El amor en la pradera

19 Abr

No suscribo particularmente a la idea de una literatura utilitaria, aunque no deberiamos llevarlo al grado de que mi blog no sirva absolutamente para nada.

Eso terminaría, creo, por volverse cansado.

En fin, un asunto que nos interesa en esta ocasión, al hablar de lo utilitario es precisamente con los géneros populares: tan solo podemos obtener algunas confirmaciones evidentes de ellos por medio del análisis, entre las cuales hallaremos frecuentemente generalidades. Las generalidades son generadoras y por fuerza genéricas, ningún producto más obvio por parte del arte popular que se apega fielmente a los moldes que enuncia su sociedad determinada. Ya tenemos todo tipo de razones para descreer de las generalidades, suelen para empezar ser falsas, y luego no lo suficientemente específicas para que podamos nutrir nuestra sensibilidad de sus mentiras. Paradójicamente, uno trata de entrar a las generalidades por una razón pragmática: el ahorro de energía. Ver arte popular es ahorrar energía en reenunciar los códigos genéricos, es tanto comodidad como generalidad.

Y de vez en cuando, por motivos en los que no voy a ahondar porque no le incumbe, el entretenimiento popular me presta algún material de comentario en este blog. Trataré de mantenerlo pragmático, sin dejar de poner en evidencia lo consistente y extraño que es ver este mensaje dentro de un género tan popular. En este caso trataré la telerealidad.

¿Qué debe saber uno de la telerealidad antes de analizarla de un modo más o menos crítico? Dos cosas principalmente: está montada para hacer dinero y roba sus moldes de otras telerealidades que, por lo general, han sido exitosas en el extranjero. El problema de la traducción entonces se presenta muy temprano, no en el sentido estricto del cambio de lenguaje sino en la adaptación generalizada de maneras y espectativas dentro de una sociedad y otra. Básicamente el mismo concepto de emisión es completamente distinto de una versión a otra de la misma telerealidad. Entramos a un espacio que hoy está especialmente habitado por el marketing.

Breve paréntesis: a un escritor se le pide hacer marketing, una asquerosa propuesta editorial. No entremos en detalles, justificar una obra como un plan de mercado es exactamente a donde vamos, un tipo de crítica que se me figura atróz en la literatura pero que solo tiene sentido en el arte popular. Nada más utilitario.

Decía pues, que la cuestión del marketing de una telerealidad va acompañada de cierta lucidez en adaptar un concepto de un lugar a otro, no solo en la ejecución de la tradición del país y su cultura, sino además en la óptica que desempeña. Veo, por ejemplo, esta emisión que hace de celestina para gente que vive en el campo. El mensaje de “arreglar” parejas está muy lejos de la sociedad dicha occidental, pero los servicios de arregla-citas se vuelven cada día más comunes -y los clientes de estos, aparentemente más ineptos-. El elemento del amor es un edulcorante que en todo momento se inclina a mostrar sus fracturas, la telerealidad busca simplemente implantar la situación “plausible” de un “gran amor”, y el menor escépticismo del espectador va contra el juego. Aquí todo normal, no mucho más que reportar. Creo que la cuestión interesante va del lado de la relación campo-ciudad, de llevarle a un individuo con una explotación en el campo una persona, casi siempre citadina, con quien compartir su tiempo.

El contexto sociocultural resulta evidente: una persona en el campo, que se ha ido vaciando casi en todo el mundo, reitera la soledad que sufrirían los explotadores de la tierra, y se les llevaría pues, lo que sobra en las ciudades: gente sola. Este esqueleto es lo que se busca adaptar, pero después de estas evidencias llegamos a una conjugación que se transforma un poco en la adaptación. Me imagino una versión gringa de esta telerealidad en donde se magnifique lo grotesco: ver personas de ciudad ante la labor rural en la que son totalmente incapaces, hacerlos pasar el ridículo por divertir, aunque se admita que el espectador él mismo desconozca el campo. Muchas emisiones de telerealidad buscan esta distancia entre el que es visto y el espectador, donde el puesto en escena se ridiculiza o se expone a una circunstancia en donde no tiene control, y que rápidamente todos se figuran su destino excepto él. Una pieza de teatro clásica, patética.

Se me figura también la versión francesa en donde se juega otro elemento: el deseo de ir al campo, abandonar la vida citadina simplemente para hallarse en otro sitio. Los franceses tienen este espíritu un poco decadente en su sociedad, al grado en que desean abandonarla, y las ideas anacrónicas como un campo magnífico les suenan atractivas. Además la voluntad sincera de la sociedad -un poco a cuesta de sus individuos-, insiste en que el campo francés debe sobrevivir. Es una ruralidad vigente que forma parte del imaginario inmediato de los espectadores. Esto los seduce de antemano a favor de la emisión.

La relación campo y ciudad pareciera también adolecer de la mismo dualidad algo falsa de lo pragmático y lo que no. En realidad es mucho menos ficticio/real, de lo que se enuncia. De no ser el caso nuestro mejor punto de comparación no sería la ficción abierta.

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