Si escriben otramente

14 Abr

Cada día me levanto preguntándome: ¿cuántos libros suecos voy a leer hoy? A decir verdad la pregunta varía un poco, pienso en letras somalís, vietnamitas o costarricences; pienso en toda evidencia que no leeré todas las literaturas, mas por suerte nadie exige tal hazaña. No puedo negar ser de los que siente que se le exige a los escritores, ser buenos lectores. Por lo menos debo interrogarme por las letras suecas.

El tiempo, el espacio y los idiomas, son barreras que vuelven efectivamente imposible la lectura de cada cosa. Me parecería absurdo -y aliterario-, tratar de leer cada libro que se publica hoy día, aunque fuese plantado en una sola biblioteca en el mundo, enfrente de mi casa. El drama no es pues, la ausencia de cada obra, sino la de todas las obras.

Hemos tratado esta semana varios “problemas” que nos propone el idioma, quiero dar una proporción correcta a esta dimensión de distancia que la palabra misma avanza. Si fuera sueco, los países vecinos hablarían finlandés y noruego, la tradición literaria local remitiría a espacios delimitados por cierta visión nacional, y sus imágenes no me harían pensar la misma universalidad. De cierta manera, exponerme a visinos ajenas que no validan mis conocimientos locales engendraría miradas contradictorias. Fui un hombre incomodado por el exceso de regionalismo y el culto a cierta forma nacional, también fui alguien que creció con un idioma extendido en varios países, siempre tuve un extranjero en quién apoyarme. Perdí acaso, en este intercambio, la consiencia de que cada cultura es una particularidad, y que la similitud de idiomas solo oculta diferencias mucho más fundamentales. Si bien me acerqué de alguna forma a un mundo exterior, la imagen de un arte universal seguía siendo descompuesta. Al aprender el inglés la imagen no se arregló.

Si creemos en la genealogía literaria -hay válidas razones que inclinan a ignorarla-, es importante que un americano interrogue su tradición. Escuché maravillas del Quijote al educarme, como hubiera oído también de Shakespeare de ser gringo, aunque estos dos personajes se extiendan en fama y dimensión en los continentes, no haría sino identificarme con su reconocimiento. Nadie me interrogó artísticamente sobre leyendas incas, o escultura azteca, textos mayas o de los pueblos nómadas, porque entre tiempo e idioma -pasando por culturales prejuicios-, esas ensoñaciones se me han vuelto distantes y inasibles. ¿Cómo se sentirán pues las colonias francesas?

¿Cómo se sentiría un literato congolés al remitir a la historia antigua del territorio donde a crecido? Conciliará tal vez su pertenencia a ese pasado y la exigencia de una “tradición” literaria, incluso podrá ponerlos a luchar. Los países del cáucaso en la periferia del arte, con letras e historias que me son ajenas, a más distancia acaso que yo mismo pues no tienen a Darío, a Bolaño o a Unamuno para prestarles cachitos de mundo. Esto es fundador y predispone, el universo como un mundo abierto, hostil o devorador.

También interesarse en esto es literatura. La primacía gringa, la colonización europea, la hermandad americana, la historia oriental, la gran alma rusa, el regionalismo español, la invasión soviética, el futuro japonés. Son tanto historias como maneras de pensar, son identidades que alteran nuestras acciones, incluso la acción de escribir. Observar desde dentro o de la periferia genera distintos escritos, pensar el español como un objeto marginado o universal, por sí mismo cambiaría nuestra manera de vernos.

Soy un extranjero y añoro la facilidad de mostrar mis poemas y textos, la condescendencia entre hispano hablantes, esa rara interacción al viajar en américa sin perder la lengua y seguir siendo extranjero. Un italiano está separado de todas partes, un sueco escribe por fuerza con menos cómplices del arte. Puedo dar cuenta de las lecturas que he hecho aunque sean francesas o inglesas, pero en los raros días que compro libros, me pregunto a quién podré prestarlos y cómo compartirlos. Es feliz compartir objetos del arte, mas el idioma hace que no correspondan a toda nuestra familia, o nuestro mundo. Amo el español y no lo comparto. Ya de por sí me siento bobo al no leer libros traducidos, por poder leer en lengua original. No por el texto del que me privo, porque a diario me primo de sinúmero de libros, no es por cada uno de esos libros, sino por todos.

Los libros suecos los leeré acaso siempre traducidos, y con ellos vendrá una irreflexión feliz al tomarlos de cualquier estante. ¿Por qué no los encuentro en esos estantes? ¿por qué ignoro a los autores o las obras importantes de esta literatura? Veo libros ingléses, franceses e incluso españoles, algún buen italiano y luego… Caigo de nuevo en la escacez que siempre pienso al preguntarme si leeré algún libro sueco hoy.

La literatura, pese a sus reimpresiones y volúmenes de ventas, no es una competencia. No quiero que los libros polacos nos dominen, ni canonizar la tradición de Zambia. Creo firmemente que leer curioso, es síntoma de desear la mejor lectura, creer escéptico que uno no escribe otramente si lee como todo el mundo. Lo importante es recorrer la distancia, aceptando con ánimo parejo la derrota o las palmas.

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