El ojo de babel

12 Abr

Evoqué antes la elección que representa escribir en tal o cual idioma en lo que respecta a la literatura. Lo caractericé voluntarioso de decisión, de opción e incluso -por ánimo implícito- de recomendación. Hice algo muy propio de la literatura de principios de siglo pasado, pensar bastante en la producción, en el autor que a pulso se gana la fama. En lo que vagamente algunos sueñan como la inmortalidad.

Quiero decir, la más reluciente razón para adoptar una lengua -opuesta a la propia, opuesta al riguroso azar de la cultura y a la confluyente historia-, es ganarse cierta audiencia o servirse de tal o cual idioma. Más inmediata podríamos pensar, la cualidad efectiva de acercarse a textos en su forma original de producción, y presentir en esta originalidad cierto valor anhelado por una estética. Y luego tenemos la traducción.

Porque si hablamos de la lectura en varios idiomas, forzosamente nos inclinamos por aceptar la traducción como un hecho, incluso al discutir sobre la geopolítica de la literatura presuponemos la acción de los piadosos intérpretes que nos comunicarán cada texto. La fama se mide en lecturas devotas, y la lectura que busca reproducir el texto -aún si se trata de transformarlo por completo en otro-, es la más respetuosa y digna de amor. Ahora sí me han de creer los desertores de la lectura, que una sensibilidad excepcional debe hallarse en el traductor. Entrados en gastos, la traducción y la escritura suelen ser primos cercanos, a pesar de la consideración social que ambas acarrean.

Vuelvo a jugar la carta del rol social de los escritos y la lectura, para asegurarle, que sin lectores críticos la perpetuidad literaria es una farsa. Tome el rol del traductor y notará como esta atención cariñosa legitimiza el valor del libro como arte. Es un espacio paradoxal pues se exige que sea un tipo de literatura -la crítica, la traducción, el resumen-, lo que extienda la geografía de lectores que podrán aproximarse al texto original. Otros tipos de arte no tienen esta fatal inclinación autoreferencial, aunque no por eso dudan en replicarla (pienso en el cine para cinéfilos y las referencias constantes a clásicos de dicho arte). Es un fenómeno semiótico expuesto de manera radicalmente diferente, por los símbolos y topos que se le presta a la imagen. Entonces nos hallamos frente al lector como motor fundamental del arte, como punto inicial de la exigencia sobre la lectura, incluyendo en lo que respecta al multilingüismo. Se le recomienda a un escritor ser capaz en varias lenguas, sobre todo para mejorar su capacidad lectora. (O solo para eso, se resiente excepcional la práctica de producir literatura en varios idiomas pues de partida es más exigente)

Entender idiomas, e incluso variaciones del propio idioma, es parte de un juego literario que acompaña al lector. James Joyce propone una lengua en constante movimiento, Clockwork Orange trabaja en un inglés inexistente. La poesía modernista de la tradición de Darío, va a adoptar formas y vocablos franceses constantemente. Un lector dedicado -como uno trata de suponerse y formarse-, debe disponerse a confrontar estos efectos al grado de hacerlos un goce. Porque la capacidad de leer en francés o japones, no sirve de nada si no vuelve a la lectura alegre, por este mismo encuentro con un idioma. Con escépticismo y sorpresa, admiro a los autodenominados otaku que adoran casi accidentalmente el hablar nipón. No se equivocan al inclinarse por un idioma casi irreflexivamente, por el gusto del sonido y sus variantes. Para un grupo denominado -pobremente- como subcultura, sus prejuicios de lectores pueden aleccionar a más de un crítico profesional.

Y es que hay algo de literario en el amor sincero por una lengua. El español por ejemplo, me gusta mucho. No caigo en las falacias de los “hombres de cultura” que Pío Baroja ataca en El árbol de la Ciencia de la idea de una nación como creadora de su propia autónoma civilización, su propia grandeza. Si me divide entre dos aprecios bastante desproporcionados: Mi gusto por el idioma que me inclina a leer más en esta lengua que en otras y mi gusto por leer en idioma original, dos cosas muy arraígadas en mí. También son elecciones arbitrarias, pues no deploro la traducción por un concepto abstracto de fidelidad a un original -ya en su momento me embarcaré en la mecánica de la traducción “literal” de la cual soy perpetuo escéptico-, ni creo que la literatura en español sea particularmente buena. El gusto no pretende calificar la literatura, es simplemente un goce arbitrario y personal. En efecto, mi devoción por la lectura en lengua original  está ligado al gusto por la lengua de un lado estético, y aunque por medios enteramente diferente, las obras en francés e inglés me dan esa sensación de logro.

No me satisface “entender” en otro idioma, en mi opinión la exigencia que uno debe alzar es la de “sentir” en otra lengua. Los traductores, seguro concordarán con este juicio.

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