El creador suicida

18 Mar

Todos los escritores que se designen como tales, desarrollan, tal vez sin desearlo, una visión metafísica de la lectura. (No solo de la lectura, pero eso ya depende)

Dos grupos renegarán veloces mi afirmación: Quienes no admiten en su persona metafísica alguna, y aquellos que rehusen pensar o atribuir cualquier visión a sus delirios artísticos. Ambas visiones pueden descartarse como supersticiones; podemos también simplemente substraerlas del argumento, les creamos o no a sus palabras.

Para poder lanzar mi afirmaciones absolutas, que son ya costumbre para usted viejo lector, debo por lo menos admitir una metafísica propia. Esto es incómodo. Amo la literatura desmedidamente y con negligencia, pero la hallo muy rigurosa y seria en lo que cuenta, que es el goce que me provoca. La literatura me gusta porque es seria y porque nadie es serio cuando la hace. No es una sola cosa, la literatura no depende, de nada, ni de nadie. Con una única excepción (ya el lector la intuirá).

Ante todo el valor que lleva a los escritores a un estado de embriaguez en lo que concierne a su oficio, suele ser la creación en si misma. Pueden haber elaborados artesanos de la palabra, como también hiladores de historias; pero en sus diferencias disfrutan de encontrar al objeto creado. Verán que este efecto se reproduce en la literatura fantástica que inventa universos, así como en los textos más realistas.

Igual de metafísica que la creación en sí, suele imaginarse la razón de escribir. A grandes rasgos, la escritura proporciona un placer a su creador, un placer que es similar a la lectura y que invoca nuestros recuerdos e imaginarios para revestir un tablero de letras. Todos los escritores -o algunos-, escriben porque los textos les traen alguna dicha, aunque sea por el altruismo de dar dicha a otros lectores. Pocos lectores, o ninguno, sufre la Lectura (esto es una falacia que otra vez discutiré).

Excepto que el proceso de escribir si es doloroso. No doloroso tal vez, pero a veces aburrido. A veces también es primer goce que tiene el artista, es como una sopa de letras en proceso de solución. Mas en cualquier instante, una página blanca o un texto incompleto pueden presentarse como paredes agresivas y desesperantes. Otro ejemplo del “dolor de escritor”, suele ser la escritura como síntoma de un vacío vital; motivada por la angustia o por un sentimiento de impotencia. Si somos impotentes antes la vida, la creación se nos revela como una herramienta poderosa para escapar y corroer las cadenas que la realidad impone. La escritura -y por ende la lectura- de escape, siempre tiene su felicidad y su tristeza.

Será adecuado comentar que entre las brutalidades que la vida propia, un bloqueo de escritor parece uno más bien menor. Y lo es. De cierta manera la escritura ya es una dicha que escapa a las miserias mayores, ya es signo de alguna salud en el alma. Se puede demostrar que también es una carencia.

Quiero continuar sobre este discurso del dolor para cimentar bien nuestra idea de una metafísica de la escritura. El lector escribe, muchas veces “porque no puede hacer otra cosa”, “porque le es propio”, “por no tener nada mejor que hacer”; otras veces se concibe la escritura como un deber o una meta. Raros son los escritores que solo tienen metas dentro del arte, pero sin duda ya ha habido muchos. A mi parecer este utilitarismo o nihilismo lector es tan solo un intento razonador de deducir o reforzar algo que es propio de las sensaciones. Y esa idea sería que la escritura, sin duda alguna, produce placer.

A los sicólogos no les costará nada poner este aspecto creador en términos sexuales. Existe la inclinación subconsiente “me es propio”, el hedonismo “no tengo nada mejor que hacer”, la simple y barata calentura “no puedo hacer otra cosa”, la culpa, el sentimiento de impotencia, el exhibicionismo, el masoquismo (los que sufren al escribir, sienten placer en el dolor) y así sucesivamente. Todos los lectores -y sí, digo lectores-, en un grado mayor o menor, comparten esta relación con cualquier obra. (Otra analogía, querer leer todos los libros es como infinita promiscuidad, cada experiencia de relectura, es prueba de amor)

¿Por qué al crear abordamos estos límites eróticos con tal naturalidad? Mi teoría es que crear nos acerca a la muerte. El amor es la muerte de la individualidad, el borramiento del yo, una especie de juego de rol donde se abandonan ciertas nociones para adoptar otras. Todo creador, todo narrador, tiene que abandonar en parte algo de lo que le corresponde como hombre. Icluso los biógrafos más egocentristas siempre desplazan sus propios egos en un afán dominador, y no pocas veces son incapaces de sentir estimulación “normal” en la literatura sin voyeurismo (el escritor dominatrix).

Naturalmente, esta visión un tanto lacaniana de los textos no es mi metafísica personal, pero me suena verosímil y no es vano conocerla y desarrollar sus razones. Yo la hallo más bien consoladora. Mi verdadera duda se encuentra en si se acomoda tan bien porque la literatura y la creación son enormes ficciones, o porque los términos sicológicos lo son.

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