Tardío a la vista

21 Mar

No voy a negarles que me gustan las posiciones ambiguas y contradictorias, presiento en ellas una riqueza que la ortodoxia suele rechazar, y las veo como algo más cercano a la realidad. Si abordo esta evidencia, es porque hace algunas entradas dije que la literatura es hermosa cuando se discute, y con un ritmo diario, paradójicamente yo no he hablado prácticamente nada de ella. Poco he abordado de libros y autores.

Predecible sería una defensa que menospreciara cualquier libro o cualquier autor. Ya también hemos explícitado que ambos se doblegan ante las lecturas y sus trasfondos; casi arbitrarios, son solo una lectura más. Mas debemos admitir que los títulos y los autores son una lengua franca en el panorama literario de hoy, es más claro -y más preciso- decir Cien años de soledad que “alguna obra de realismo mágico”. Además parece ser que ese libro fue escrito por una sola persona.

Lo que sucede en realidad es que soy un lector tardío. Dicho estigma no parece próximo a abandonarme, y define por mucho mi posición ante la discusión literaria. Es muy probable que si ustedes nombraran un libro o autor, yo sea incapaz de dar opiniones precisas. Y no sería por la inmensidad de la literatura ni los ríos literarios que el último siglo se ha esforzado en lanzar sobre nosotros. Simplemente no he leído mucho para alguien con una afición tan marcada como la mía por las letras. No me jacto de las páginas que he leído.

Y aunque me transformé desde mis comienzos en un lector voráz, entendí años más tarde que leía incorrectamente para llegar al fin de escribir. Propongo una falaciosa analogía: Un escritor lee como escritor, no puede, por lo tanto, leer como lector. La falacia evidente es considerar a los lectores como entes pasivos, meros receptáculos de la lectura (como el no menos desatinado título que Cortazar les dio “lectores hembra”). La verdad es que un escritor debe leer como escritor, y escribir como lector. O algo así ¿no? Bueno, la verdad no depende de las palabras que usamos, pero entonces…

Entonces quedamos en que he leído poco y he leído mal. Esto ni siquiera es peyorativo, la mayoría de los lectores y no pocos escritores comparten esta situación conmigo. No es, en sí, la cantidad de lecturas que uno efectúa sino (válgame el uso de frases cliché), la calidad. La mejor manera de garantizar una lectura de calidad, es la relectura y se me ha vuelto un vicio sano desde que el argumento me convenció. Lo que solo ha hecho que siga sin haber leído muchos autores y literaturas.

En cierto espacio, o tiempo (si existe el tiempo), uno termina por admitir que la lectura debe solo perseguir nuestra voluntad precisa y no esforzarse en tapar hoyos. Hoyos que además no existen. No hay en la literatura 10 “clásicos” que si dejaran de existir, empobrecieran la lectura tanto que dejara de valer la pena. El número podría ser más grande, podrían ser 100.  La lista de lecturas “universales” no es, en realidad, un ejercicio de compartir con alguien las lecturas que hemos amado o disfrutado. Es exactamente lo que he hecho en este blog, evadir la discusión concreta y flotar en la discusión general. Y finalmente, eso también es un goce literario, porque cualquier discusión que trate de esencializar la literatura, es por fuerza, también, literatura.

El ejercicio de hacer listas es un placer culpable. Me divierte por ejemplo, listar libros que disfruté, sin mucho pensar en la trascendencia permanente de estos. Se me ocurren otras listas mas graciosas, digamos, una de diez libros que me gustaría no haber leído para poder disfrutar mejor otra lectura. “Si no hubiera leído Crimen y Castigo, hubiera disfrutado el Padre Goriot”, “si no hubiera leído H.G. Wells, ¡qué bueno sería Julio Verne!” “aunque no leyera José María Arguedas, Alcides Arguedas me seguiría pareciendo más bien soso”, etc. etc.

Que perdiera el afán de leer libros clásicos me dio luz verde para lanzarme a exploraciones inesperadas y placenteras. Leí Claude Simon, con su estilo intrincado plagado de ocurrencias y poesías, mas no habiendo precisado el deber de acabar su obra, reencontrarlo me es un gusto. No salto sobre un libro que obtengo. Aquí me espera un buen estante lleno de relecturas, libros nuevos sin leer que esperan su ritmo y su tiempo para sorprenderme, ¿tenía este? ¿en serio? y luego los presto, los recomiendo, los comparto y los olvido. Es bello el objeto del libro, a veces se me olvida alguno que debía devolver a la biblioteca. Y es que entre tanta meditación literaria, tanta lectura voráz e ignorancia, se me reveló algo inherente en mi naturaleza: Soy desordenado. Mi lectura se alimenta y disfruta el desorden, un mínimo de caos me tiene muy feliz.

Lo que he aprendido de la lectura no fue por leer muchos libros; fue porque entre tantos viajecitos, me encontré con el gusto que siempre he tenido y lo reconocí. Lo reconocí en los rostros de otros, como en los autores, como en las historias, como en usted. Como servirse de algún espejo.

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