Voces en la cabeza

2 Abr

Antes de abordar el tema de los géneros que nos es importante y propicio, me parece adecuado discutir brevemente el tema de los registros.

Cualquier prosista, para respetarse como tal, requiere un mínimo dominio del registro literario, quiero decir, es capaz de mantener y desarmar su estilo prosístico con fines estéticos o genéricos. Habla distinto vaya. Un ejemplo transparente pero engañoso se presenta al discurrir en el habla transferida, un tipo de comentario o voz que se le entrega a un personaje ficticio que por una u otra razón, debe admitir “defectos”. El ejemplo más básico es el del pobre que no posee un habla docta y ejemplar, que voluntario suprime reglas gramáticales y en parte busca imitar un discurso “real”. Digo que es un ejemplo engañoso pues idealmente todos los personajes deben poseer un idiolecto definido que les proporcione una voz propia, lo mismo con los autores, cada narrador por omnisciente que sea, debe sonar de algún modo distinto a otro narrador, aunque se tratase de obras hechas por un mismo hombre, aunque fuesen escritas en el mismo espacio de tiempo. Pero este “deber ser” de los cambios de registro no es una ley fija (no hay tales en la literatura), porque en turno atacará o complicará otros modos de la escritura, potencialmente dañando nuestra narración.

Pongo un ejemplo: Si dictamos que nuestro registro depende directamente de la realidad, complicaremos la comprensión de cualquier habla políglota o alterada por efectos regionales, a su vez los vocabularios presentarán sus propias incomprensiones y exigirán distintas maneras de salvar la ignorancia del lector potencial, si es que se desea aún que el texto sea comprensible. Las referencias locales sufren del mismo problema, sea el autor pretende que los localismos escapan al plan de su obra, o los permite y los fomenta con un ánimo avasallador. Cuando el registro es parte importante del juego literario, las reglas que se persiguen van a dictar una escritura particular y postularán sus propios problemas.

La variación del registro es mucho más notoria cuando se trata de una comparación entre varias obras. La literatura responde a dos nociones: Qué digo y cómo lo digo, hablo de una respuesta convencional, pues en sí ambas nociones dentro de una obra, apuntan a la misma realidad. Si yo resumo la trama de una novela, no cuento la novela, pues no cito la longitud entera de las páginas que la componen y por fuerza creo otro texto literario que refiere a la novela, y no es la novela misma. Las nociones a las que aludo, funcionan juntas, responden a los mismos mecanismos y constituyen lo que se puede llamar la poética del texto.

Lo que hay que tener en mente es la inevitable relación entre lo dicho y su registro, que será la manera principal de aproximarse a la lectura de un texto. Hablando de registros que han ganado importancia en la modernidad, tenemos a la ironía, que abarca la mayoría de la literatura, pues planaemente se trata de un registro que impone un desafío al modo convencional de abordar un tema. La literatura juega en lo no convencional, buscará discutir algo nuevo, o discutir de una manera nueva. Por fuerza de intentos, la exploración de esta segunda posibilidad, implica la ironía.

No hay que confundir ironía con sátira. Simplemente la distancia entre el registro esperado y el registro del texto, ayuda a crear juegos estéticos y de sentido; no implica seriedad, burla o tomar partido brutalmente en el texto cuestionado. Es un juego de registros, que más que nada busca variar. Por este hecho, el escritor que hace más de una obra, está practicamente obligado a generar nuevos registros, que distingan cada texto que funda, con un afán de novedad. Si se preguntan la importancia de la novedad, podemos remitir al fenómeno del extrañamiento, que incrementa  y afina la visión estética, que tenemos de los objetos.

Mi ejemplo más atinado sería comparar los registros de escritura con un actor. El actor de oficio, muestra su habilidad, encarnando convincentemente un personaje ideal. La capacidad de sumergirse en esta ficcionalidad es parte de la mística que se maneja en el simulacro, parte de ello se juega en la figuración mental (la creación del registro). El actor se nos vuelve la referencia, a cómo siente y responde un personaje, improvisa dentro del personaje con un natural válido para su registro, sin caer en alteraciones viciosas o nociones ajenas (acaso de otros textos). Pero a su vez, la capacidad de jugar más de un rol y pasar de uno a otro de manera visible y concreta es muestra de calidad actoral. Es lo mismo para nosotros, el juego de registros es un dominio de la lengua, y en el caso más óptimo, el escritor lo domina, presentándolo como una opción de lenguaje convincente.

Claro, los escritores son también sus imperfecciones, maniobrar los registros que acaso uno no domina del todo, es parte del juego que debe tomarse en cuenta para experimentar con la escritura. El registro puede ser una guía para desarrollar una escritura y avanzar en un texto hacia dirección nueva. Decir de otro modo a veces inclina a pensar de otro modo, y puede ser actitud creativa. El gusto por leer y generar registros distintos, es algo digno de practicarse con necia asiduidad.

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