Alguien te la da, y esa…

20 Abr

Poesía es dejarle una palabra bella a alguien. Sin pensar en lo posible o lo imposible. Hallar que el amor que se busca se encuentra, y el gesto de invitar es una fiesta. Convidar la convicción de la belleza, que no exista, que sea ajena, que se pierda. Revivir, resucitando en laberintos, piezas sueltas y estimadas como nuestras. La poesía se regala aunque te cobren el envío, la carátula y la impresión. Alguien te la da, y esa persona no se está haciendo rico a tus costillas, ni su fama lo inmortalizará. Ya se es poesía cuando se busca hacer reir, con todos los dientes, ruborizado o en medio de la conmoción. Cuando se provoca el miedo, la indignación, ahí tienes mi muestra de respeto y cariño. Este es el don que no pertenece a ningún poeta y pertenece a todos, un perpetuo y vano intento por desencarnarnos en gente mejor, con un poco más de tiempo para la poesía, incapaz de sentir el más mínimo dolor. Poesía para los que sufren, aunque no les importe y la usen de escupidero; para los enamorados que no la necesitan porque el ejercicio del amor les basta; por los artistas que pierden su tiempo buscando la palabra exacta cuando nadie ha de escucharla.

No es futil. Ninguna hazaña poética demuestra debilidad ni tedio, tampoco son fantasías desartículadas de mundos distantes y la esperanza. La esperanza no es, tampoco, una utopía de mil años. El efecto de nuestra fe se siente hoy, y poder vivir hoy, esa es la esperanza. Aunque el mundo no sea bello, la poesía lo hará bello. Aunque la miseria me consuma, no me hará miserable. Aunque mi alma se pierda, la tuve. Que no caiga un latigazo sobre mi espalda sin que rime con el que cae sobre mi hermano, ni se pierdan los pedazos de mi sangre sin mezclarse con la tierra. Si el mundo se repite en el horror, que nos dicte el ritmo para poder embellecerlo. Los poemas no son la guerra si hablan de la guerra, ni son el amor si hablan del amor, ni son, jamás, la muerte. Quiero que los poemas nos acerquen a la muerte, donde nuestra necia identidad se derrite y llegamos a ser verdaderamente nosotros. Si uno es poeta, no ha de tener pena. La pena ya lo hizo poeta, de ahí hay que salir.

El cuerpo desnudo es la imagen sin nuestro adorno y nuestros escudos. Blando, duro, rígido, sucio. Esperando su inevitable fatiga y su respectivo descanso. El cráneo que se deshoja, la garganta que se rasga, los pechos fundidos. De la desnudez nace la poesía, del encuentro entre lo genuino y lo ajeno. Quisiera no tener este cuerpo para dedicarle bellas palabras, que como un poema, me lo encontrara entre lengua y paladar, salpicando alegres consonantes y asonantes, parpadeando en mis páginas bronceadas. Tantos cuerpos humanos como poemas. Caras ganchudas, barbillas amplias, hombros derechos o dislocados, pechos picudos, nalgas gachas, nudillos gastados, callos de pala, ojeras de ordenador, genitales adolescentes, piernas leprosas, celulitis, estómagos vacíos, dolores de cabeza, piecesitos de infante, cordónes umbilicales. Y que a los animales se le presten versos para sus trompas, sus aletas, sus lagañas. Quiero darles mi cuerpo (de poemas) a todos los presentes. Meterles entre las sonrisas, mi humanidad. Las rimas que, como mi caspa, no salen de ninguna parte. Porque los quiero, les doy lo más sucio que tengo, lo único que tengo. Mi corpórea perfección.

Celebramos con orgías le día que la poesía se volvió escrita. Ganamos un pedazo del espacio, un cuadrito de tierra o de piel, y luego de papel. Como el telescopio es extensión del ojo, el poema escrito, es extensión del cuerpo. Me meto en todas partes, esperando que me roben y me ultrajen, robando la posesión de mi esqueleto, de mi rugosa piel de árbol. Quiero que me lleven como a las llaves del coche. Pasear en las axilas de niños y señoras. Arrastrado por el aire como un chiste, en la confidencia de los novios y los viejos distraídos. Mi cuerpo no soy yo. Mi poesía, no soy yo. Se parecen tanto, a usted como a mí, vaya coincidencia y contradicción. Tanto ingrato trabajo para entregarle hasta sus manos, un objeto que usted ya tenía. Una invitación aceptada de antemano, quizás sobre entendida, un favorcito social. Voy a meter poemas en el baño, porque usted no entra cuando yo estoy. Así, en la intimidad, le dará pena rechazarme. Acepte mi rosa, mi bella e hinchada barriga, mi usted. Se lo dejo baratito, es regalo, si paga usted algo seré un tipo curioso de prostituto pero igual será satisfacción. Invadiré los postes de las calles con poemas, porque usted y yo, deberíamos estar en todo sitio, amando y prestando belleza a los otros, que acaso no recibirán y que ya tienen.

Nunca le pediré que escriba o lea un poema por mí. Nuestras sonrisas amenas, pueden adivinar que ya lo habrá hecho usted, de algún intrínsico modo al que no puedo acceder sin entender algo. Algo del cuerpo.

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