Particularidad bananera

31 Mar

Al invocar el kiwi en mi entrada anterior, es legítimo interrogarse igualmente por la banana. Amarilla, suave, dulce y un poco fálica ¿no? Viene en encantadores racimos que se nos figuran como la abundancia. El árbol bananero y la república bananera invaden nuestro imaginario. ¿No hemos entonces truncado posibilidades tomando en concreto al kiwi?

Pero ya dijimos que cualquier inicio, por estar escrito, ya limita y dirije la espectativa de un texto. Todo escrito es una concesión a lo particular, pues el universo no se construye a fuerza de palabras (ya decía Chesterton, hay en el alma tintes más desconcertantes, más innumerables y más anónimos que los colores de una selva otoñal pero el hombrecree,  que esos tintes, en todas sus fusiones y conversiones, son representables con precisión por un mecanismo arbitrario de gruñidos y chillidos.). El texto debe servirse de una lupa de aumento para interceptar cualquier pensamiento mayor, si quiere un amplio efecto: Es la sensibilidad del lector y la vida del hombre. Así se discute el universo.

No obstante, la lucha entre lo particular y lo universal no puede reducirse a simples principios inevitables. Como el alma humana presenta conflictos distintos, por fuerza hay que aproximarlos de formas distintas. Un texto es un genuino ataque a la sensibilidad, buscando el méximo efecto, el cuál pasará muchas veces por extrañas sutilezas.

Se me ocurre hacer una referencia a Gide y su propósito de “llegar a lo universal aprofundizando en lo particular”. Se trata de una estrategia de batalla, un método que puede oponerse a muchos otros, pero que es credo de sinúmero de escritores realistas que pueden sentirse implicados. Y es que hay algo de amplio y encompasador en la experiencia particular, pues remite a experiencias concretas y vividas (discutiblemente lo universal ejerce una seducción menos total). Pero lo profundo debe tratarse de algún modo, la regla transparente debe responder a una lectura concreta. Hablemos pues de un truco en lo particular.

El viaje heterotópico es un proceso más sencillo de lo que suena. Consiste en dar un nombre nuevo u omitir dicho nombre, para referir a un sitio (sea una región, una ciudad o un país), que sinembargo resulta fácilmente reconocible a los ojos del lector. Tomemos Macondo, que es un ejemplo célebre. Este sitio ficticio refiere a todos los pueblos latinoaméricanos que siguen el proceso idéntico, de invasión gringa, guerra civil y dictadura. Tomando un nombre ficticio uno lo vuelve múltiple, cuando usando algo concreto pensaría en la crónica histórica (que exista o no un pueblo Macondo, no altera el efecto genérico impuesto por García Marquez pues no hay correspondencias mayores que remitan a un solo pueblo, a un real Macondo). Particularizando abordamos un campo mayor.

El proceso contrario puede buscar el mismo motivo de manera en apariencia legítima. Se me ocurre que dar muchos nombres a un solo sitio es una manera de hacerlo universal. Me parece que esta estrategia es de cierta forma abordada por Cortazar en 62 Modelo para armar, donde se desborran las barreras espaciales de las ciudades en ellas mismas, y al citar un discurso sobre la ciudad, son estas y son todas, y los nombres refieren a la misma ciudad (aunque el pasaje no se sienta cósmico). La dificultad salta a la luz: Se debe comunicar esta idea al lector con elegancia y eficacia, presenta un bloqueo en la comprensión que nos remite a la economía lingüistica. Se requiere una explicación para transgredir la sencilla idea de que varios lugares son un lugar. Hallo dulce que el lector reproduzca con la particularización de un nombre ficticio, un proceso inverso a lo particular. La lente de la experiencia es prodigiosa. Experimental y complicado como suena, este propósito brilla por su belleza, pero fracasaría en el sentido económico.

Merecerá alguna discusión futura la economía lingüistica, pues en la literatura actual es poco menos que insaldable. En palabras simples se trata de buscar la mayor expresión con la mínima cantidad de palabras. Nuestro ejemplo ya citado es perfecto para esclarecer el propósito: Una palabra (Macondo) comunica lo que muchas palabras (Paris, Londres, Buenos Aires). Cuando Shlovski formula que el extrañamiento es el proceso fundante del arte, su competencia con la economía salta a la luz entre las primeras objeciones. Se admite que ambas direcciones, aún logrando ideas similares, producen sensaciones radicalmente distintas (sin llegar a ser contrarias); esta diferencia de evocación nos permite concebirlas sin confrontación. En realidad, aunque se opusieran fundamentalmente, la literatura es suficientemente rica para contener elementos opuestos. Pensemos en dos principios fundamentales: Economía y extrañamiento.
No se elige metódicamente ni uno ni otro, bajo la premisa de que no puede existir una sola forma de escribir o leer. Es válido particularizar, como la banana o el kiwi, Paris o Macondo. Un método es todos los métodos, pues o todos son válidos, o no lo son. Ya de por sí es triste el propósito universal de los trazos y los gruñidos para además sumar rígidas reglas de escritura. Hacer reglas y romperlas es algo propio del lenguaje, porque es nuestro.

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