El alma en Buenos Aires

15 Abr

Juguete Rabioso es el libro canónico de Roberto Arlt, quien no siempre ha sido visto como un escritor canónico. Escucho de vez en cuando comentarios que señalan cómo los críticos han explotado y magnificado los menoscabos de la escritura del argentino. Todo escritor es sus defectos, y lo que logra por medio de estos.

Leí esta obra de Arlt con mirada distraída. A veces mis lecturas van viciadas de un serio desinterés por lo que el libro dice. Si digo que mi desinterés es serio es que lo interrogo. ¿Puedo achacar a Arlt las escépticas páginas que aparto en cada movimiento? Esta es mi primera interrogante. No me aburro en a lectura, encuentro a cada rato señales genuinas de la felicidad que el texto da. Mas bien se me figura un ser extraño, algo que espero comprender tal vez cuando algo explote y el texto se me revele. Esto no me sucedió con Juguete Rabioso, abarqué el texto con mi decrepitud impotente de lector dubitativo, no sin montones de inquietud.

Para ser franco, este es el tipo de libro del que preferiría no leer los análisis críticos. Ya se habrán dado cuenta por mi práctica y formulación, que las críticas se me figuran valiosas gemas. Pensar la literatura es mostrar interés genuino aunque la idea misma que nos hacemos sea redundante. Eso es lo que pienso al leer sobre Cien Años de Soledad, que el comentario es redundante, que se ha dicho hasta el cansancio lo que el libro nos puede dar. Y sin embargo Arlt no es un escritor agotado.

Mi estancia en Buenos Aires fue también la cercanía con las instituciones del país, pero más importante: Su literatura. La tradición literaria se expresa difusamente como una geografía, y en latinoamérica a Argentina se le presta alguna validez. Allí me acerqué a diferentes autores, y ninguno me marcó como Roberto Arlt -a quien entonces no leí-.

Me compré un Juguete Rabioso de ocasión, rompiendo la costumbre que me vuelve mas lector de bibliotecas. El día que me interroguen sobre si compro muchos libros, diré que siempre quise hacerlo y nunca lo hice. No tendré moral para criticar cualquier baja en una venta editorial, soy más de prestamo que de consumo. Creo que Arlt también era así. Me lo imagino como un hombre incomprendido, con un humor seco pero insistente, al cual algún prodigioso dios le entregó la literatura para que la usara como supiera. Seguirá siendo para la crítica, un hombre incomprendido.

El texto, al terminarlo, se me revela. Es una historia de hijo pródigo, del desencuentro en sí mismo, de la fracción. Me irrita el juicio superficial que hace del texto una historia de la identidad. Yo he hablado de identidades, como forma, y entiendo a dónde no va tal reducción. No tan solo la intención de Arlt, sino el texto, se me figuran destacando este fracaso de la identidad para volverse un alma. Darle identidad al alma y fracasar, no es tratar la identidad sino ese espíritu y ese fracaso. Arlt no juega a la metafísica, prosaicamente ha creado un zurco para bañar en él la inquietud material, como un proceso que atraviesa más que al cuerpo.

Me identifico mucho por Arlt, no solo por la A y por la T, no solo por Buenos Aires, o los gustos genéricos, o la prosa. Me gusta tanto su prosa, que dudo en recomendarla pues al verla muchos no verán la misma prosa (la propia). No encuentro ni tengo palabras con las que pedir misericordia. Baldía y fea como una rodilla desnuda es mi alma. Es la primera ocasión que una prosa me hace detenerme y embozar una sonrisa, así, de la nada (interrumpiendo mi lectura tan aparentemente distraída, tan pensando en otra cosa). Nunca hallé a un autor que siguiera la misma lengua que yo, lo achaco tal vez al siglo XIX y mi necia fe en la prosa poética. No menos lo achaco al genio de Arlt.

No quise abordar esta novela pensando en cosa alguna, porque algún profesor me dijo que Arlt es como el otro Borges, como una literatura argentina que ha pasado subterránea el siglo veinte, con incomprensiones y vacíos. Me dijeron que era muy bueno, y ese tipo de espectativas, puede causar decepciones. Lo hago igual seguido, abordar lecturas como si nada, sin respecto ni rito -asi pienso que espera cualquier escritor-. Como si el autor fuera mi amigo. La sensibilidad y el desgarro me los guardo a la relectura, donde se construyen las bellas ciudades. Me parece que hice bien, porque la fama de Arlt tiene mérito y se sostiene. Las características del erudismo de Arlt, o la crítica que presigue una tradición -como si la literatura fuera una genética y pudiera descubrirse que una adaptación tiene éxito por sus seguidores, lo que mataría a Chagall-, no son para llorarse ni hacer festejo. El autor es original y válido. Tanto dice el texto, el Juguete Rabioso.

Que se oiga más de Roberto en la escena latinoaméricana, que no es para menos su texto.

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