La tarde

9 Abr

En los objetos del mundo reconocemos frecuentemente rastros de sentir humano. Cual si contagiáramos nuestros alrededores con preocupaciones e inquietud, el planeta se presenta inverosímil al quererse familiar. Esos sentires que escapan de la mirada y se pegan al objeto visto.

Por eso no es arduo ver que la tarde es una forma inquieta. Los colores que dudan, entre rojos, naranjas, amarillos o azules; el círculo perfecto que se desbarata entre el vapor, o de donde sea que vienen los espejismos visuales que se trepan a las montañas para rasguñar el astro sol. Se nos llena la cabeza de vacío, para tener esa contemplación, esa necedad de sentir empatía contra la estrella que a algún momento nos recuerda. Ese mismo atardecer, se repite perpetuamente en otra parte del mundo y yo solo soy uno de sus espectadores. Es por fuerza cierto, que alguno de los otros pensará como yo.

Si nos apasiona la vida, es por fuerza de observarla lentamente. Un libro es a veces como volver a un pasado que no vivimos, pero que dejó de ser, un hecho cumplido una obra terminada. Trataré de recordar a mis amigos Andrei y Piotr, el campo ruso que jamás he visto, la efigie petrificada de Napoléon. Ordenaré como un juego de cartas trucho, las ideas que no he tenido. Como el sol, se parecerán en un momento a mí, y a todos los hombres de los cuales al menos alguno, seguro lee al tiempo que yo, con la misma diligencia de un hombre que se toma su tiempo para parar el tiempo. Tuvimos pasado, ganamos la guerra.

Si usted escribe, entenderá la sólida desconfianza que suele tener el propio texto. Turbio como un pantano, se figura un espacio lleno de trampas, de desidias y encubrimientos. O tal vez es usted más irreflexible y menos azaroso, creerá que las palabras no terminan por azar entre las otras y que se ha determinado una obra tan definida como la trayectoria del sol. No hay solo una manera de escribir, ni dos atardeceres iguales aunque pasen todo el tiempo y sean el mismo.

Cuando fracasamos, cuando el texto fracasa, y debemos volver a revisarlo, a preguntarnos como la madre violada si nuestro niño va a nacer, o si es nuestro, si acaso no pertenece a la violencia que efectuaron en nosotros, como el sol rasguñado o Andrei en la batalla. En esos momentos a veces parece evidente que nos hemos rendido, una derrota a la que duele regresar. Siempre en la duda, pues inevitablemente el texto se hizo de algo nuestro, y matarlo ahí sería…

Mi lo figuro un poco como un tabú. Rodear al mismo texto, cada vez más tiempo, eligiendo su primacía ante nosotros y nuestros demás textos, reescribiendo incomprensibles amenazas, que probablemente no podrán transformar tanto su esencia ¿o sí?

Bulgakov me mira como si pensara llevármelo conmigo, su mirada perdida oyendo los movimientos fuera de su cuarto, y su chimenea fatigada enmedio del frío ruso. Sabe tan bien como yo, que inevitablemente lanzará su manuscrito al fuego y aquel instante se incribirá entre las cenizas como parte del relato, entre suicidio y terror.

De veras, que si al menos destruyera el texto por completo, lo volvería a contemplar y cotejar hasta transformarlo en otra cosa. Sin embargo, sigue siendo el mismo texto que cambiamos, combinamos y saboteamos; sigue compartiendo aquella historia con su primer cuerpo, como nosotros compartimos la de Andrei y Bulgakov, como damos parte a todos de la puesta del sol. En algún lugar del mundo, la corrección contiene al original intacto, sus defectos como el esqueleto de un dinosaurio que algún día lo sostuvo aunque en lo concreto sea un pálido reflejo sin vida.

La imperfección nos atormenta. Por eso se nos parece a la persecución, cuando Kafka pidió que destruyeran sus textos, mas no los deshizo él mismo -tantas veces habrá querido deshacerlos y falló-. El regreso a nuestros temores, al error inexplicable que cometimos como un pecado original, sin explicarnos como llegó a nosotros, nos arroja a la pena. Aunque me parece, sinceramente que regresar a reeditar no es sino una irreflexiva técnica del lenguaje, como hablar varios idiomas, o escribir acrósticos o sugerir secuelas.

Puede que no entendamos el motivo de esos regresos. Cuando el autor, sin destruir y sin temor, regresa sobre un texto publicado para reeditar, añadir y reconstruir cosas. Volver a un texto que hemos hecho, otro texto. Vislumbro en este gesto, no un arrojo suicida ni abortivo, sino otra forma de amor. La realidad física de que el texto se publica porque nosotros somos escritores, y hay editoriales y maneras de publicar, porque no siempre se puede presumir que lo esencial es lo impreso, y por lo tanto está terminado. O por poner en duda ese mismo mecanismo, por sugerir simplemente, que por más veces que salga el sol, siempre puede suceder que el atardecer sea otro, que lo dicho puede ser recordado de otra manera y puede repetirse.

Aunque pareciese que no pueda desdecirse. Tal vez en esta evidencia, se funde el principio de la inquietud.

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2 comentarios to “La tarde”

  1. Melba 10 abril, 2011 a 21:23 #


    Hace unos días encontré este sitio, desde entonces leo sus interesantes artículos. No dejo comentarios pero seguiré leyendo sus escritos.

    Saludos desde Nicaragua

    • arrowni 10 abril, 2011 a 21:42 #

      ¡Gracias por comentar! Ni que decir del gusto que me da saber la llegada de este humilde blog a Nicaragua. Le ruego, no dude en comentar nuevamente cuando le parezca.

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