No es cierto lo que vale

21 Abr

Raro como puede sonar, uno de los problemas más antiguos de la literatura es la búsqueda de la legitimidad. Ahora que lo pienso, no es un razonamiento tan raro, después de todo erigimos una sociedad utilitaria donde las cosas pretenden poseer una intrínsica función que simplifique la vida, pese a la superficial visión de “necesidad” que hoy día podemos tener. La literatura existe desde hace tiempo, y su cara se ha renovado para resistir a los discursos que habrían podido borrarla.

Recordemos que los antiguos griegos -que por algún motivo suelen suponerse precursores del pensamiento moderno, ¿eurocentrismo tal vez?-, tenían escuelas de retórica en las cuales se les enseñaba a los ciudadanos a emplear correctamente el discurso. Por supuesto, la retórica es bella pues entre sus mañas se buscaba embelesar al oyente, pero ante todo la retórica era útil, el objetivo era convencer y obtener un resultado favorable, independientemente de la veracidad del objeto trazado.

La tradición quiere obligarnos a que el discurso retórico sea un ancestro de la literatura, bien, para este caso nos conviene. El problema de la legitimidad en el arte, consiste en que no nos importa consecuentemente que algo sea cierto para que sea legítimo. Decir la verdad no basta. En la literatura, como en todo arte, se tiene que “sobrepasar” el sentido original del objeto, tiene que extraer su valía de otra fuente que no sea la simple documentación -transformación a papel de cualesquier realidad-. Se dice que la ficción busca revelar la verdad a través de la mentira.

Los detractores de la ficción argumentarán que me equivoco, traerán tal vez a colación la existencia del realismo, del cine documental o de la ciencia -madre e hija de todas las literaturas-. Dirán tal vez que alguna fama le valió a Julio Verne haber discutido sobre viajes espaciales y submarinos antes de su tiempo. Estos estimados argumentos, pueden más o menos diluirse en que la teoría y práctica de los textos esgrimidos, suelen estar bastante aparte. Muchos científicos consideran que la claridad argumental y el órden en un documento fundamenta gran parte de su interés, pues finalmente la ciencia no es solo búsqueda de conocimiento sino también comunicación del mismo. El documental suele ser uno de los géneros que toman más partido al expresar sus ideas, no pocos directores se inclinan por el pathos, por generar y recrear instancias ficticias que ilustren sus puntos principales, para lo cual el documental se vuelve una herramienta para convencer -esto es un error fatal y un cáncer que ataca a este legítimo género-. El realismo por otro lado, en todas sus iteraciones, fue tachado de más artificial que cualquier otro género, tal vez simplemente porque la simple transposición de lo real a tal o cual formato -escrito, pintura, teatro-, no es necesariamente sencillo y requiere algún truco. Sin olvidar mencionar que la lógica realista es una manera de pensar y construir una narración, en el fondo se sabe que las historias realistas solo pueden terminar de un par de formas.

Por supuesto, la veracidad suele añadir algún valor legítimo a los textos que permite su continuidad. Mann, por mencionar a alguien célebre, aborda su tiempo histórico con gran sensibilidad e incluso miedo. Parte de lo que hace legítima a su obra es que no termina por ser tan solo eso. Recuerden que hablamos de literatura, la cual no forma en verdad parte del discurso histórico, pues la historia es bastante excluyente en sus voluntades y prejuicios para representar una tendencia artística marcada. Un elemento que suele añadir a la valía de una obra, es obviamente su estética. Debemos sobre entender que no basta, o tendríamos más libros hermosos de los que conocemos. Nos interrogamos de que es legítimo en la literatura al decirnos que tenemos muchos libros que leer, y que a la vez no leeremos todos los libros que existen. No hay paradoja, en ese simple pragmatismo de lector dominguero se encuentra el núcleo y la esencia de la legitimidad. Hagamos una alusión hipotética.

Supongamos que algún premio literario -digamos el Cervantes, hablamos en español-, ha ganado nuestra confianza y nuestro aprecio al grado de decir que su apoyo, nos inclina a leer la obra de un autor en vez de otra. Entonces a nuestros ojos, un premio constituye la legitimidad. Si nuestro libro es estudiado en las escuelas, entonces también es canónico, y creemos, aunque sea provisionalmente, en su supervivencia. Si usted ha seguido un programa escolar o cualquier premio, sabrá que hallará libros hermosos al exterior de estos, que usted seguramente amará y disfrutará más que los que tienen ese aval. Porque obviamente, si la legitimidad no es verdad ni belleza, tampoco es calidad.

¿Cómo gana una obra el caracter tan accesorio y fundamental de ser releído por fanáticos y premios por igual? No es poco menos que una triste operación política, un discurso en frente del senado griego o la fabricación de un presente común al que llamamos occidente.

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