Alakazam

17 Mar

No soy un lector genérico. Por esto quiero decir que un género no encuentro mi determinación en avocarme a un simple género, que para mí la palabra texto, la palabra libro, no lleva consigo la noción oculta de novela, poemario, libro de cuentos. De este simple hecho no vale la pena tirar conclusiones morales, simplemente se me plantan frente a los ojos muchos libros y yo los leo con costumbres variantes. No es porque un hombre orine de pie y cague sentado que estas variaciones supongan creatividad. Entonces, el asunto es que soy de aquellos que no leen por género, podríamos suponer entonces que hay otros que si hay.

Si usted escribe, no digo ya que sea un escritor -aunque es la implicación evidente-, pero si usted escribe le habrán hecho esa pregunta mala que persigue necia a aquellos que osan la confección textual. ¿Qué escribe usted? Y la suposición casi inmediata supone, novela, poesía… Tal vez cuento si el interlocutor de algún modo demuestra una intención más o menos enunciada de realmente saber que hace usted, rara vez es el caso. Mi reacción habitual, la íntima, secreta, me frustra ante la sugerencia. ¿Tengo cara de novelista? ¿hay algo en mi manera de discutir o mirar que sugiera un poeta? Se admite que todos los estereotipos y lugares comunes esconden alguna verdad, y que no merecen nuestro desprecio lúcido. Mi primera queja no es hacia el interlocutor ni lo que dice, sino al espacio imaginario que ha vuelto a la novela un sitio a dónde ir, ¿por qué pensar que un libro es una novela?

Y la identificación no me gusta acaso porque la novela tampoco.

Hay una comodidad en ese género extenso y piadoso, en el cual la longitud encadena sentidos por el simple fin del espectáculo. Vacilamos en una zona de sensación donde la novela nos está manipulando, es todo artificio su longitud y su deseo de tocarnos. Al leerla en su inmensidad, nos dormimos y olvidamos lo físico -no me gusta decir lo real-, en nuestro olvido, como unos simios hipnotizados aceptamos vivamente lo que nos sugiere esa voz. Cualquiera. El novelista que nos domina con sus extensos monólogos adornados, ya nos convenció desde que la convención de terminar cualquier libro se nos impone. Los textos mejores te violentan y te permiten escapar, te dan ese espacio de terror en el que puedes para siempre abandonar. La novela que es de la continuidad traiciona esta sinceridad del autor que podría esperar una respuesta.

Por supuesto, en juicios arbitrarios y caricaturales podemos andar, pero no se resuelve la cuestión que me atañe. Si no es la novela, ¿qué género es para mí el fundador? ¿el textual?

Pensaría tal vez que el cuento lo es, en parte porque mi ascendencia y tradición latinoaméricana ensalza el cuento ante todo, acaso porque es un género prehistórico. Lo tenemos al cuento sí, al cuento que es sinónimo de la piedra lijada por los siglos a través del paso del agua, por el ojo vigilante de uno o de sinúmero de autores, hasta asumir la perfección objetual que hace del texto una identidad. Las reglas del cuento lo hacen puro efecto, cero desperdicio, con una intensidad y reincidencia que una novela no podría replicar. Helas! ¿No es el mismo dilema moral? ¿no hay una hipnósis tan evidente en la palabra precisa que se requiere mágica para justificarse y el hipnótico vaivén de los párrafos novelescos? Ni los unos ni los otros son una solución y una verdad, son puro artificio, patrañas que despegan la intención de verdad de las palabras, son simples ilusiones prefundadas que absorbemos.

Entiendo pues, que es el género, que de pensar que cualquier texto/libro carga por fuerza un género ya hemos entregado nuestras llaves al demonio. Me es menos indoloro el cuento solo por su brevedad, pero adolece de los mismos errores inocentes y es torpe por balbucear queriendo exactitud. Tal vez la poesía sea el valor superior, porque poesía quiere decir muy poco, y solo cuando se le trata de capturar en una caja perdemos la capacidad de maravilla que solo su variedad puede traer.

La variedad no es buena, ni siquiera propiamente es. No hay sistela que pueda interesarnos en la variedad, nada le pertenece hasta que se le presta porque una sola cosa no es varia, si no se compara contra sí misma o los demás. Y los demás es uno mismo. Todo es un ángulo, una alocución, y creo que la presuposición del género se asemeja a pensar que leer es un monólogo. Que es el otro el del poder. Errores ancestrales, prehistóricos. Nuestra creencia en la magia de las palabras nos los oculta cotidianamente.

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