Lo que alza, lo que borra

12 Mar

La entrada anterior la dediqué a reformular una historia ya clásica que corresponde a la tradición griega y aborda el tema siempre controvertido de la pintura. Mi reescritura, como cualquier otra, expone y desarrolla elementos distintos a la original, cuya existencia concreta -con su idioma, su contexto y modismos- me es desconocida. Estoy utilizando aquella historia como ejemplo y me he permitido, para este fin esclarecedor, volverla otra historia. Cabe analizarla brevemente.

De inmediato notaremos que si bien nuestro tema es la pintura, los cuadros mencionados no se muestran ni siquiera con un afán descriptivo. Quiero decir, no sé si las uvas en el cuadro de Zoji fueron cortadas, o están en la viña, si el racimo es abundante o pequeño etc., el cuadro de Helena sugiere una mujer bella pero no se nos sugiere en qué consta su atractivo ni tampoco aquel de las cinco modelos que la conformaron -válgame, el proceso de conformación suena por lo menos dudoso-. Este es un síntoma de la lectura; la ilusión de tener una imágen y el apelar a la imaginación.

Yo digo que un potro es rojo. El lector se figurará -casi contra su propia voluntad-, un animal rojizo, imaginado, cual si uno pudiera pintarlo de un solo trazo en el cerebro -como imaginamos un triángulo o un cuadrado sin medirlo o dividirlo en partes-. Nuestro potro ideal es una imágen pero a la vez no es ninguna imágen. ¿Es oscuro el color de su pelaje? ¿su rabo es también colorado? ¿es joven? ¿es viejo? No importa. Al menos no importa si lo que yo he dicho es haber visto un potro rojo.

El párrafo anterior enuncia unas cuantas barbaridades, o sea, dije que no importaba ¿qué se yo si a usted le importa? Se puede decir que en un sentido puramente comunicativo, mi énfasis en el potro siendo rojo no va señalado con más malicia ni atención que los “buenos días” mecánicos de todas las mañanas.  Claro, que usted me dirá que hace dos entradas cité el mismo ejemplo del potro rojo, lo cual probablemente demuestre algo -aunque no por ello en verdad importe, en la comunicación-. Estos desbarajustes voluntarios buscan ilustrar de nuevo algo que hemos tratado: pensar que el lenguaje, los textos, no se constituyen de lo mismo que otras artes, que las sensaciones o las imágenes. El lenguaje es muy poco sensorial y se aproxima a ser un trabajo de ideas e intelecto.

Pero en fin, les digo que las pinturas de la historia son invisibles, figuradas, si usted quiere imaginadas. Y es adecuado hablar de un trabajo de imaginación porque en esta palabra se halla también la imagen. Se dice que el radio y los libros desarrollan más la imaginación que la televisión o el cine; estas distinciones tan cortantes no nos importan, solo basta reconocer el trabajo de la imaginación. Recordemos también que la escritura es hija de la memoria y que las primeras ideas siempre estimulaban por fuerza al recuerdo.

Bueno pongámonos necios con los desarrollos: La historia que conté fue real.

Claro, me dirá usted, todas las historias son reales en cierto grado. Me refiero a que Zoji y Parjasio -con otros nombres-, fueron alguna vez personas como usted y como yo, vivientes y murientes. Esto -valgame Dios, qué redundancia-, no es lo importante. Los dibujos pues, las pinturas que ellos hicieron se suponen haber existido. Pero la escritura, como mencionamos ya -obtusamente, varias veces, como mensos-, no restituye la imagen.

Existe pues un juego entre la palabra y la falta restitución de la imágen, las palabras de cierta manera, la ocultan y a la vez la muestran. Yo digo potro rojo, y lo que usted piensa no es ningún potro que exista o haya existido -probablemente ninguno así existirá-. Hemos reemplazado exitosamente la imagen por otra cosa, borrándola. ¿No es precisamente análogo al cuadro de Parjasio? El griego nos pinta un cuadro que es una cortina, una cortina sobre la base de una tela, nos pinta lo que oculta -un objeto que sirve para tal fin, el lenguaje- y nosotros lo conocemos porque nos está vedado -por el tiempo, porque la historia es todo lo que resta de aquella competencia-.

Es legítimo preguntarse hasta que punto las reflexiones que podemos tener leyendo esta historia pudieron ser pensadas por quien la relató, con humildad sabemos que los hombres de la grecia antigua sabían pensar lo suficiente para crear elaborados conflictos -pero no por esto hay que suponer que la historia, con sus reflejos y sus juegos fue siempre así, o que fue hecha por una sola persona-. Tal vez sería menos legítimo imaginar que las cosas si pasaron de la manera relatada en un tiempo histórico, y que por lo tanto ese juego de espejos sería una abstracción creada por un ser superior -tal vez Dios, tal vez cada hombre que lee la historia-; la grandiosidad, puede ser admitiblemente una coincidencia. Lo cierto es que si la historia no ha permanecido por contener desde siempre estos juegos, ha sido porque posteriormente sus lectores los inventaron.

Y uno ya sabe, los inventores de los libros son los lectores.

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