Toda proporción perdida

5 Abr

Toda vida necesita contener al menos, un pensamiento inverosímil. Tal reflexión, me parece, no se aleja mucho de aquella que Calderón enuncia a través La vida es un sueño, pues si de algo se alimenta la ensoñación es de algún elemento discordante. De nuevo navegamos la ironía tan propia del discutir.

Hay alguna paradoja en el dogma de que se piensa como se habla. Nuestro lenguaje es, en efecto, reflejo de una estructura subyacente la cual desarrollamos para sobrevivir. Como muchos mamíferos, el hombre requiere su sociedad para abastecerse, y nuestra herramienta nativa es el lenguaje. Tratamos de ilustrar ayer cómo nuestra lengua está tan intrincadamente puesta en nosotros que se nos vuelve un indicio sensorial. De ahí a saltar directamente a que nuestras ideas dependen de nuestras palabras, hay al menos una falacia.

Interroguemos esta necesidad de desproporción en el pensamiento, si no me equivoco, cuando soñamos rozamos lo cierto de esa desproporción. Daré un ejemplo: Me encuentro en un autobus, con Borges y un colombiano alto y barbón -sé que se trata de un escritor-, parece ser que los tres estamos al tanto de hallarnos en un sueño y Borges dice: Puede que uno de nosotros esté despierto y los otros dormidos, soñándolo. Esto explicará en cierto momento, nuestro olvido mutuo. Yo pienso, sin dirigirme a los presentes, que Borges no está despierto pues yo sé que ya ha muerto, y por lo tanto debe estar soñando. La muerte prefigura entonces, un sueño aún mayor. El hilo de estos conceptos contradictorios sigue la enunciación de un montón de reglas, y su consecuente ruptura. Primeramente, estamos consientes de nuestra ficción -se consiente el sueño-, no obstante, se enuncia la posibilidad de una realidad que supere la expuesta en ese instante. En seguida ponemos en duda la concepción real, nadando hacia una amalgama de realidad-ficción, las cuales dependen a un punto, la una de la otra, pues la muerte en una parece acarrear consecuencias. Sin embargo, esta muerte tampoco es estrictamente “real”, pues forma parte del sueño dentro del sueño, y flexiona el músculo que construye nuestra ficción. (Este es un sueño que en verdad tuve)

La contradicción y desmesura en el sueño es bastante grosera, no significa que una menos agresiva no se halle en la realidad. Las pesadillas, como Kafka expone, responden a una cierta lógica incontestable, sobre la cual incluso la enunciación del absurdo, no logra cambiar nada. Es un vértigo cuyas raíces se encuentran en la experiencia vivida, con tanto rigor -o acaso aún más- como en el sueño. Nuestra sociedad está hecha de fantasmas.

Pienso por ejemplo, cómo el amor es una idea sacada de toda proporción. Basta leer los códigos de nuestras ficciones populares, casi desde el principio de los tiempos para encontrar la evidencia. No que la ficción valide una visión certera de la realidad por su simple enunciación, creo que la verdad del amor se encuentra mejor en la experiencia vivida que en los simulacros literarios -por desacrar algunos-. ¿No es la moral también una fuerza que nos emancipa de nuestra realidad inmediata? Y para no ir tan lejos, ¿no lo es también la muerte?

Tal vez es válida alguna metafísica cuyo origen venga de este deseo sin dimensiones, que domina nuestro imaginario. Nuestra inédita capacidad de pensar repercute poderosa en la experiencia. Tanto que sin duda menospreciamos a las personas por sus pensamientos “en grande”. Tomemos un ejemplo de personas atacadas: Los niños -podría haber dicho, los animales-. ¿Por qué ofenderse de la incoherencia y el desinterés histórico que poseen los infantes? ¿no es verdad que de algún modo son más creativos y de mejor aprendizaje que los adultos, y por lo tanto más inteligentes? Si ejercemos un juicio de valor sobre alguien en vista de sus intereses -o tal vez debo decir, de sus pasiones-, ¿no estamos construyendo ya unas reglas arbitrarias e insensibles como en los sueños? Lo que extraña es cómo la fantasía al dormir, desata y atraviesa nuestros códigos, porque allá todo no existe. Puedo ir de paseo por un tren, sin mi esposa, pues en mi sueño, mi esposa existe y no existe a la vez. En cualquier segundo puede manifestarse. Lo que no niega la existencia de una conmoción propia a su presencia, ni nos desata en absoluta libertad; solo que el sueño tiene herramientas para desarmarnos que en la realidad nos faltan. Tal vez aqui nace el arte.

Otro grupo atacado por sus pensamientos incoherentes son los obtusos. Me refiero a aquellos hombres cuya incoherencia está conforme al canon de su sociedad, los que viven la vida como se les sugiere y sueñan como se les dice. A la vez ningún hombre es así y todos somos así, por eso la diferencia es engañosa. Si se quiere desenredar al super-hombre del obtuso, se debe juzgar la válidez de cada uno, con una regla de forma, sea estética o moral. Esta fantasía ya es de por sí, otra forma desmedida de pensar, la obsesión de la diferencia sacada en vano, de toda dimensión. Y a su vez, ¿no partimos de la premisa de que todos tenemos una voluntad desastrosa y arbitraria? Que diferenciar nos maravilla y entonces actúa en nosotros. (Veremos también todo esto en Kafka)

El peligro es evidente: Confundir el sueño con la realidad, sin las armas para deshacer lo formulado con un deseo insensible. La práctica es cotidiana.

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