios necesarios para efectuar dicha censura instantáneamente. No obstante, al hablar de velocidad, uno encara la realidad que nos imposibilita a digerir la primera información, organizarla, comunicarla efectivamente y ligarla con sus respectivos antecedentes. Hasta cierto grado las computadoras pueden ayudar en este respecto, pero hacen poco al discutir sobre elementos verdaderamente nuevos. Un programa suficientemente inteligente, puede surfear un archivo para publicar noticas recientes sobre Bolaño, no puede hallar nada si hablamos de un perfecto desconocido.

La capacidad material de subir información a internet se ha incrementado drásticamente, en todos los ámbitos, y la cultura se favorece bastante de estos medios. Muchos sitios promueven cantidad de contenido propuesto y capturado por los usuarios, mas persiste el problema de que no se tienen ojos para verificar todos los hallazgos, y que estos ojos a veces buscan tan solo elementos superficiales (cosas censurables, suprimir). Nosotros necesitamos lo contrario, necesitamos una vigilia que promueva la información propuesta por los medios “ilegítimos” y cuya función sea promover, reproducir y valorizar. Es un trabajo que por definición no lo puede hacer uno solo, se necesita un compromiso de una comunidad entera para seguirlo.

No puedo evitar pensar en el sistema de vigilia por internet puesto en funcionamiento en Inglaterra. Ya saben, aquel donde se paga a los ciudadanos por vigilar cierta cámara de video al día para denunciar activamente los crímenes que dichas imágenes captan, incrementando la “seguridad”. Seguimos proponiendo sistemas comunitarios que avalan y multiplican la censura, aunque se escuden en preservar la ley. ¿No deberíamos ya tener comunidades del género que impulsen la libertad?

Presumo que no ganarían tanta plata.

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