Rimas humanas y divinas

10 Abr

Una parte fundamental de cualquier arte es la capacidad de mirar los objetos de un punto de vista improbable. Esa anormalidad, ese escépticismo, es lo que alimenta desde siempre las corrientes literarias de avanzada y a su vez legitimiza a los artistas clásicos. Doble vertiente: La excepción y la regla, ambas son necesarias para desarrollar la mirada crítica que sobrepasa la sensibilidad.

Todo artista es un ser sensible. Se puede llegar hasta los estratos más altos de la estética con un talento y una sensibilidad de primera categoría, el intelectualismo sale sobrando. La razón es sencilla: Un hombre que resiente su vida no dejará de bañarse en aguas contradictorias y peligrosas, nunca se asentará en la comodidad de una idea ni una ideología, la corriente vertiginosa de la vida lo hará cambiar hasta la divinidad… O el suicidio. Por suerte, no todos los artistas salimos de ese mismo molde y obligados a inclinarnos por recursos “artificiales”, encontramos en el universo más cosas que lo evidente. Esta parte intelectual puede adjudicarse a la función crítica.

Ahora… Cuando hablo de lo evidente no quiero que piensen que trato un tema sencillo y me burlo de los artistas de la sensación. Mi juicio no podría estar más lejos de ello. Hablo de una evidencia que por fuerza de ser visible y abundante, se nos confunde con lo inefable, hablo de que lo evidente no necesita decirse porque ya está allí, en lo inmediato. La palabra sobra. Y para redescubrir esto que en realidad yace frente a nuestras narices se requiere una capacidad genuina para conmoverse por el universo, para ver más allá de lo convencional de la superficie. Las sensaciones destruyen y malbaratan los códigos que el lenguaje y la razón implantan para tratar con nuestro universo. Ya hablé de las divisiones innecesarias, que se prestan a la discusión filosófica pero que enuncian cosas inconsecuentes para encarar la realidad. La mirada sensible rebasa esas divisiones, percibe los valores totales de abundancia que existen en el universo. Ver al universo de un golpe, todo a la vez. La tarea se percibe ardua si no imposible, y sin embargo es tratar la categoría más evidente de la existencia que se puede estipular, que no estamos en un mundo dividido por el orden sino fulgurante en el aparente caos, pertenecemos a la mezcla y no al aparato. Somos la masa.

El mundo ya se presta a esta tarea en su abundancia y desarraigo post-ideal, su funcionamiento se nos figura armónico pues finalmente la evidencia nos presenta con algo así como un orden; y no se necesita ser particularmente sensible para sospechar que el universo puede desentarñarse -el objeto opuesto, lo inefable, es acaso más difícil de resentir-. Para mí en este sitio rondamos los valores primarios de la poesía, la capacidad de sentir y transformar en palabras aquello que es arduo. La poesía desenfrenada ordena el desorden sin quitarle su caótico revuelo. Es complejo y rico, como el amor. Ya verán entonces, con toda mi insistencia y poesía, que lo evidente trata un tema rico que no puede derrocharse ni verse con condescendencia, le pese al intelectual que le pese.

Lo que no quiere decir que no adscribo a algún pensamiento, a un yo razonador, a un escritor confuso.

Tenemos el otro lado de la moneda: El poeta humano, el que no tiene una comunicación privilegiada con el universo que le preste licencia para lo evidente. No podría ser más miserable su intento de reconstruir el mundo. Pero entonces el hombre encuentra alguna hermenéutica (manera de pensar), que por necedades o arbitrarios le muestra al mundo no como es, sino de otra manera. Ya no hablamos exactamente de lo evidente, hablamos de un contracorriente difuso que se logra, como en la magia, usando reflejos y velocidades vertiginosas, hasta confundir un objeto con otro. Y en esa mezcla de velocidad algo de la masa que somos, puede hallarse.

Es sin duda un calvario para el simple mortal, rechazar sin duda su propia manera de pensar, incapaz acaso de conocer el sentir del mundo, guiado por una lámpara ciega que es su obra, a soñar cosas que acaso no quieren decir nada como la mala filosofía y las confusiones. Sí, a mi parecer estos hombres son también heroicos, y encuentran por medio de sacrificios y esfuerzos una genuina seriedad escrita. Una razón de ser, porque al no poder ver lo evidente, su intrincada mirada los obliga a leer. Multiplicar lecturas aunque sea forzadas, atacar otros puntos de vista, incluso los suyos. A veces la buena literatura traiciona la ideología de un gran autor y lo vuelve universal. No se lo explica ese hombre. Pero el propósito literario se vuelve su mediador, se vuelve su método y todos los métodos literarios son el mismo método literario, si al final cambian la lectura.

Que nunca nos falten genios ni miserables.

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