De Zoji y Parjasio

11 Mar

Parjasio sentía una angustia muy real. Una espalda robusta, un mercado y dos pinturas secas; alejándose a galope de su carreta. Fijó la mirada hasta que solo quedó un campo pastoril, como aquel do retozaba su rebaño, hacía una vida. Y es que detrás de aquel campo, aún estaba la espalda robusta, la galería y la prostitución del arte. Tomó nervioso un sorbo de agua, soñando en vino.

Se bañaba cotidiano en pintura y licor. Enseñaba al pulso burdo de su esclavo lo que era un trazo. ¿No era cada trazo el mismo? Los había aprendido todos mirando el campo, como la luz se confunde en la cima de las montañas, como mugre brillante. Terroso como el alcohol de sus ebriedades, del recuerdo de sus triunfos, de su arte ya estudiado en las escuelas.

Su madurez era prolífica y virtuosa, su ejemplo era envidiado. Parjasio se persuadió de que algo faltaba, su genio, su inspiración. Su técnica era irreflexiva, el mundo visible tras un pase de su muñeca. Temía la noche tardía en que habría de copiar el universo y nada más pudiera pintarse.

Envejecido caía en la frecuente angustia. Tenía un mecenas rico y mil elogios, pero sin la juventud misma, no era bastante. Y además su mecenas… Vivir y ser un clásico ¡qué incompatible! ¡qué inigualable sensación de vejez! Antes un jovencito lo hubiera puesto bajo su ala aunque fuese por curiosear, por un pedante sentimiento de importancia. Pero un viejo que ya hizo su vida y obra, ¿a quién le importa? (Parjasio pensó que detrás del campo había una galería, un mercado, frescos secos)

Su mecenas era un hombre enorme y jovial, había sido hermoso. Parjasio lo encontró cuando pastor, e insistió en pintarlo. Hoy día la gordura, la exposición obscena de sus carnes, aún contenía el pequeño rostro de aquella tarde.

A veces lo visitaba sin avisar. Miraba los cuadros sin detenerse, gruñendo despacio o contándole a Parjasio asuntos del senado. La costumbre y el fastidio parecían arruinar esos paseos, el mecenas iba regularmente, pero la frecuencia le parecía inusitada y la intrusión molesta. Adivinaba tras esos ojos –que asomaban aún alguna belleza-, su vaga desaprobación.

Dijo una noche –al esclavo apenas le hablaba-, que el senador buscaría un pintor novel. Con esa seguridad, vaga, venida cual de abismos insondables, Parjasio llevó su propuesta a Zoji.

Zoji tenía una fama que Parjasio no ignoraba. Era joven, inteligente y conocedor de los mitos, su detalle y perfeccionismo correspondían a un alma vieja. Para pintar a Helena –le contó su esclavo-, no halló una joven suficientemente bella y decidió recurrir a un artificio: Tomó elementos de cinco modelos para formar la mujer definitiva. Acompañaba con fidelidad la idea de Zoji, que copiar el estilo de otros lo volvería el pintor definitivo. Apolodoro –un viejo pintor rival- decía que Zoji lo había afanado. El joven se reía de las acusaciones. ¿Qué me importan los chocheos de aquel viejo?

Cuando hablaron, el joven aceptó satisfecho el desafío. Al probar ser el mejor pintor, mejor que el maestro Parjasio, él, Zoji, obtendría su fama. El viejo quedó perplejo por el humor y vitalidad de su rival, sentía un escalofrío montar su espalda. No había visto un solo trazo de Zoji, nunca.

Mirando la espalda de su mecenas, Parjasio no podía concentrarse. Recordó pensar que ya buscaba un remplazo. Tras el campo, el mercado. Los gruñidos lentos, los pasos pesados, los ojos azules. Tras un pase de su pincel. Y el templo que Zoji había ilustrado lleno de dioses, de sus pintores, de sus mecenas. Las sombras de Apolodoro, los dos ya viejos. Su esclavo, que solo y sin talento como él era, tenía igual tanto más futuro. Los rebaños que había abandonado, la mugre brillante.

Tan apenado como jamás estuvo, Parjasio ya parado frente a Zoji, pintaba ágil. Desesperado o inspirado, como se hallaba, sintió nuevos bríos como de juventud, una un tanto pálida y cobarde. Zoji lo mira a los ojos, con una sonrisa vaga. Retrocede, ya confiado, incluso sorprendido. Su mano, como la de un artista, le pide que se acerque.

En la tela de su rival, un ave se monta al fresco y trata de picotear una uva que no existe. Un segundo gorrión vuela y lucha con el primero picoteando, compitiendo por la ilusión.

– Mi arte –concluye el arrogante joven- engaña a la naturaleza misma.

Aún contempla Parjasio ese milagro, mira a través del cuerpo del ave, del dibujo de la uva y piensa que ese púrpura llevaba su mecenas cuando lo conoció en el campo. Zoji alza las manos y pide a Parjasio que alce la cortina, que revele su obra.

Extrañado el maestro intercambia una mirada con su esclavo, y se avanza hacia su tela. Zoji lo mira expectante. Entonces una transformación se lleva a cabo en el artista, primero, sus ojos se ensanchan perceptiblemente, su cuello se sonroja y se yergue con alarma. Explota su risa, clara y sonora como el timbre de una campana dorada. El esclavo, e incluso Parjasio se permiten leves sonrisas.

– Usted ha ganado Parjasio, soy hombre y puedo admitirlo. Yo engañé a la naturaleza, usted al embustero.

Le dio un abrazo vigoroso. Tomó su pintura ahuyentando las aves, y se alejó, un poco como lo hacen los personajes míticos de las vasijas.

El viejo maestro se retiró pensativo y el esclavo que cargaba su fresco con alguna dificultad, le seguía a unos pasos. Finalmente, bajada la colina preguntó extrañado.

– Maestro, ¿quién va a pagar por una cortina dibujada? –Parjasio sintió su desasosiego.

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