Siento que a mis observaciones…

26 Mar

Siento que a mis observaciones de ayer rodeando el asunto referente a la falta de humildad del lector, pueden añadirse algunas precisiones.

La mejor manera de abordar el tema es una advertencia preventiva: Muchas palabras y conceptos que empleamos comunmente están cargados de conotaciones positivas y negativas, debido a su función social. La arrogancia y la humildad, además de quererse opuestos, se evalúan “buenos” o “malos”. Es contradictorio y engañoso tratar de sacar un concepto fuera de sus consideraciones sociales, pero un mínimo de voluntad de no categorizar dichas actitudes con prejuicios existentes, permitirá que la discusión tenga un mayor efecto. Evitaré todo intento de lanzar definiciones que solo siembran malentendidos y confusión, nos remitiremos al conocimiento convencional.

Discutí anteriormente que cualquier conocimiento literario permite una oportunidad de compartir con los demás opiniones controversiales. Pensemos que existe y es válida la sana controversia, ciertas instituciones como el periodismo y la política podrían -teóricamente- emplearla bien. He justificado la controversia clamando que la convención es arbitraria. Creo que la estética puede justificarse y no es falsa. Creo también que es abundante.

Argumenté que exigimos de cualquier “crítico literario”, un mínimo de credibilidad para lanzar sus gustos. Esta es un arma que actualmente ahoga y doblega a la crítica. La legitimidad es precisamente lo que sesga los clásicos de las obras, que en calidad y sentido, son igual de buenas o mejores. La literatura pierde más años legitimándose que produciéndose. Es evidente que la calidad de la reflexión es más importante que la fuente que la produce, excepto en el caso de la simple convención. Existen dos críticos arquetípicos que fallan en discutir suficiente las obras que existen: La academia y el escritor.

La justificación de un escritor para legitimar sus opiniones es evidente aunque cuestionable. Un literato puede ser un teórico absurdo e inconsistente, pero siempre esgrimir el argumento de que la calidad de su obra respalda su cuestionamiento. El artesano de la palabra suele ser un crítico creativo y entregado, su teoría se persigue en las propias obras, salvo en asombrosas inconsistencias -a veces estas dicen más del autor que su discurso mismo-. Pero por definición este tipo de crítico se la pasa más bien produciendo obras que ha su vez deben ser leídas, lo que es su función más pertinente y principal. Si la crítica depende solo de los escritores, la producción literaria “primaria” queda un poco defraudada. Luego están las academias.

Contrario al caso del individuo literato, la licencia de la academia procede de una tradición histórica y en cierto grado de una ortodoxia. Es por fuerza menos ligera y menos genial: el discurso académico responde muchas veces a voluntades científicas y de documentación que no son siempre sorteadas logradamente. Por supuesto, construída por grupos heterogéneos que no pocas veces compiten entre sí, nada garantiza la calidad sostenida de una academia. Dejemos de lado los tristes intereses monetarios y agendas políticas que representan; las academias rara vez dirigen la crítica con la libertad y sencillez que un taller literario lo hace. Una ventaja genuina de estos grupos seudo-intelectuales es la búsqueda de continuidad con pensamientos anteriores, y de cierta manera, forman una comunidad que pocas veces los escritores solitarios logran. Esta última característica nos interesa en el contexto principal que hemos discutido: La comunicación masiva hoy al alcance de muchos.

Un grupo extenso de lectores, educado y sincero casi por principio -no se gana nada mintiendo por internet-, es muy buen germen de discusión. Más que otros admiradores del arte, el adepto a la lectura suele ser una persona de cultura, respetuosa y abierta a lo nuevo. Hay sus excepciones, pero la lectura suele desarrollar un “yo” pasivo, que se presta a la escucha sensible. Sufre este tercer tipo de crítico, de una inútil humildad. Sin objeto o grupo que de por válido su ejemplo, rara vez propone controversias en la esfera pública, ni realmente objeta contra los juicios a veces brutales que los otros se permiten. No nos sirve esa humildad, la arrogancia da más frutos.

A un escritor, uno de veras no le exige la humildad. Nuestra comunicación con él, siendo ante todo textual, sale fuera de la mayoría de las convenciones sociales que existen. No esperamos leer un “buenos días lector”, antes de cada texto a leer. Una generalidad así, fuese la que fuese, no merecería existir. El lector que comparte su opinión, pasa a ser a su vez literato, y no puede gastar economías en simples convenciones. Porque será leído por lectores, que a su vez son verdaderas personas abiertas a juzgar un texto por su calidad, no por las vestiduras rasgadas en el proceso. Son la mejor audiencia cautiva, los buenos lectores. Eso nos legitimiza.

Por supuesto que todo vicio puede defenderse retóricamente, cualquier error justificarse. El objeto está, más bien, en si uno es grosero y arrogante sencillamente por serlo, o lo brutal viene de alguna honestidad. Quién es humilde, pese a que internet presta anonimidad, va por buen camino en ser sincero. Piense solo usted, que el paso consecuente del respeto, es creer en el respeto que recibiremos. Yo no le pediría que mienta, para eso, ya tenemos profesionales.

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