Literaturas que dudan

6 Abr

Las discusiones fatigadas son topos de toda aclaración literaria, y al mismo tiempo, la mejor prueba de sus límites. Es normal que todo joven tenga la curiosidad de aproximarlos alguna vez, y por supuesto no he sido la excepción.

A veces me pregunto la validez que nos intriga detrás de estos argumentos redundantes. No creo que nadie sospeche que se tratan de razones prácticas. Saber un tema agotado acaso solo atrae a nuestro ego que sueña con ser el hombre que finalmente lo solucione, por inútil y redundante que este pensamiento haya sido en todos los que lo han intentado. Yo he sido ese arrogante y perdido mi tiempo hundido en temas sin sentido.

La pregunta de la literatura (¿qué es la literatura?),  me parece ineludible en un blog literario. No me parece menos vacía y estúpida. Comencemos con un par de hechos evidentes: La concepción de literatura viene de la experiencia sensorial de la lectura y la racional de organizar nuestra experiencia de una u otra manera. Esto quiere decir que la literatura es un a posteriori, que su definición trata de hallarse para acoplarse a la realidad, y no debe caer en el vicio contrario -de encasillar la lectura en lo que nosotros digamos que la literatura es-. Nada evita que partamos de una noción correcta y luego la mutilemos por la limpieza de un término. La definición siempre tiene algo de destructiva, pues roba los demás valores de un vocablo por la ilusión de claridad. Así que, lanzarme a definir la literatura iría contra todo principio dialogal donde se le permite a la realidad o a un tercero, replicar contra nuestra opinión. No definiré la literatura. Hoy.

¿Por qué lo haría más tarde? Es una de las funciones dialogales y retóricas que me gusta utilizar: Mentir. Nada más fácil que lanzar una bobada para que el inteligente lector trate de intuir en qué consiste mi error. La reflexión opuesta puede tener su útilidad: Tratemos de pensar en para qué sirve interrogarse sobre lo que es la literatura.

La razón por defecto es la legitimidad: Yo quiero probar que hago literatura, o que hago más literatura o mejor que alguien más. Demolamos la literatura para probar que nos pertenece ¿qué es lo peor que podría pasar? La misma reflexión se aplica a cualquier principio destructivo que quiera disecar un arte para entenderla y superar su calidad. Ya he mencionado que existen fórmulas literarias para seducir y manipular al lector, es válido interrogarse si su multiplicación y conocimiento ha mejorado el nivel de nuestros libros. Arduo va a ser negar que conocer la literatura mejora su producción y su lectura. Y es imposible conocerla si no sabemos lo que es ¿no?

Aquí enfrentamos la noción equivocada de que el conocimiento irracional es la única manera de abordar y solucionar un problema. Partimos de un cierto conocimiento experimental de la literatura, hay verdades trabajando que sin duda la experiencia confirma. Entonces no necesitamos definiciones para mejorar nuestro arte, solo la experiencia, la práctica. Como si la práctica hiciera al maestro, absurdo ¿no?

Ese conocimiento base nos sugiere otra manera de acercarnos a nuestro problema de “saber”. Lo que hemos visto de los libros nos da una pista sobre lo que los libros no son. Una manera evidente de enriquecer la literatura es tratar de lograr cambiar ese estado de imposibilidad, expandiendo la frontera de lo que concebimos como literatura. La estrategia no es innédita, se han tratado de romper reglas desde que el escrito existe. No solo se trata, por supuesto de obtener espacio para las letras, sino de usar bien ese espacio. Exploremos lo que se ha hecho para entender el propósito.

Apollinaire en su oficio de poeta, ganó cierta notoriedad con sus famosos caligramas. El concepto es simple: Reconocer la existencia espacial y estética del texto, algo más presente en la poesía que en la prosa. Hago un texto, y el texto no se organiza de izquierda a derecha, sino que forma un dibujo. Dígamos que el poema trata de un pescado y que organizadas las palabras imitan su forma. El efecto es sin duda estético, mas no universal. No hay manera evidente de utilizar el caligrama extensamente, de forma que el texto se enriquezca. Tomemos un texto que existe: ¿Se puede organizar Rayuela para que su texto imite a una Rayuela? y si fuese posible, ¿el texto sería más rico por ello?

Dando cara al caligrama, comprendemos que su posición se sitúa “fuera de la literatura”. Para emplearlo con eficacia, hay que diseñar códigos que la literatura actual no reconoce y que de existir, expanderían lo que el arte trata. Curiosa noción. Pareciera que nuestra no-definición de literatura es capaz de crecer. ¿Es mejor un arte que incluya o que excluya?

Lanzo un argumento que tal vez valga explorar: No pensemos en estar fuera o dentro de la literatura, sino en el estado transitorio, en la frontera, la periferia. Dicha ensoñación revelará también, de algún modo, otro conocimiento válido.

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