Si uno se interesa un mínimo…

28 Mar

Si uno se interesa un mínimo en el lenguaje, encontrará casi inmediatamente la prominencia de los animales como palabras. Cacatúa, cotorro, perico, guacamaya. Encontramos exóticos y variados vocablos que remiten a apenas una minúscula rama de la taxonomía zoológica, que sin duda recuerdan varias culturas y lenguajes. Tome usted un nombre de animal cualesquiera. Este nombre ya es un referente a una raza de animales, pero a su vez existe una denominación científica latinizada que refiere al mismo objeto. Ahora recuerde hechos como que labrador es ambos una profesión y una raza de perros, encontrará tal vez con sorpresa que razas como los cánidos tienen aún más palabras para designar sus pequeñas variedades.

Esta abundancia no tiene la gratuitidad de los arcaísmos que los diccionarios académicos acumulan, bien señalados por Cortazar como una suerte de cementerio. Las palabras que se vínculan con los seres vivientes tienen mucho más impacto y ocupan realmente un lugar en el acervo imaginario del lenguaje mismo. Un ejemplo excelente es cómo Plinio nos legó el mito de que la avestruz esconde su cabeza en la tierra, por medio de una metáfora. Ya que mencioné a Cortazar, aprovecho para recordar que en Rayuela se utiliza una ambigüedad entre un apellído (Ovejero) y la raza canina homónima, bajo la forma explicada el párrafo anterior.

Pienso en un animal de inmensa belleza como es el loro. Los hombres no podían sino ver en él un valioso objeto, como una flor o una piedra preciosa. ¿No es de por sí increíble la capacidad de volar? No podía sino adjudicarse reconocimiento a la sensibilidad que lo asemejara a un espíritu selvático.  Esta belleza de los loros probablemente existe para ellos, que se requieran y se añoren unos a otros, un regalo y un don como es a veces nuestra inteligencia. Curioso como es el mundo, ser bellos les granjeó persecución y caza por nuestros ancestros, cuando no para apoderarse de su plumaje, para privarlos de la libertad. Se preguntaría uno que clase de ventaja evolutiva sería al fin, la belleza.

Una cosa que también puede mistificar es la capacidad de imitación de esta interesante raza. Historias de terror y verdaderos encantos seguro fueron propiciados por la voz de estas aves. Un hombre en el bosque escuchando voces es un terror sencillo de encontrar. ¿Cómo se habrá sentido aquel que capturara a un loro sin conocer este don, para luego escucharlo hablar? Un sobresalto genuino en el espíritu. Uno se llega verdaderamente a interrogar, dentro de uno mismo, cuando se ve reflejado en otros animales. Otra fantasía es concebible: El loro, ignorante de su acción, imita las palabras de un familiar difunto recientemente, y repite sus lecciones o su voluntad como una voz de ultratumba. No es raro que la reflexión en estas aves suene a juegos y es que cuando niños les prestabamos mucho más valor al encanto que saben ejercer en nosotros.

El loro es megafauna, o sea, su estrategia para sobrevivir era reproducirse lentamente y vivir muchos años. Algunas razas viven cerca de 60. Esta misma competencia los ha vuelto animales de compañía, y los ha excluído de cualquier ganadería que con ellos se ha buscado aparte del tráfico. Hay preguntas genuinas que nos podemos hacer sobre que representa ser un animal para nuestro mundo hoy en día, para el mundo de los hombres, intermundialistas, capitalistas y citadinos. En el mundo paradisíaco que nos ofrece la riqueza y el poder, ¿siquiera hay lugar para las bestias?

Yo por mi parte, sé que no puede haber paraíso sin loros. No los comeremos, y al domesticarlos o en un zoológico los privaremos penosamente de su libertad (al menos eso sienten a veces los muchachos sensibles). Pero aunque estos loros no muriesen, es verosímil que destruyamos su habitat natural, haciéndoles impropia la vida salvaje. Nuestro mundo literalmente les roba su forma de vida y su lugar, y sin proponerles nada.

Expliqué desde el inicio que mucha de nuestra relación con los animales se vive por el arte y la palabra. Una problemática literaria ante cualquier restitución que hagamos a los animales, es que en el idioma escrito solo podemos vernos a nosotros. Nadie en su juicio diría que Rayuela es una metáfora de la reproducción de los cánidos. Sí se diría, que un poema protagonizado por un tigre trataría de la libertad o la naturaleza, de abstracciones y no de verdaderos tigres. Una verdad agria es que nuestra lectura ha hecho de los animales de la literatura simples animales literarios. Simples ficciones. No discuto si se puede o no, usar la escritura para concientizar o mejorar la existencia animal, o nuestra relación con los congéneres inhumanos; yo discuto simplemente el lugar de la bestia en el lenguaje. ¿Qué gran loro nos ha legado la literatura? ¿Ser la típica mascota de un pirata? Sin duda sus muchos dones les merecen algo mejor.

El problema del humanismo parece ser que se puede elegir con toda levedad quién es humano y quién no. Viejos, niños y animales; háganse a un lado.

Acaso alguna poesía salvará a los loros del olvido, y la evolución habrá sido sabia en darles su providencial belleza.

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