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Inestable y aburrido

2 oct

No podemos olvidar el tedio si queremos cubrir las dimensiones generales de lo que nos lleva a la (re)creación literaria, el tedio es primordial para elucidar como el leer llega a ser, porque nadie con una actividad productiva se encuentra precisamente en posición lectora. Por esto no quiero decir que la escritura sea una mera consecuencia del tedio, mas sería equivocado considerar el aburrimiento como algo sin importancia -cosa que me parece tenemos frecuentemente la intención de hacer-.

La archifatigada pirámide de Maslow nos resume el tedio: mientras más satisfechos estamos -la formulación es voluntariamente ambigua-, las necesidades se nos vuelven más complejas y artificiosas, hasta que la escacez se vuelve del todo imposible de definir. Pronto se halla en esto el tedio. Si queremos una vaga definición, diremos que se trata de un estado sicológico que nos interpela para encontrar una actividad a la que se oponga. Justo como nosotros, el tedio parece existir simplemente para morir. Podemos jugar a decir que se trata de una necesidad de necesidad, que cuando todo tenemos, necesitamos menoscabos. Y pocas cosas exigen tanto de uno y de otros, como el arte.

Vale subrayar lo evidente: al oponernos al tedio tratamos de suprimirlo. El aburrimiento es una actividad antisocial y secreta, penosa como la culpa tras la masturbación y practicamente inefable. Estamos aburridos porque sí. Y esto no se presta a un discurso coherente, mucho menos objeto de fascinación. Podemos llevar las conclusiones mucho más lejos. Todo lo indeseable (el aburrimiento, la muerte, la sexualidad infantil, la pobreza) deja de ser mencionado y se le libera de la capacidad de tener un discurso propio, al querer destruir esos objetos nos conformamos con destruir sus totems -sus ideas, sus discursos-, lo que no solo es cuestionable desde el punto de vista moral, sino también es obsesionarse en el síntoma y no en la enfermedad. Esto confunde a mucha gente, si se admite la generalización arbitraria y absurda que acabo de sugerir.

Por medio de la práctica discursiva de acercar los contrarios, podemos igualar la idea del aburrimiento con la de la diversión. La Fontaine seguía el lema antiguo de “educar y entretener”, dos propósitos clásicos del arte que bajo análisis, no funcionan al mismo nivel. En el caso de entretener, se entiende como una fuerza que se opone al tedio, como un método de buscar y resolver artificiosas necesidades. Y hay muchos ejemplos de escritores depresivos que escribían para combatir su propio tedio, pues habemos de recordar que las actividades intelectuales y artísticas se originan en las capas privilegiadas de la sociedad. Uno no escribe si tiene hambre, antes trata de sobrevivir.

Buscar entretenimiento es una lectura. Mirar los objetos con un deseo de sacar de ellos lo excepcional es una oposición violenta a la cotidianeidad y el conformismo, nos recuerda un poco al fenómeno del extrañamiento, que busca sacar un objeto de su forma común para redescubrirlo por la palabra. No es, evidentemente, la única lectura permisible, aunque se halle entre las primeras. Pero incluso entretener no es simplemente oponerse al tedio, podemos dejar de estar aburridos por un medio menos artificioso: caer en la desgracia, sufrir, hallar el dolor.

Y es que por medio del tedio podemos encontrar una evidencia que remite a nuestra experiencia humana: sufrir y gozar son experiencias parecidas, por un lado tenemos la tragedia que representa el dolor y que es un goce. La experiencia religiosa no es menos ambigua al respecto, el cristianismo tiene como efigie un hombre en suplicio -que representa la más grande victoria- y el islam suprime incluso la figura del hombre -gesto lleno de violencia-. Será acaso que el goce y el dolor son similares por oponerse a lo cotidiano, por ser violencia. Pero tal argumento no es satisfactorio, ignora por ejemplo, que el aburrimiento es una manera de sufrir.

En todo caso, creo haber encontrado un punto válido que justifica una de las malas costumbres de los lectores más consecuentes: leer libros que no disfrutan. Caer en el libro malo o poco feliz, es algo que sucede inevitable, y que en general ocultamos. Existen los críticos que tienen su goce en fomentar esta información de baja calidad -o falta de empatía con el texto- y advertir a sus semejantes, mas en general uno no discute sobre un libro malo a menos que goce esa falta de calidad. Por esto pienso que es más obligatorio aún la defensa necia de los lectores fetiches de cada uno, pues reconocer la calidad de un texto y detestarlo es casual. Leer algo que nos frustra es también una manera improbable de combatir el aburrimiento, tiene de particular que sin descender la pirámide de Maslow, nos hallamos sin el entretenimiento. O mejor dicho, exploramos las facetas ocultas del entretenimiento: esas que corresponden al trabajo, a la inercia o en general la distracción. Divertirse sin gozar, sabiendo que divertir es desviar o distraer.

Una respuesta al tedio, ya lo sabemos, es la violencia. ¿Qué arte es sin violencia? ¿qué necesidad es más innecesaria que ello?

 

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