De cartas y tangos

24 Mar

Me informa Pamela Bacarisse que la obra de Manuel Puig se puede dividir en dos partes, una amena y popular, otra desesperante y terrible. Debo admitir que los cortantes adjetivos deben señalar algo que salta a la vista, pero ignorante voluntariamente trataré de discutir alguna cosa sobre el primer Puig y su obra -recién leída por mí- Boquitas Pintadas.

Imagino que hojas incontables se habrán empeñado en discutir el trabajo de este autor (lo opuesto me indispondría), por lo que trataré tan solo un punto de vista probablemente inconexo, pero igualmente válido para reflexionar. Nos interesaremos en la cuestión de lo popular y del formato.

Puig fue Argentino (y bastante argentino, en su ficción se encuentra la evidencia) y no duda en abordar una cultura popular que podemos definir como “tanguera” o melodramática. Boquitas Pintadas es un relato de melodrama, la secuencia de eventos narrada podría fácilmente adaptarse a cine o televisión, mete en juego a la juventud y el amor de maneras casi formulaicas y sencillas. Estas fórmulas van filtradas con un elemento que tampoco es ajeno a un cierto lector, la cultura “del qué dirán”, las espectativas que abuelos y padres tenían de sus hijos, la sociedad del saber-hacer entre ricos y pobres. Bastante presentes en el relato, estas visiones sociales son un fondo que el autor se permite simplemente mostrar, sin mayor condenación que la implícita de sus lectores. No habrá quien falte en tachar la obra de local.

La noción de lo popular sin duda se apoya en dicho “localismo”, si uno reflexiona, no podría ser de otra forma. Me voy a repetir como de costumbre: Cada cultura es escepcional, no hay dos iguales en el país o el tiempo. Nos importa para derrumbar de entrada cualquier argumentación que refiera a una cultura “mundial”, ilusion que sin duda trata de apoyar el intermundialismo (y otras tendencias con agresivos sufijos). Desde siempre ciertos artistas han perseguido la universalización del arte, pero invariablemente se apoyan en un elemento que se aleja de lo popular (sea la abstracción, la neutralidad o la utopía -en el sentido, sin lugar-), para tal fin.

Si uno reflexiona, Puig no sacrifica verdaderamente el aprecio universal que sus lectores pueden tenerle. Dos o diez citas de un tango no funcionan para desmembrar la novela a un garabato incomprensible de épocas y nostalgia. Pero sin nostalgia Boquitas Pintadas, no es Boquitas Pintadas. La sensación ajena trata de recordarnos la propia, alguna época bonita de la memoria, algo de romántico como las viejas novelas de detective y las fantasías de infancia. Se trata de hacer funcionar lo popular en un cuadro universalizante. Por fuerza el resultado es parcial.

Renegar de lo popular por principio, suele ser una necedad más que una necesidad. La “alta literatura” se supone universalizante, pero pareciera que descree de lo popular más por prejuicio intelectual que por este carácter local. Y bueno, todo depende de qué consideremos alta literatura, al menos dos previos nóbel latinoaméricano tienen tendencias regionalizantes (hablo de los que he leído, por la mayoría no puedo contarlos).  Borges escribió sobre las letras de los tangos, los aljibes de Buenos Aires y los compadritos de la esquina. Ignoro si JL estaba consiente de que extirpar artificialmente los colores locales no era menos absurdo que hablar todos en inglés por internet, porque “se entiende”. Tampoco dudó en adoptar sitios y tradiciones que no eran la suya y tratarlas sin dudar de esa universalidad -no son en realidad, sino elementos locales-. Los detractores del arte popular seguro ignorarán voluntarios que El Quijote y la Comedia fueron en su momento inspiraciones de las mismas tendencias locales.

Sin realmente enunciarla, Puig propone una pregunta. ¿La literatura debe incluir intentos legítimos de autores serios fundados en la fascinación popular? Esta pregunta se desdobla, pues al mismo tiempo la lectura de Puig no es tan solo sobre lo popular sino casi adolescente. Se admite que puede ser leída por un gran público. Y es verdad que muchos escritores consideran que el punto más grandioso de la literatura no es el artificio perfecto, sino el balance perfecto entre reflexión intelectual y facilidad de lectura. Yo puedo decir al menos que ese balance sin duda es literario y que su valor es prácticamente infinito. Manuel Puig ataca de frente esas convenciones, y se presenta como un escritor de oficio que logra montar una obra para todos y para todos los argentinos (de hace una década).

Mencioné un segundo interés que es el formato. Puig utiliza fórmulas epistolares y algo documentales (con fotos, y el lenguaje de invitaciones o anuarios) como un artificio para acercarse al lenguaje de la calle. A la vez las cartas fabricadas son objetos reales y tienen por sí mismas pertinencias. Entonces tenemos un juego con un tipo de mensaje, que se maneja, se altera y se estudia para anclarlo en lo literario, con grandes ánimos populares y no sin literaria ambición.

Internet requerirá después una transcripción así, pues tras la reflexión, internet es cultura popular.

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