Si trato de remitirme a…

1 Abr

Si trato de remitirme a la experiencia personal, no puede entender realmente cuando di mis grandes saltos literarios.

El adjetivo “grande” puede inclinar hacia la absurda idea de que soy un producto terminado, o que mi distancia con mi total creador está por buena parte saldada. No sé, yo creo que el proceso de creación no se incrementa ni disminuye con el tiempo, pero crea adaptaciones para nuestro árido paraje intelectual. Puedo remitir al pasado y asegurar que el cambio a sido “grande” y me ha “mejorado”. Habla con un escritor waqcha en su formación literaria, habla desde una inquietud que él ha experimentado.

Ahora que por casualidad abordo el tema de hablar, lo exhorto lector a comentar o contactarme si tiene una atinada observación o sugerencia que se pueda hacer sobre este blog -o por qué no, sobre otra cosa-. He logrado alguna asiduidad aquí y en algunos otros sitios de internet para enriquecerme de discusión artística u otra, pero apenas son pasos de bebé en algo que espero me sea muy benéfico a largo plazo. Recuerde que estoy en un paraje donde casi no hay hispanohablantes y aquellos que conozco no tienen por qué desear extenderse conmigo en una discusión literaria. Bien, consideremos esta petición hecha.

No soy más el escritor que fui. Ya sabemos que como oficio, hablar de ser escritor es algo curioso, y naturalmente nuestra sociedad dialéctica pedirá pruebas concisas de esas argumentaciones. Suena un poco tonto rendir cuentas en este blog, que en sí debe servir como cierto tipo de prueba, mas tengo una segunda legitimidad que puede salir a mi defensa. Nunca dejé de escribir.

Esto me interroga en ocasiones, pues mis planes a futuro no siempre involucraron creaciones literarias, pero siempre tuvieron que ver con la creación. El lápiz era mi primera herramienta creativa, y como todo buen niño replicaba con variantes las historias que escuchaba en la televisión o el cine. Escribía sin “leer” en el sentido estricto, así que supongo que no era realmente escritor. Aún entonces alguna persona sensible -y generosa- dijo que podía escribir.

Las etapas desde ese entonces hasta ahora han sido insensibles. Hay un momento preciso en que comienza en mis adentros un movimiento desde la ficción, en términos muy libres, hacia la literatura. Estoy, entonces, balanceando sobre mi cabeza dos proyectos creativos que no serán para mí sin importancia: Un juego de rol y mi segunda página de internet. Yo preciso que en ese entonces, graduándome de la facultad, podía tener tiempo para mantener esas actividades con una atención y detalle que satisfacían mi ego. Si uno se va a símbolos, entonces fue la competencia de mi vocación, una medida para el éxito en los juegos y los escritos.

Pocos meses después, antes de partir a Francia, él sabrá en algún sitio de su mente que debe escribir.

He hallado el cuándo de mi decisión concreta de dedicar mi tiempo e interés a la literatura, es bastante claro pues coincidió con mi elección de estudiar Letras, en vez de, por ejemplo, periodismo. Esa decisión, efectuada de tal manera, un poco inconsiente, quedó grabada en mi memoria como algo que acaso sucedió. No obstante, tal evento no coincide con mi salto literario.

Ahora recuerdo que dos talleres literarios marcaron mi evolución, los tomaba en mi vieja universidad, eran de narrativa. Presenté en el primero algún capítulo del borrador más temprano de mi novela -que de algún modo no fue destrozado- y un intempestivo cuento que escribí en un día y fue hecho pedazos. Ya no escribo realmente así, el primer aleccionamiento probó equivocadas mis antiguas teorías artísticas. La segunda vez volvía de Francia y era otro hombre.

Entre esos dos talleres, el proceso evolutivo de mi escritura ya había comenzado. Adopté una escuela de pensamiento temprana, más o menos formalista. Hice mis primeras verdaderas lecturas, y comprendí no haber leído nada hasta entonces. Seguí con mi página, donde metí poemas, e hice una versión en español de la página que tuve.  Escribí un cuento experimental que llevaría a ese taller. Mi novela entraba en su segundo borrador.

Luego caí en el silencio creativo. Tomé tiempo para la escuela, para aprovechar lo que daban. Mis lecturas, frenéticas y devoradoras, aún no eran lo que hoy son. ¿Qué hice en aquel entonces? No escribía sino en internet y poco. Y tenía la certeza de ser un escritor, en una especie de incubadora imaginaria que supongo era también mi defensa. Debe ser por culpa de este vacío que nunca podré decir qué pasó y cómo, para dar a mis textos caracter “serio”. No serio, Dios sabe que no podría con la seriedad.

Me consuela o mejor dicho, me regocija, saber que hice cosas más importantes que escribir. No me adscribo a una literatura que mata a la vida o aliena a su creador, pero amo la vida. Amo también a la literatura. En este espacio que me doy para reflexionar, a veces quisiera saber el origen de mi cambio, simplemente para dar gracias. Qué bueno soy, ¡gracias!

Por cierto, siempre he sido arrogante.

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