Tome usted un kiwi

30 Mar

Habiendo tratado el extrañamiento someramente, vale la pena aproximarse a él con una visión renovada (¿extrañada?).

Tome usted un kiwi. Quiero decir la fruta, no espero que tenga a la mano un ave o una persona neozelandesa. Trate de hacer este ejercicio en ayunas o simplemente imagine que está haciendo el ejercicio. No necesita un verdadero kiwi pero necesitará haber comido alguno y poder remitir a esa experiencia.

Ahora efectuemos una de mis lecturas favoritas, lea con un ojo escéptico de quién no cree en nada. Es una herramienta para entender el extrañamiento, hay que encontrar un punto de vista sobre el cual nuestro objeto en cuestión (en este caso el kiwi), no presenta interés alguno. Podríamos decir por ejemplo: [i]Es alguna fruta de las que venden en el mercado[/i]. Eso ya es una mirada bastante desahuciada, pues hemos borrado el objeto y creado una amalgama entre ella y todas las frutas de importación. Para hacer este ejercicio bien, vale intentar buscar un punto de vista más infame.

Digamos: [i]Es un alimento azucarado de origen vegetal[/i], ahora le hemos quitado la categoía de fruta (ahora podría tratarse de un betabel), y lo reducimos a su sabor, su utilidad y su origen. Su nombre es un poco exótico, pero podría añadirse sin volver nuestra definición agresivamente preciosa. ¿Por qué esta segunda definición es menos preciosa que la primera? A mi parecer, nuestra definición hablando de frutas y de un mercado remiten a imaginarios mucho más ricos que aquellas de “alimento”, “azúcar” y “vegetal”. Sospechosamente, mi aproximación suena incluso algo científica, pero no usa tampoco formas técnicas que a su vez nos parecerían curiosas. Si uno pone un objeto, una historia o una idea en sus términos menos atractivos, entonces puede empezar a apreciar las transformaciones que van a volverlo extraño.

Ahora regrese usted al verdadero kiwi (y al ficticio), trate de remitirse a su sabor, a esa agridulce combinación de gustos que recuerdan al verde opaco de la fruta. La piel es carnosa y suave, los dientes trituran las imperceptibles semillitas mientras tres partes de nuestra lengua alternan sorprendidas la sensación. Hay algo de amargo en el fondo del kiwi, detrás de ese sabor agrio como fresa y dulce como mango, se encuentra algún gusto marcado a fruta madurando. Recuerde un kiwi maduro pues, ya no es firme, sino de consistencia más agüada y el sabor que presenta es más salsoso.

El ejemplo anterior es para mostrar cómo se puede llegar al kiwi por la restitución de su sabor, la descripción enunciada sin duda es tanto el kiwi como las simplificaciones extremas que hemos trabajado. La presentación que hice de la fruta en las primeras lineas de esta entrada, corresponderían a otro ejemplo.

El objeto tratado, que puede parecer arbitrario, no lo es. Yo he elegido un ente de la realidad que en mi opinión personal, ya posee un inmenso valor estético que le es propio. El kiwi es una bella fruta. Es a la vez exótica, sabrosa y sorprendente. Nos extraña al descubrirla que su piel o si se quiere, su cáscara, está recubierta de pelaje como si se tratase de un pequeño mamífero. Pero no. Al hacer girar el ligero kiwi no encontraremos su cabeza ni sus patas. Esta presentación, hablando del impacto inicial al ver nuestro kiwi, lo predispone a uno, a encontrar un sabor acaso melancólico, pienso en un higo o una fruta amaraga. Por dentro se nos presenta alegre y su sabor persigue ese mismo color abundante y feliz que se nos presenta. Es ya interesante poder decir que la claridad de los colores y el dulzor de los sabores puedan ser asimilados en nuestra cabeza como experiencias alegres. El kiwi contiene esto y la visión de un pequeño animalito inofensivo, que fascina a la zoología de infancia y nos llena de confusión.

Un objeto como el kiwi, al ser tan especial, propone muchas analogías en nuestro imaginario. No es arduo crear mitos que lo conviertan en el huevo de un ave peluda -o si se quiere calva-, la cuál en un amor ilícito con una enredadera solo a producido huevos infecundos. O tal vez es como un capullo del cual saldrá un pequeño mamífero o una mosca, en un extraño ciclo que une a varias creaturas a la vez. O el kiwi es una rata que está soñando y al comerlo se despierta. O son los testículos de los hombres que engañan a las mujeres, los cuales Dios cuelga de una enredadera para castigarlos. ¿No nos permite un montón de cosas tocar este objeto concreto? Si es así, es porque tiene algo de melodioso desde su orígen y por lo mismo inspira historias.

Esta sería mi segunda advertencia al recomendar el uso de un extrañamiento cualesquiera: Intente abordar un objeto, situación o regla que permita intrigar desde su orígen. Los recursos literarios son grandiosos, mas funcionan porque es múltiple la realidad y abundante la belleza. Trate desde su esencia lo que le importe, no dude en desvirtuarlo, recorrerlo y verlo extraño. Son cosas que suelen funcionar.

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