El horror y otros humores

8 Abr

Somos una masa de contradicciones multiforme y movediza. Si nuestro cuerpo es hermoso por fuera, su interior nos resulta grotesco. Una persona puede parecernos mórbidamente obesa y que su espíritu no nos produzca ninguna congoja moral. Queremos lograr algo y hacemos lo contrario. Entendemos sin querer entender, elegimos el mal sabiendo el bien. La mente humana percibe el horror de su propia deformidad con una volición que supera al de su correspondiente cuerpo. Pese a la vejez o la fatiga, los cuerpos humanos como los sólidos, guardan su forma y permanecen. La mente es un pulpo geométrico de vaga definición, su velocidad de cambio, su fastidio, se nos figura instantáneo. Esto lo aclaro para hablar del sentimiento.

Las emociones humanas dan cuenta de sí mismas, mi descripción no haría sino falsear sus esencias. Si la ira es ceguedad, la melancolía insomnio y la risa un despertar, ¿en qué cambian sus razones? Las palabras no son correctas mensajeras de su mensaje pero nos remiten a nuestra experiencia, sentido justo. A veces sentimos en nosotros las consecuencias de una batalla mental que estas experiencias instalan en nosotros, y no sabemos que nos sucede.

Como algún vago indicio de sentimiento queda en los libros, creo que son una herramienta válida para mirar nuestra emoción. No puedo tratar el detalle de lo sentido -tampoco el lenguaje-, mas no se me escapan algunas nociones brutas y deformes. Algunas habré mencionado brevemente, como que el dolor causa placer.

La historia de la tragedia es un documento importante para describir la historia del masoquismo. Se trata de un caso extremo: En la tragedia se juega lo innevitable de una manera agobiante y terrible -acaso su único perdón es que los personajes no la sobreviven-. Hay masoquismos menores, como el desamor, descritos más fielmente por la canción popular. Recordemos un elemento de la ficción ya bien definido por los audaces magos de la palabra: La identificación con el protagonista de un relato. Las narraciones que logran una inmersión del lector en sus respectivos universos, hacen a sus héroes el blanco de una instintiva simpatía por parte del receptor. Estamos en el nivel de la manipulación, los lectores quieren a sus personajes sin darse cuenta -si el escrito es realmente malo, puede no funcionar-. Esto ilustra un poco la dimensión masoquista de la tragedia: El lector se pone en el sitio de un personaje cuyo destino está fijo y cuyo desenlace será terrible y doloroso. Pero el espectador no sufre riesgo alguno, la situación planteada busca una catarsis.

Hay en la tragedia una dimensión moral que por lo menos sugiere un grado de socialidad. El héroe trágico transgrede algún código moral, por eso sufre. Mas esa transgresión es también parte de su gozo y de su hazaña, hay una verdadera voluntad, en la duda frente al destino, de que el “mal” tenga éxito. Las historias de drama siguen dominando el teatro, la literatura y el cine, la seriedad y el sufrimiento seducen.

Como el placer se inscribe al dolor, la literatura también relaciona el humor con el horror. Una explicación de esta relación misteriosa es natural: La risa como una manera de advertir que no hay peligro, dar seguridad a los demás hombres de nuestra tribu. Otra se inscribe en el terreno de la ironía: para hablar de algo inhumanamente terrible, lo expresamos por la risa. Nuestras bromas ya toman este tipo de formas y convencionalmente se quieren “de mal gusto”. El humor tiene algo de sorpresivo e incomprensible como también el horror. Es frecuente que comprendamos un signo por su estricto opuesto, esta oposición funciona con las sensaciones. (Puede también recordar al sadismo)

La noción de remplazar metódicamente lo terrible por algo humorístico es una práctica de nuestros tiempos que ha llegado a fatigarme. Me gusta pensar que las bromas tienen un lugar en nuestra mejor literatura sin volverse siempre símbolo de lo peor en nosotros. Es natural encontrar en la felicidad formas menos agraciadas, porque la ironía contiene el mayor porcentaje de significados posibles para cualquier registro. Siempre seremos irónicos, mas uno sueña por fuerza en excepciones.

Ahora, si uno desea creer que se puede definir alguna cosa de la vida por la literatura (propósito inexplicable), entonces la noción acompañaría algunos principios sicológicos (habrá deducido que hablo del eros y el thanatos). La muerte experimentada a través de la pérdida del yo, al entregarse en el amor. Mas el amor no es de veras muerte. Entramos entonces en un encantador juego de ficción y realidad,  que usaremos como vana excusa para decir que el ejemplo literario se sostiene. El amor es la catarsis de la muerte, como la tragedia del dolor y de la culpa, como el humor también del resultado horrible.

El hombre, animal hecho de dialecto, decortica símbolos y los incorpora a sus sensaciones primarias. Digerimos ideas, volviéndolas sentimientos y con la comodidad de las contradicciones irracionales. La duda que me viene es si hay verdaderos sentimientos, o todos son ficticios.

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