La carne del árbol

15 Mar

Una buena parte del placer otorgado por la literatura -usted lo ha de saber-, es compartir nuestra experiencia con otras personas. Yo lo ubico en un rol de papel seudo-intelectual, pero hay opiniones válidas que pueden diferir de mis observaciones. Entablemos pues una discusión que no tenga el afán de convencer.

Ya se han fatigado varios siglos con discusiones sobre la estética, tratando de limitar la belleza como si la tarea fuera a enriquecer a la humanidad con un mejor reemplazo. Creo que ante todas estas futilidades siempre admitimos finalmente que en el arte se persigue, al menos parcialmente, un concepto de lo bello. Raskolnikov sufre de un ansia atróz, pero gozamos su sufrimiento. De hecho en el arte se goza el sufrimiento, mas no conviene tomar aquel rumbo si queremos concluir el tema en cuestión.

Decíamos, que cualquier arte, describe alguna belleza. Lo dejaré con esta vaguedad porque los artes son diversos y su gracia busca confundir. La literatura en particular, puede pensarse como un catálogo de experiencias estéticas y de reglas en que la belleza puede decirse. Esta lista, que podemos pensar como la ciencia literaria, es experimental. Me refiero a que uno debe sentirla para que tenga su efecto. Contrario a lo que he aseverado antes, la literatura es una experiencia sensorial.

Me justificaré con un ejemplo: Las páginas del Quijote, o aquellas de Cien Años de Soledad, nos permiten experimentar cierta felicidad. Esto es un hecho. Tanto como puede serlo una empresa subjetiva como es el arte. Basta interrogar a sus lectores y confirmar que se trata de un par de lecturas felices, sin caer en un análisis cerebral e inclinado a la disecciòn, hay una diversión y un goce en estas simples páginas, un goce que se replica en cualquier lector, de cierta sensibilidad, que las aborde. La condición no es arbitraria, se requiere sensibilidad física para experimentar el arte, un ciego de nacimiento está vedado a  un sinúmero de goces visuales. En el lenguaje hay algo de carnal.

Pero el goce literario es un placer adulterado. No es menos literario el goce de Faulkner que el de Stephen King -pese a lo que los academistas y universitarios argullan-, pero hay un proceso distinto detrás de su valoración. El gusto de la literatura se aprende, el lenguaje se aprende, la sociedad igual. Se requiere fabricar un artificio de algún tipo para sentir la literatura como algo carnal, no obstante, saldado este paso de adiestramiento, el goce se experimenta como la puesta de sol, o el roce de la lluvia o el beso en un suave vientre infantil.

Si admitimos que la sociedad, el lenguaje y la literatura son animales, me refiero a que son simples instintos, voluntades raciales del hombre como bestia cualquiera en el cosmos zoológico; entonces no podrían tacharse de intelectuales ¿o sí? Porque si no el perro que orina es intelectual, porque no orina de cualquier forma. Es una experiencia y un aprendizaje, todo perro es un artista. Y sin embargo, la mente humana traza el camino de regreso en toda esta codificación, porque no se conforma con gozar personalmente las experiencias; desea con empeño compartirlas. De ahí viene el arte, de ahí, la cultura. (Los elefantes también tienen cultura)

Volvemos pues a mi proposición inicial: Un goce fundamental en la literatura es compartirla. Y es que todo lector se encuentra aislado en su lectura, pero está disuadido que todos los lectores experimentaron su mismo sentir. Esta magnífica multiplicación de la experiencia permite saldar la timidez de muchos, pues es algo objetivo, el texto está ahí y lo que sentí, de alguna forma, también. Un texto literario no puede resumirse. Si se resumiera, sería otro texto literario. Pero la experiencia de la lectura siempre se desborda y quiere ser discutida, eso es una lectura, y como tal -ya lo habrá usted deducido- es la descripción y codificación de una experiencia. Compartir la literatura también es, por fuerza, literatura.

Cualquier estudiante de letras sabrá, esto es a veces un poco deprimente, que se escriben más libros sobre literatura que sobre otras cosas. No es broma, esto lo dijo Aristóteles cuando apenas había libros. Y Aristóteles hizo también tratados de literatura -como los críticos que no escuchan su propia crítica-.

Hay quien piensa que el verdadero arte de escribir, es la capacidad de volver carne con elegancia, un goce que primero es intelecto. No diré que es falso. Si diré que la buena escritura hace del lector un cómplice genial y le proporciona las herramientas intelectuales para que sea él mismo, el autor de su goce. Los textos intelectuales existen porque hay lectores intelectuales. Y estos cuestionables adeptos toman cualquier texto y lo diseminan, para discutir lo que acaso no está en el.

Sea como fuere, los comentadores de cualquier escrito son más literarios que el texto mismo. O sea que, gente como usted da continuidad al mundo librezco, mucho más que el autor que añade alguna rama a un árbol ¡Albricias a usted!

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